Trastornos del comportamiento

Niños hiperactivos

La mayoría los ven como niños ruidosos, maleducados y pesados, cuando en realidad sufren un Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH). El diagnóstico no es fácil y no se manifiesta siempre igual. Reconocer que existe un problema es el primer paso para solucionarlo.

Cómo es un niño con TDAH

En 1994 se menciona por primera vez el TDAH en el famoso Manual Estadístico y de Diagnóstico (llamado DSM IV), de la Asociación Americana de Psiquiatría. Hasta entonces se hablaba del « síndrome del niño hiperactivo». En este manual se establecen los cinco criterios que caracterizan este trastorno, aunque no tienen por qué aparecer siempre todos a la vez.

  • El niño presenta dificultades para mantener la atención o se muestra hiperactivo e impulsivo con frecuencia. Estas conductas persisten más de seis meses seguidos y no son coherentes con su nivel de desarrollo.
  • Los síntomas aparecen antes de los siete años.
  • Los síntomas se manifiestan en dos o más ambientes (el colegio, el hogar, con los amigos, etc.).
  • Los síntomas tienen un efecto negativo en sus relaciones personales y rendimiento escolar o deportivo.
  • El niño no tiene otros problemas físicos o psicológicos.

Cómo es un niño con TDAH

Los padres de un niño "inquieto" viven en alerta permanente. Nunca saben cuándo la armonía dará lugar al caos. Eso hace que los padres estén expectantes y nerviosos, lo que genera tensión en el niño. ¿Qué tienen en común los pequeños hiperactivos?

  • No se concentran en ninguna tarea, pasan de una cosa a otra. Los padres dicen "están en todo y no están en nada". Suelen ser muy despiertos y muchos obtienen muy buenos resultados en los test que miden el coeficiente intelectual.
  • No pueden estar quietos ni un momento. Si el niño está sentado, se mueve constantemente en la silla, cambia de postura, lo toca todo y las cosas se le caen, canturrea o sigue un ritmo golpeando objetos. Y si no se le permite moverse y él lo logra con gran esfuerzo, se siente nervioso.
  • Actúan sin pensar en las consecuencias. Les resulta imposible inhibir o atemperar sus reacciones. Actúan de forma inmediata, sin pensar ni detenerse en las consecuencias. Son capaces de arrojar contra el suelo la play station, se desgarran la ropa, rompen lo que tienen a mano. Es muy complicado contenerlos. Los padres hacen un gran esfuerzo por evitar estas reacciones (la consigna es que el niño no se enoje), con lo cual demuestran al hijo que ellos son tan impotentes como él para calmarlo. Y esta incapacidad angustia aún más al niño.
  • Altera la convivencia escolar. Porque en una clase, lo primero es la convivencia. Un niño que no puede permanecer sentado, que interrumpe, insulta o trata despectivamente al maestro, que molesta... rápidamente se convierte en un desclasado. No se integra en la clase y ocupa un lugar marginal, no respeta las normas de conducta que rigen a todos.
  • Le mortifica el rechazo de otros niños. Es muy importante que los padres formen equipo con el maestro para integrar al niño en la vida escolar, que entre todos traten de evitar que sea «el que se porta mal» o, por lo menos, que también se reconozcan sus virtudes.

Puede ser un compañero generoso, un chico divertido o un as cuando juegan a los tazos. Poner de relieve esas cualidades es labor de los adultos, y se consigue.

¿Qué podemos hacer?

Hay una cosa que parece mágica, pero que no lo es: en cuanto empezamos a ocuparnos del «problema» ya se nota alguna mejoría, a veces incluso antes de que el especialista llegue a ver al niño. A partir de ahí, paso a paso.

  • Reconocer que hay un problema. El Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad nos afecta y somos parte de ese problema, y hay que buscar la forma de resolverlo. Cuando aceptamos que nuestro hijo tiene dificultades y nos disponemos a resolverlas (consultando especialistas, interesándonos por lo que le pasa), le estamos mostrando que no está solo frente a su sufrimiento, que con él están papá y mamá para protegerlo, y le alivia.
  • Consultar con especialistas de nuestra confianza. Es importante conocer las diferentes formas de abordar el problema. Las asociaciones de afectados nos pueden brindar información útil.
  • No impacientarnos. Es una situación compleja que afecta a toda la familia. Por lo tanto, todos estamos más sensibles y más nerviosos. Es primordial que los padres trabajen en equipo para que tanto la familia en general como su hijo sean más felices.
  • Tener cuidado con lo que decimos. Jamás se deberían decir cosas como: «Tú, siempre el mismo trasto» o «sabía que volcarías el zumo». Esos comentarios condenan al niño a repetir su conducta. Si ya sabemos que volcará el zumo, es que de él solo esperamos cosas malas. Aunque todos los días vuelque el zumo porque no para quieto, no está mal decirle con algo de sorpresa «cariño, otra vez volcaste el zumo, a ver si la próxima vez no lo haces». Nuestra expectativa tiene que despertar la esperanza de que la próxima vez lo hará mejor.
  • Facilitarle las cosas. Procurarle un espacio agradable y tranquilo donde pueda hacer los deberes, ponerle algún mueble cómodo en su cuarto donde sea sencillo mantener el orden, ayudarle a preparar el material escolar para el día siguiente, acompañarle (aunque sea de lejos) mientras estudia, estar siempre dispuestos a echarle una mano.

    Cuando un miembro de la familia tiene problemas, hay que poner en práctica el lema de Los Tres Mosqueteros: «todos para uno». Solo así será posible que todos seamos personas valiosas, capaces de devolver el uno para todos.

La ayuda del psicoanálisis

  • Habla de lo que le pasa. En la consulta del psicólogo el pequeño tiene la oportunidad de explicar lo que le ocurre. Gracias a que el psicoanalista le escucha, él puede decir «me pasa esto, ¿qué hago?». Así comienza a tomar parte activa en su cura, y no son los demás quienes deciden por él.
  • Puede pensar en sí mismo. El niño no elige sus malas conductas, lo que ocurre es que no puede frenarlas, es como si el malestar se apoderara de él. A medida que avance en el análisis de su conducta, podrá ir apropiándose de sus actos, elegirlos, descartar los comportamientos que no quiere.
  • Se hace responsable de sus actos. Esto puede ocurrir porque el psicoanálisis no se centra en los fenómenos que son comunes a muchos niños (ruidosos, inquietos, etc.), sino que trabaja específicamente con el niño, con su vida y sus relaciones con los demás. Así el crío puede conocer las causas de su malestar y cambiar su conducta.

Etiquetas: TDAH, hiperactividad, salud, salud niños

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