Gritos y castigos

Gritar y castigar a tus hijos puede disminuir el tamaño de su cerebro

Un estudio llevado a cabo por la Universidad de Montreal ha llegado a la conclusión de que dirigirnos a nuestros hijos con gritos, malas palabras o, incluso, violencia puede repercutir en el tamaño de su cerebro: será más pequeño.

gritos
Fuente: Unsplash

Hemos expuesto motivos suficientes que justifican que los castigos no tienen ningún beneficio en la educación de nuestros hijos. Más bien, pueden perjudicar a su desarrollo. Lo mismo que ocurre con los gritos y, por supuesto, con la violencia y el maltrato infantil. Los primeros son una manera de sumisión, de obligar a los niños a hacer eso que queremos porque , de negarse, habrá consecuencias, y no porque crean que está verdaderamente mal.

Los segundos, una manera de marcar límites poco sanos en su relación y de crear una figura de autoridad poco salubre para su desarrollo emocional y mental.

Aun con todos los motivos sobre la mesa, la ciencia ha vuelto a respaldar esto que los expertos llevan años calificando como erróneo: castigar, gritar o hablar mal a nuestros hijos de manera repetida está relacionado con estructuras cerebrales más pequeñas en la adolescencia.

Esta es la conclusión principal a la que ha llegado un estudio elaborado por la Universidad de Montreal (en Canadá): los investigadores observaron que las mismas regiones del cerebro eran más pequeñas en los adolescentes que habían sido sometidos en reiteradas ocasiones a prácticas de crianza duras en la niñez. Además, especifican que no hace falta que esos abusos sean graves para que el desarrollo social y emocional de los niños se vea afectado. Basta con enfadarse repetidamente, pegar, zarandear o gritar a los peques, según establece el estudio. “Las implicaciones van más allá de los cambios en el cerebro. Lo importante es que los padres y la sociedad comprendan que el uso frecuente de prácticas parentales severas puede dañar el desarrollo de un niño”, afirma Sabrina Suffren, autora principal de la investigación.

Además, argumenta la importancia del estudio: “es la primera vez que las prácticas de crianza duras que no llegan a ser un abuso grave se han relacionado con la disminución del tamaño de la estructura cerebral, algo similar a lo que vemos en las víctimas de actos graves de abuso”.

¿Cómo se llevó a cabo?

Para llegar a estas conclusiones, los autores de la investigación monitorearon el cerebro de varios niños desde su nacimiento hasta la pubertad. Además, se llevó control de las prácticas de crianza y los niveles de ansiedad de esos pequeños desde los 2 a los 9 años.

Después, los dividieron en grupo y aquellos que habían recibido gritos, castigos y otras prácticas de crianza severa en la infancia, volvieron a someterse a una monitorización de su cerebro entre los 12 y los 16 años.

Malos tratos en la infancia: cerebro diferente

Este estudio que nos acontece no es, sin embargo, el único que ha puesto de manifiesto la modificación de la estructura cerebral infantil ante episodios continuados de malos tratos. Según la nota de prensa publicada por los autores, un estudio publicado en 2019 ya estableció que gritar o dañar a los niños podría modificar su función cerebral, aunque aquel no hablaba de una modificación física del cerebro. Incluso, fue uno de los primeros en relacionar esas coacciones con el riesgo de sufrir más depresiones y ansiedad en la etapa adulta.

¿Qué otras consecuencias reportan los gritos y los castigos?

Como decíamos al principio, mucho hemos hablado sobre los efectos de los gritos y los castigos en los niños.

Sobre los primeros, el neurocientífico Álvaro Bilbao lo resume a la perfección: “las estrategias de disciplina aversiva en las que se encuentran los gritos y los castigos han demostrado tener una eficacia mínima en el corto plazo y ninguna eficacia en absoluto en el largo plazo”.

¿Por qué? Pues porque si castigamos a nuestro hijo dos semanas sin tableta porque nos ha hablado mal, no volverá a hablarnos mal, pero no porque entienda que no debe hacerlo, si no porque sabe que, si lo vuelve a hacer, volverá a quedarse sin tableta otras dos semanas. ¿Qué habría que hacer en este caso? Establecer límites sanos para evitar que la situación se dé y, de darse, escoger alguna de estas alternativas positivas a los castigos.

En cuanto a los gritos, los asesores psicopedagógicos de la editorial RUBIO dicen que: “lo único que conseguimos gritando es crear una tensión innecesaria que, con el tiempo, deja una huella importante en la personalidad del niño”.

Marta Moreno

Marta Moreno

Como dijo Nelson Mandela “la educación es el arma más poderosa que existe para salvar el mundo”. ¿Qué tal si educamos desde el respeto, el amor y en familia?

Vídeo de la semana

Continúa leyendo