Un cuento para niños sobre el cáncer infantil

El cuento de Guille

“El Cuento de Guille” es un texto conjunto elaborado por el equipo de 22 alumnos de “BIM Sense the Motion” de Brains International School La Moraleja. A Guille le diagnosticaron leucemia poco después de cumplir los 13 años. Luchó cada día contra la enfermedad con gran valentía, soportando diferentes intervenciones quirúrgicas y sesiones de quimioterapia.

El cuento de Guille

En el año 3020, dos súper guerreros galácticos volvían a casa tras una dura batalla contra un invasor muy poderoso que amenazaba con destruir su planeta. Habían vencido, sí, pero su regreso no estaba siendo fácil.

Como consecuencia de la lucha, las defensas del planeta se habían visto gravemente afectadas y estos dos valientes guerreros habían tenido que dejar atrás a muchos de sus compañeros.

Volaban propulsados por las alas mecánicas de sus trajes espaciales, agotados pero felices de poder volver a casa. Se sentían ansiosos por ver a sus familias, abrazarles y celebrar con ellos que lo habían conseguido, que por fin estaban a salvo.

Divisaban ya tierra firme cuando de repente, notaron que algo iba mal. Los propulsores comenzaron a fallar, las reservas de gas habían llegado a su límite y comenzaban a descender en picado a toda velocidad. Inmediatamente activaron el sistema de paracaídas de emergencia, compuesto por 14 hilos de colores destinados a salvarles la vida.

Mientras Guille quedaba suspendido en el aire, veía con horror como Guzmán se precipitaba al vacío sin haber conseguido activar su paracaídas.

Cuando Guille aterrizó, estaba tan devastado que sintió que no podría continuar su viaje. Pensó en todos los compañeros que habían caído en la batalla, cada uno de ellos con su propia historia. Su marcha dejaba millones de sueños rotos, planes de futuro  runcados, familias y amigos sin consuelo.

Todo el planeta sentiría por siempre la ausencia de sus valientes luchadores. Estaba tan sumido en estos pensamientos que
Guille no reparó en como una pequeña ardilla se le acercaba y comenzaba a mordisquearle los hilos del paracaídas. Una vez hubo terminado, le preguntó extrañada:

- ¿Qué te pasa? ¿No puedes andar?

Guille la miró sorprendido por su presencia y contestó:

- No quiero, estoy muy cansado.
- ¿Cómo que no quieres? Levántate hombre, hace un día precioso.
- No puedo más ardilla, estoy solo y el camino de vuelta a casa es muy largo.
- ¿Sólo? ¡Yo te acompaño! ¿dónde vamos?
- Vivo en la Gran Ciudad, pero ahora no tengo fuerzas para emprender el camino.
- Claro, seguro que te has saltado la hora de comer. Anda ven, conozco un sitio donde reponer fuerzas que nos pilla de camino.

La persistencia de la ardilla le hizo tanta gracia que decidió ir con ella. A medida que pasaban los días, el vínculo entre ellos se estrechaba hasta tal punto que la ardilla se convirtió para Guille en un apoyo fundamental. Las anécdotas que le contaba hacían que las  horas de marcha fueran más amenas, incluso a veces conseguían hacerle reír.

El camino que recorrían se abría paso entre enormes árboles cuyas copas se entrelazaban sobre sus cabezas, impidiendo así que pasara la luz del sol. En otro tramo había un riachuelo tan profundo y peligroso que para cruzarlo necesitaron construir una pequeña balsa.

Había veces en las que era tan difícil continuar que sólo podían avanzar unos metros. Sin embargo, Guille se enfrentó a todos estos retos con valentía y decisión, demostrando una vez más su gran coraje y su espíritu de lucha. En las noches en las que se sentía más triste, Guille pensaba frustrado en lo fácil que le hubiera resultado el camino antes de la batalla.

Cuando se convirtió en guerrero, Guille sabía que el traje era imprescindible para luchar y poder vencer. El traje espacial protege y dispone de las armas necesarias para combatir al enemigo, pero lleva consigo una condición: una vez puesto, no se puede quitar. El peso del traje acompañará al guerrero de por vida.

Ya no podía correr como antes, eso quizá era lo que más le dolía. También era cierto que mientras duró la batalla, la vida en el planeta había seguido su curso. La ardilla le intentaba poner al día de todas las novedades, pero era tanta la información que Guille a veces no reconocía el mundo que tenía ante sus ojos. Y así, después del largo camino, llegó a su hogar.

Volver a abrazar a sus seres queridos hizo que todo hubiese merecido la pena. Guille agradeció a la ardilla el cariño con el que le había acompañado durante todo el camino y como muestra, la invitó a quedarse en el roble más frondoso de su jardín.

Guille se sentía con fuerzas para comenzar esta nueva etapa en la que confiaba poder tomar las riendas de su vida. Sabía que tendría que acostumbrarse a las limitaciones de llevar el traje, pero ahora ya era capaz de visualizar, con la ilusión que le había ayudado a recuperar la ardilla, todo aquello que le quedaba por hacer. Se dio cuenta de que la vida continuaba y que todo era posible, estaba decidido a ser feliz. Cada día era una nueva oportunidad que pensaba vivir al máximo.

Etiquetas: cáncer infantil

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