¿Por qué lloran los niños y los bebés? Las causas más comunes del llanto

Hasta que sean capaces de hablar, los niños lloran por la misma razón que los adultos hablamos: para comunicar estados de ánimo y necesidades. Por eso, aprender a distinguir las distintas formas del llanto supone todo un reto. La buena noticia es que los propios niños nos echan una mano. “Los bebés no engañan, son pura emoción”, dice Enrique García Fernández-Abascal, catedrático de Emoción y Motivación de la Facultad de Psicología de la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED). “Dependen al cien por cien de nosotros y necesitan comunicar bien sus emociones. Al principio, el único recurso que tienen es el llanto, que aprenden a manejar muy temprano”. Descifrándolo, distinguiendo el dolor del miedo o el enfado, les damos las atenciones que merecen.

 

El llanto avisa si al niño le pasa algo

Cuenta Ángela, madre de Luis, de cuatro meses, que durante las primeras semanas de vida de su hijo aprendió que era el momento de la toma gracias al potente llanto de su bebé. “El pediatra me había dicho que le diera el pecho a demanda, pero eso para una madre primeriza es como un jeroglífico. ¿Cómo iba a saber cuándo un niño que solo tiene días quiere comer? Enseguida lo entendí: en cuanto tenía hambre, Luis explotaba en un llanto enérgico que solamente se calmaba en cuanto me lo ponía al pecho. De nada servía acunarle o darle calorcito. Y así aprendí a ajustarme a sus horarios de comida”. Esa precisamente es una de las principales funciones del llanto: avisar de que al pequeño le pasa algo.

 

El llanto, nuestro rasgo más primitivo

¿Por qué no se aprende a llorar como se aprende a andar, por ejemplo? Porque es fundamental para la supervivencia, es la señal que alerta de los peligros. “La función del llanto se ha ido perfeccionando a lo largo de la historia de la humanidad para ayudarnos a sobrevivir”, explica el doctor en Psicología y profesor en la facultad de Psicología de Murcia, Francisco Martínez Sánchez. “Como los depredadores también podían ser alertados por el llanto, la capacidad del niño para dejar de llorar tan pronto como recibía los cuidados maternos fue una ventaja evolutiva. Del mismo modo, el bebé podía intensificar el llanto si no obtenía respuesta. También fue útil que el niño pudiera comunicarse con la madre mediante otras señales y no exclusivamente con el llanto, relegándolo a las necesidades más apremiantes. Dado que este patrón de comportamiento fue positivo para la supervivencia de nuestra especie, ha llegado a formar parte de nuestra configuración genética”.

El llanto es un signo más de nuestra existencia, una característica propia de los humanos. No en vano los niños lloran una media de dos horas al día, independientemente de su carácter.

El llanto es una señal de alarma específica de nuestra especie y con ella se busca incrementar nuestra supervivencia. Si tuviéramos que aprender a llorar, no podríamos sobrevivir.

El llanto es también un síntoma de desequilibrio o de malestar. De hecho, el llanto debe ser interpretado como una especie de alarma que tendría que ser consultada con un pediatra cuando esté asociado a otros síntomas: temperatura superior a 38º, piel de color pálido, amarillenta o cianótica (amarilla-morada), dificultades en la respiración, vómitos, moco en las heces, etc.

Jaime, de ocho meses, está sentado en su sillita junto a un adulto que no conoce. Entonces, el adulto da una palmada seca y fuerte. ¿Su reacción? Inquietarse y, a los pocos segundos, empezar a llorar desconsoladamente, girando la cabeza hacia la puerta.

A medida que crecen, gestionan mejor sus emociones

Según numerosos estudios, todos los bebés responden básicamente igual a las situaciones que provocan dolor, miedo o ira. Pero su capacidad para compensar el afecto negativo (el susto de la palmada) por uno positivo (el consuelo de la manta) varía según sus recursos.

“A partir de los seis meses ya empezamos a encontrar diferencias en la forma de reaccionar a las emociones”, explica Enrique García Fernández-Abascal. “Ya tienen capacidad para buscar un afecto positivo con el que compensar el negativo, sobre todo si hemos dedicado tiempo al bebé potenciando sus afectos positivos, haciéndole disfrutar. Cuantas más fuentes de disfrute tenga el niño (una manta que le da seguridad, el chupete que le consuela, las personas con las que ha creado un vínculo...), más fácil le será acudir a una de ellas y neutralizar la emoción negativa”.

No todos los niños lloran por las mismas cosas

Los pequeños tienen reacciones distintas ante un mismo estímulo. Dependiendo de su carácter actúan de una forma u otra.

Aunque a los dos meses todos lloran cuando se enfadan, la intensidad, la frecuencia y la duración de ese llanto varían mucho. La causa puede estar en su ADN: muchas de las diferencias dependen del temperamento del bebé, de factores genéticamente determinados que regulan la forma de actuar del niño ante los estímulos. Es una de las características que nos hacen únicos.

Aproximadamente, al cumplir los tres meses, el bebé ya reconocerá las seis emociones básicas: sorpresa, tristeza, miedo, ira, alegría y asco.

La mayoría de estas emociones, excepto la alegría, pueden ir acompañadas del llanto, por eso también es tan frecuente escuchar llorar al bebé. Además, es fácil que en un día experimenten las seis emociones básicas. Otra de las peculiaridades de los pequeñines es que pueden pasar de la risa al llanto desconsolado en un segundo.

¿Cómo se caracterizan las emociones infantiles?

Estas son las cualidades de las emociones de los niños:

  • Intensidad. El bebé es extremo o lo que los especialistas califican como “de alta intensidad”. Cualquier estímulo, por pequeño que sea, causa en él una emoción intensa. Es más: responderá igual a un hecho trivial que a una situación grave.
  • Frecuencia. Sus emociones se repiten a menudo, varias veces a lo largo del día. Con la edad, esa frecuencia irá reduciéndose.
  • Cambios rápidos. Aunque intensas, sus emociones son breves y por eso los niños tiene la capacidad de pasar de una a otra con mucha rapidez.

La risa y el llanto no son reacciones tan diferentes. Ambas manifiestan el estado de bienestar del bebé y provocan una reacción inmediata en los padres. Por eso aprenderá a manejarlas, aunque con distintos fines: el llanto para llamar la atención; la risa, para empatizar con quienes le rodean.

n ¿Y la risa?

El llanto del bebé lo escuchamos en cuanto nace, mientras que su risa tardará un poco más en llegar (a los tres meses). Lo que las diferencia es que, aunque nacemos con nuestro sistema neuronal inmaduro, no necesitamos aprender a tener miedo, asco, tristeza... mientras que sí tenemos que aprender a experimentar nuevas emociones positivas. “Podemos aprender a tener asco a nuevas cosas, pero no desarrollar nuevas emociones negativas. Eso sí, nunca dejamos de aprender a gozar”, indica el experto.

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