Hasta los tres años
- Nunca se debe amenazar al niño diciéndole que si no se porta bien le llevaremos al médico para que le pinche.
- Le explicaremos por qué vamos (el pediatra le va a curar o va a comprobar lo fuerte que está si se trata de una revisión) y qué le van a hacer.
- El niño debe conocer el nombre de su doctor para que la relación sea más fluida.
- No hay que enfadarse si se resiste a que le exploren, sino tranquilizarle cogiéndole de la mano. A nadie nos gusta que nos toquen y nos desvistan a la fuerza.
- No es bueno sobreprotegerle tras la visita. «Pobrecito, qué pupa te han hecho», le transmite la idea de que, en verdad, el médico se ha portado mal con él.
- Los pediatras amables calientan un poco los instrumentos de metal, como el fonendoscopio (para que no sienta frío) y dejan para el final el examen de la garganta (lo que menos gusta al niño).
- Aceptará mejor al pediatra si este le deja jugar con algo que tenga en la consulta y le hace un pequeño regalo antes de despedirse (un guante inflado, el palito para explorar la garganta...).
A partir de los tres años
- Lo normal es que el niño haya perdido ya el miedo al pediatra.
- El especialista debería saludarle por su nombre y preguntarle por sus aficiones para romper el hielo.
- Está deseando aprender. Le gusta que el médico le explique para qué sirven los aparatos de exploración y le diga lo bien que se está portando y lo valiente que es.
- Dejemos que sea el niño quien responda al doctor (para que se sienta importante) y esperemos a que termine de hablar para completar sus explicaciones.
Autor
Marta Rubio













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