luna06
17-06-2009, 11:49:20
A veces no llegamos a comprender el comportamiento de nuestros hijos, por ello os dejo el siguiente texto, para compartirlo con vosotr@s y espero que os resulte interesante:
Las rabietas y pesadillas están relacionadas con el nivel de estrés en los niños. Un período proclive a pataletas intensas y frecuentes es aquel en el que el niño pequeño se abre al mundo social (guardería, colegio, amigos, familia). Al mismo tiempo que el niño crece y se enriquece, se va llenando de tensiones debido al alto número de estímulos y bits que recibe a la vez. Así lo explica la psicóloga Remei Margarit en su artículo Rabietas publicado en La Vanguardia el 2 de agosto de 2008: “Es entonces que su cuerpo no da abasto a tanto y, en un momento dado, la contención cede y la agitación motriz -en forma de pataleta- funciona como válvula de escape para tanta tensión acumulada”.
Por la noche, el niño también libera tensiones pero esta vez en forma de pesadillas o terrores nocturnos, en las que el niño llora desesperadamente sin llegar a despertarse, hasta que él mismo se calma y sigue durmiendo. El espectáculo es inquietante para los padres por esto, se trata de entender esta dinámica para no asustarse ante un episodio así.
Si las pesadillas son esporádicas su origen suele ser una situación mala de digerir durante el día. La psicóloga especialista en sueño, Rosa Jové, recomienda en este caso, sencillamente calmar al niño cuando se despierte. En cambio si las pesadillas son de temática repetitiva o frecuentes, son indicadores de un estado de ansiedad latente en el niño. Aquí, “el tranquilizarlos simplemente no nos va a servir para evitar que se repitan”, asegura Jové.
Estrés en los niños
Los períodos críticos para el niño propensos de sufrir ansiedad van de los 9-18 meses, con la ansiedad de separación; los 2-3 años, por el miedo a perder el cariño de sus cuidadores si no lo hacen bien y el deseo de agradar y de imitar en todo lo que pueden a los adultos; los 3-6 años, con sentimientos ambivalentes que les desconciertan (querer hacerlo solo pero tener miedo al mismo tiempo) y al darse cuenta de que les cuesta ejercer autocontrol en sus impulsos sexuales, en la agresión, en el odio. Todas ellas son épocas de grandes cambios, aprendizajes y descubrimientos en donde las pesadillas y las rabietas pueden tener lugar.
Podemos mitigar la angustia y el estrés en nuestros hijos si los padres somos transparentes con ellos. Los mayores pensamos que los niños no se dan cuenta de muchas cosas que suceden en casa (como discusiones en el matrimonio o problemas económicos familiares), pero no es así. Incluso a veces es peor negar o esconder porque ellos solos buscan una explicación y en su fantasía eso puede convertirse en algo terrorífico. Para asegurarnos los padres de que lo entiende correctamente y evitarles más sufrimiento, es mejor hablar con él y explicarle las cosas en un lenguaje que pueda entender sin enmascarar una situación.
Así pues, repase cómo son los días de su hijo y pregúntese si pasa mucho tiempo sin sus padres, si tiene miedo a dormir solo, si ha iniciado hace poco la guardería, si le han sacado el pañal, si ha habido destete, un cambio de casa o una nueva canguro. Intente que su vida sea más segura y menos ajetreada. Evite que vea películas no recomendadas para su edad (que podrían aterrar al niño); reduzca los castigos, las censuras, las normas demasiado rígidas; intente pasar más tiempo con su hijo durante el día, huyendo de las separaciones prolongadas; comuníquese con su hijo y hablen de lo que hizo durante el día y de sus sentimientos; no le reste importancia a una pesadilla diciendo que “no pasa nada”, sino que tranquilícele diciendo que ha sido un sueño y que está con él; encienda una luz en el dormitorio o deje abierta la puerta del cuarto, si esto le da seguridad; no ridiculice ni sea duro con un niño que acaba de tener una pesadilla; construya una alternativa con un final feliz a la pesadilla recurrente de su hijo.
De todas formas, hay otras causas de las pesadillas que cabe recordar como ciertas enfermedades o síntomas como la fiebre, las obstrucciones nasales, el dolor o el hambre, y que pueden hacer aparecer un episodio o incrementar los habituales.
