Cada niño tiene su ritmo

Por qué deberías evitar comparar entre hermanos

Pese a que en el mundo laboral y, por ende, adulto se premia más la creatividad y la diferenciación que la estandarización, todavía es un hábito muy establecido en el ámbito de la crianza la tendencia a comparar entre iguales a los niños.

Confundir entre dar las mismas oportunidades y educar exactamente igual a dos (o más) personas que, por mucho que sean hermanos, no lo son es un error muy extendido en el ámbito de la crianza. Y lo negativo al respecto es que todavía hay quien cree que no es un error hacerlo. Tenemos tan asimilado y naturalizado el hábito de comparar que incluso quienes saben que no trae nada bueno hacerlo peca alguna vez de ello. Sale solo, pero hay que hacer un esfuerzo porque no sea así.

El consenso entre expertos en educación y psicólogos infantiles es amplio en este sentido, ya que consideran contraproducente comparar entre hermanos (o entre amigos o primos, por ejemplo) porque se les está dando un mensaje equivocado: que deben ser como los demás. Lógicamente, al igual que ocurre con los adultos cuando son sometidos a este tipo de comparaciones, esto genera sentimientos como frustración, la impotencia, la desmotivación o la inseguridad, entre otros, especialmente cuando los niños sienten que no se ajustan a lo que se espera de ellos. 

La comunidad educativa y científica especializada no ha cambiado de parecer recientemente, como demuestra esta recomendación plasmada en un artículo de divulgación publicado en la revista electrónica informativa para padre de la Asociación Española de Pediatría de Atención Primaria allá por el año 2009:  "Hay que evitar la comparación innecesaria entre hermanos. En la comparación siempre sale perdiendo alguien y el niño celoso se siente continuamente despreciado respecto a su hermano, que además de ser más pequeño, lo hace mejor”.

Reacciones ante conflictos

En esta misma línea, pero de forma mucho más extensa y más cercana en el tiempo, se expresa la experta en atención temprana Alejandra Melús en este artículo divulgativo para el Club de Malasmadres. “Debemos saber parar y reflexionar antes de expresarnos, es decir, las comparaciones a veces afloran ante una situación de conflicto, de enfado o rabia, donde decimos lo primero que se nos viene a la cabeza, sin haberlo pensado coherentemente, por lo que pararnos, tomar aire y pensar, pueden ayudarnos a seleccionar mejor aquello que vayamos a decir”, explica. 

Melús apunta además que las comparaciones “tiende tienden a usarse resaltando lo bien que hace alguien algo dentro de un grupo y lo “no tan bien” que lo hace el otro, por lo que al comparar hacemos que uno de los miembros se sienta peor o inferior que el resto”, y esto puede llevar a que los niños se vengan abajo emocionalmente. El riesgo de un impacto negativo en su autoestima es alto. “Las comparaciones pueden herir emocionalmente a quien las recibe, desmotivándole, haciendo que se sienta infeliz por tener que ser igual que los demás, aún sintiéndose diferente”, añade en el artículo mencionado Alejandra Melús. 

El valor de la diversidad

Es fundamental para no caer en la comparación entre hermanos o pares entender los beneficios que tiene para el niño que sus padres sean conscientes del valor de la diversidad. Este pequeño gran detalle, que en muchas ocasiones requiere un cambio de chip en los progenitores, les permitirá resaltar y reforzar las cualidades positivas -obviando las superficiales en la medida de lo posible- de sus hijos porque habrán entendido una de las claves más importantes de la crianza: que cada niño es único y, como tal, lleva su propio ritmo de formación y crecimiento personal. 

Lo explica muy bien, a modo de conclusión, esta reflexión de Alejandra melús: “Los mejores premios y reconocimientos en todos los sectores, tanto profesionales como personales, son entregados a aquellos que se diferencian, se distinguen y son especiales, por lo que ser igual a los demás no tiene por qué ser algo positivo”.

Continúa leyendo