Aprendizaje

¿Cuándo debo enseñar a mi hijo a nadar?

No se debe convertir en una obligación, sino en un proceso de aprendizaje paulatino y divertido que culmine de forma natural por el propio niño.

Aprender a nadar (Foto: iStock)
Aprender a nadar (Foto: iStock)

Saber desenvolverse en el agua es una necesidad hoy en día para el ser humano. Incluso si no vive cerca del mar, tarde o temprano se dará la ocasión en la que darse un chapuzón, y para la seguridad de uno mismo, además de ser consciente de los peligros que el medio acuático tiene, es fundamental nadar bien.

Hoy en día los niños aprenden a nadar antes que antaño porque es una de las actividades extraescolares complementarias más demandadas desde ya hace ya varias décadas. Y como está demostrado que la natación es una de las disciplinas deportivas más completas y saludables que existen, no solo la ofrecen algunos colegios en su programación, sino que es habitual que sea parte de la oferta deportiva municipal de las ciudades. 

Pero una cosa es que aprender a nadar sea una necesidad y otra que sea urgente o que se deba convertir en una obsesión de los progenitores. Nadar bien lleva su tiempo y cada niño lleva su ritmo. Más allá de que haya ido o no a matronatación, es absolutamente recomendable que su aprendizaje en el agua hasta ser completamente autónomo se haga paso a paso, de forma natural y controlada, y siempre en función de los progresos que el propio niño va marcando. Nadie como el implicado para saber si está en disposición de ampliar sus límites o todavía no. 

Primer paso: matronatación

De lo dicho hasta ahora se obtiene la respuesta a cuándo se debe enseñar a un niño a nadar: no hay una edad concreta, sino un ritmo personalizado. Eso sí, los expertos coinciden en afirmar que es recomendable que tome contacto pronto con el medio acuático.

Una forma recomendable de dar un segundo paso adelante para aprender a nadar son las clases de matronatación. Hay voces que las recomiendan desde los seis meses y otras, como la American Academy of Pediatrics, desde el año de vida porque “no existe evidencia vigente de que las clases de natación para bebés menores de 1 año reduzcan su riesgo de ahogarse”.

ayuda, en cambio, a que el pequeño se familiarice con el agua y se sienta a gusto dentro de ella, a que no le coja miedo. Y también aporta muchos ejercicios y rutinas a los padres para que luego puedan repetirlas durante el verano si tienen ocasión, y así pueda seguir progresando paso a paso su pequeño en el largo camino que es aprender a nadar. Sobre todo es recomendable insistir en la postura y, por encima de todo, en controlar la respiración -hay muchos ejercicios al respecto en internet de expertos en la materia-.

El ritmo de cada niño

Poco a poco, a medida que su madurez emocional, sus capacidades y su desarrollo físico evolucionan, podrá ir moviéndose con soltura en el agua ayudado por un dispositivo de seguridad que le permita flotar. Pueden ser los manguitos de caucho, las burbujas, los cinturones o los chalecos. Depende de la edad y de algunos factores más, tal y como te contamos en el tema que le dedicamos a explicarte las diferencias entre unos y otros. 

Será el propio niño el que con sus progresos demande un sistema de seguridad más autónomo y que le ayude menos. Y poco a poco, también llegará el tercer paso en su evolución: nadar ayudado de una tabla o un “churro”. Esto es muy interesante porque les ayuda a aprender a mantener la postura correcta para nadar, en horizontal dentro del agua, y les exige a la hora de avanzar por el agua. Pero siempre deben estar supervisados de cerca cuando estén en el agua solo con un material así, que no va sujeto a su cuerpo y por lo tanto no es una garantía de seguridad. 

Aunque está bien que los usen también junto a burbujas, manguitos y demás elementos de flotación para ir aprendiendo la postura, si ya los usan sin estos es que el paso definitivo está muy cerca. Y lo hará, casi siempre ocurre así, de manera natural. El niño se soltará y verá que puede ser autónomo en el agua. La motivación, una vez alcanzado este punto, hará el resto.

Mayor experiencia, mayor motivación

Lógicamente, cuanta más experiencia haya ido acumulando en sus primeros meses de vida y cuanto más entre en contacto con el agua, más rápido aprenderá y más corto será todo este proceso. Por eso no se pueden generalizar plazos de aprendizaje. 

Pero insistimos en que no hay que obsesionarse con ello porque el niño aprenderá, si está en contacto habitual con el agua, alrededor de su cuarto año de vida sin necesidad de ello -hay quien lo hace antes y otros más tarde, no pasa nada-. Y encima se lo habrá pasado mucho mejor si nota que sus padres no le obligan a hacer cosas que no quiere dentro del agua. Lo que él necesita es sentirse seguro en todo momento y por eso los pequeños avances son más efectivos que intentar saltarse dos pasos de golpe en el aprendizaje. 

Una vez el niño aprende a nadar, y sobre si sigue yendo a clases de este deporte, la American Academy of Pediatrics recuerda a los padres que  “deben tener siempre presente que las clases de natación son sólo una de las varias formas importantes de protección que se necesitan para ayudar a prevenir los ahogamientos” y recalca lo importante que es supervisar siempre a un menor cuando está dentro del agua o en alguna superficie de acceso a la misma por muy bien que nade. 

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