Normas y límites

Cómo poner normas a nuestros hijos y que las acepten

Las normas y los valores familiares no solo son fundamentales para la convivencia familiar, sino que son un componente necesario del crecimiento y desarrollo de nuestros hijos. Hablamos sobre cómo poner normas y límites en casa a los niños y que las acepten.

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Foto Istock

Normas y límites proporcionan a los niños seguridad, delimitan y permiten su exploración del mundo, les educan y les hacen sentirse amados por sus padres. Sin embargo, lo normal es que a los niños les cueste cumplir las normas, las rechacen o directamente se rebelen contra ellas.

¿Qué podemos hacer las madres y padres para facilitar su aceptación?

Tener en cuenta las capacidades del niño, sus intereses y destrezas. Hay que recordar que está aprendiendo a controlar su conducta. Su “cerebro ejecutivo”, el que le permite dirigir su comportamiento, está todavía formándose. Los padres debemos ser comprensivos y proporcionar normas que hay que reforzar con una presencia constante. Intentar conectar con los intereses del niño, ya que siempre es más fácil la enseñanza moral cuando se aprovechan las disposiciones del niño. Hay que dar alternativas para cumplir las normas, que no sean algo tan inflexible que el niño se sienta incapaz de responder.

Nuestra actitud al establecer normas debe ser de enseñanza. En vez de castigar, es mejor centrarse en el cambio del comportamiento. El niño no debería pensar que su mal comportamiento pone en peligro sus vínculos familiares. Debemos asegurarle que él no puede perjudicar ese núcleo afectivo, precisamente porque nosotros lo protegemos mediante normas y valores.

A los 4-5 años podemos empezar a razonar sobre las normas. Es lo que se conoce como disciplina mediante “inducción”, que los investigadores han comprobado que es la más eficaz. Consiste en explicar al niño las conexiones lógicas entre su comportamiento, las normas, los valores y las consecuencias. Es una disciplina razonada, que trata de hacer comprensibles para el niño las normas, ya que de ese modo puede interiorizarlas, hacerlas suyas porque las considera justas.

La actitud de enseñanza facilita que el niño asuma “de corazón” las actitudes que los padres consideramos valiosas para la convivencia. El objetivo es que el niño interiorice de forma duradera hábitos morales, porque tendrá que saber comportarse bien cuando no estemos nosotros u otros cuidadores delante. Esta sería la gran meta de la enseñanza moral, que el niño sea capaz de portarse bien siguiendo su propia conciencia. Lo que se ha demostrado es que, sin un acto inicial de obediencia, no se interiorizan las normas. Cuando son pequeños, los niños necesitan el “armazón” moral de sus padres, con el que construirán el suyo propio a lo largo de la infancia y en la adolescencia.

Las normas y los valores no solo se enseñan en negativo. Los niños no solo aprenden el comportamiento moral a partir de prohibiciones, también les tenemos que alentar para que actúen bien, confiar en que lo harán, y valorar cuando lo hagan, es decir, reconocerlo explícitamente. No estamos hablando de premiar ni de recompensas materiales, que son desaconsejables porque convierten el buen comportamiento en un medio para conseguir otra cosa, cuando debe ser un fin en sí mismo. Cuidado también con el elogio; debería ser coherente con lo que el niño logra y sobre todo con su esfuerzo. Cuando se comporta bien, hay que celebrar la armonía familiar a la que está contribuyendo.

Expectativas elevadas. Los padres favorecemos el desarrollo moral de nuestros niños cuando tenemos altas expectativas y confianza en los hijos: en que sabrán comportarse bien, convivir con los demás, ayudar y contribuir positivamente a la sociedad... Los valores ayudan a establecer esas expectativas, que deben ser razonables y alcanzables para el niño. Hay que celebrar cada pequeño logro, porque la confianza del niño en sí mismo se va construyendo en el día a día.

Opciones limitadas. No es lo mismo decirle a nuestro hijo: “dame la mano para cruzar”, que: “¿Con qué mano prefieres cruzar, con la derecha o con la izquierda?”, o “¿Cuándo quieres lavarte los dientes, antes de ponerte el pijama o después?”. Con la segunda opción evitamos en cierta medida tener que dar órdenes continuamente a nuestros hijos; ellos sienten que pueden elegir, y nosotros conseguimos el mismo efecto.

Implicarles en la creación de normas. A medida que vayan creciendo, tendremos que ampliar esta implicación, pero podemos comenzar a hacerlo desde que son pequeños. Podemos plantear el tema de la norma como un problema que tenemos que resolver, que nos afecta a los dos, e implicarlos en su solución. Con esto les hacemos sentir importantes, valorados y tenidos en cuenta, lo que refuerza mucho su autoestima y les inclina a cumplir la norma, puesto que ellos han contribuido a crearla.

Negociar, ajustar, equivocarnos y repetir… Deberíamos ver los límites y normas como un proceso, algo cambiante que se tiene que ir reajustando a medida que nuestros hijos van creciendo. Ni los límites pueden ser los mismos ni la manera de establecerlos. Tenemos que caminar hacia un modelo cada vez más horizontal. Por supuesto, siempre debe haber normas innegociables, que serán pocas, claras y bien especificadas. Pero en muchas otras cosas podemos ceder o dejarles elegir cuando ya son más mayores.

Artículo ofrecido por Mariola Lorente Arroyo, Universidad de Padres-Fundación Edelvives

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