Las rabietas y pesadillas están relacionadas con el nivel de estrés en los niños. Un período proclive a pataletas intensas y frecuentes es aquel en el que el niño pequeño se abre al mundo social (guardería, colegio, amigos, familia). Al mismo tiempo que el niño crece y se enriquece, se va llenando de tensiones debido al alto número de estímulos y bits que recibe a la vez. Así lo explica la psicóloga Remei Margarit en su artículo Rabietas publicado en La Vanguardia el 2 de agosto de 2008: “Es entonces que su cuerpo no da abasto a tanto y, en un momento dado, la contención cede y la agitación motriz -en forma de pataleta- funciona como válvula de escape para tanta tensión acumulada”.
Por la noche, el niño también libera tensiones pero esta vez en forma de pesadillas o terrores nocturnos, en las que el niño llora desesperadamente sin llegar a despertarse, hasta que él mismo se calma y sigue durmiendo. El espectáculo es inquietante para los padres por esto, se trata de entender esta dinámica para no asustarse ante un episodio así.
Si las pesadillas son esporádicas su origen suele ser una situación mala de digerir durante el día. La psicóloga especialista en sueño, Rosa Jové, recomienda en este caso, sencillamente calmar al niño cuando se despierte. En cambio si las pesadillas son de temática repetitiva o frecuentes, son indicadores de un estado de ansiedad latente en el niño. Aquí, “el tranquilizarlos simplemente no nos va a servir para evitar que se repitan”, asegura Jové.
Estrés en los niños
Los períodos críticos para el niño propensos de sufrir ansiedad van de los 9-18 meses, con la ansiedad de separación; los 2-3 años, por el miedo a perder el cariño de sus cuidadores si no lo hacen bien y el deseo de agradar y de imitar en todo lo que pueden a los adultos; los 3-6 años, con sentimientos ambivalentes que les desconciertan (querer hacerlo solo pero tener miedo al mismo tiempo) y al darse cuenta de que les cuesta ejercer autocontrol en sus impulsos sexuales, en la agresión, en el odio. Todas ellas son épocas de grandes cambios, aprendizajes y descubrimientos en donde las pesadillas y las rabietas pueden tener lugar.
Podemos mitigar la angustia y el estrés en nuestros hijos si los padres somos transparentes con ellos. Los mayores pensamos que los niños no se dan cuenta de muchas cosas que suceden en casa (como discusiones en el matrimonio o problemas económicos familiares), pero no es así. Incluso a veces es peor negar o esconder porque ellos solos buscan una explicación y en su fantasía eso puede convertirse en algo terrorífico. Para asegurarnos los padres de que lo entiende correctamente y evitarles más sufrimiento, es mejor hablar con él y explicarle las cosas en un lenguaje que pueda entender sin enmascarar una situación.
Así pues, repase cómo son los días de su hijo y pregúntese si pasa mucho tiempo sin sus padres, si tiene miedo a dormir solo, si ha iniciado hace poco la guardería, si le han sacado el pañal, si ha habido destete, un cambio de casa o una nueva canguro. Intente que su vida sea más segura y menos ajetreada. Evite que vea películas no recomendadas para su edad (que podrían aterrar al niño); reduzca los castigos, las censuras, las normas demasiado rígidas; intente pasar más tiempo con su hijo durante el día, huyendo de las separaciones prolongadas; comuníquese con su hijo y hablen de lo que hizo durante el día y de sus sentimientos; no le reste importancia a una pesadilla diciendo que “no pasa nada”, sino que tranquilícele diciendo que ha sido un sueño y que está con él; encienda una luz en el dormitorio o deje abierta la puerta del cuarto, si esto le da seguridad; no ridiculice ni sea duro con un niño que acaba de tener una pesadilla; construya una alternativa con un final feliz a la pesadilla recurrente de su hijo.
De todas formas, hay otras causas de las pesadillas que cabe recordar como ciertas enfermedades o síntomas como la fiebre, las obstrucciones nasales, el dolor o el hambre, y que pueden hacer aparecer un episodio o incrementar los habituales.