Rabietas

Cómo educar a tu hijo en la gestión de sus emociones

¿Te quedas sin paciencia cada vez que tu hijo tiene un rabieta? Aprende a gestionar sus emociones para evitar que llegue a una de ellas.

¿Por qué el niño reacciona así, de una manera que parece tan desmesurada? Las rabietas son una reacción típica en la primera etapa infantil y precisamente por ello el niño carece de madurez suficiente como para actuar de otro modo. Cuando son bebés reaccionan de manera muy instintiva y dejándose guiar 100% por el adulto. Sin embargo, en el momento que empiezan a crecer y a tener sus propios criterios, tratan de conseguir lo que quieren de cualquier modo, sin ser conscientes con su comportamiento o con los medios que utilizan para lograrlo. Lo único que quieren es lograr su objetivo y, además, en el momento inmediato. A esta edad todavía no son capaces de pararse a pensar de si les conviene o no lo que quieren, si es el momento adecuado o si los medios que están empleando para lograrlo son adecuados o afectan negativamente a otras personas. Aunque ya tienen capacidad para decidir lo que quieren y empiezan a despertar sus gustos e intereses, no tienen la madurez suficiente para entender el modo en que pueden lograrlo. Es por esto que, las rabietas son una conducta propia de inmadurez que, si no son bien gestionadas, pueden crear un carácter complicado y difícil en el niño.

La primera vez que surge una rabieta suele ser debido, además de a la falta de madurez, a la falta de recursos para comunicar lo que quieren. Al no conseguir lo que quieren se enfadan y si ese enfado viene seguido de una respuesta por parte del adulto de ofrecerle lo que están demandando, se repetirá de manera constante y aprenderán que ese es el modo en el que tienen de lograr las cosas. Si las rabietas perduran en el tiempo es porque, en un momento  dado, esa manera de actuar les ha servido para conseguir lo que querían. No es difícil que esto pase porque el adulto no puede estar siempre al 100% y un momento de debilidad, cansancio, despiste, etc. lo tiene cualquiera, pero lo importante es evitar que perduren.

Las rabietas pueden llegar a utilizarse, también, como una llamada de atención. Siempre que se produce una rabieta el adulto está ahí tratando de apaciguar el momento de conflicto y si el objetivo del niño es conseguir que el adulto esté ahí le da igual cómo lo logre, lo importante es que esté ahí. Los niños reclaman una gran atención y a veces pasan momentos más especiales en los que tienen mayor necesidad. Si descubren que tienen esa atención podrán utilizar esta estrategia de manera habitual. No todos los niños que utilizan las rabietas como una llamada de atención significa que no tienen atención por parte de los padres, probablemente se les está dando pero ellos demandan más, a veces porque son “adictos” y todo lo que se les ofrece es poco y otras veces porque están pasando una etapa complicada y no somos capaces de darnos cuenta.

Detrás de una rabieta no sólo hay un mal comportamiento del niño y una situación de conflicto entre padre e hijo sino una situación que la está provocando, bien sea conseguir algo de manear caprichosa o una llamada de atención. Tanto una manera u otra tenemos que actuar de forma que se pueda extinguir la conducta y no lo vea como el modo de lograr las cosas.

¿Qué es lo que favorece estas rabietas y cómo podemos evitarlo?

No es difícil que aparezcan las rabietas por primera vez, de hecho, incluso las primeras rabietas pueden ser positivas porque empiezan a marcar la personalidad del niño, qué le puede gustar, e incluso es una señal de que están empezando a crecer.

El peligro está en que las primeras veces que aparecen nuestra respuesta sea complacer al niño, evitar el conflicto y, por lo tanto, darle lo que está demandando. Si esto es así, el niño aprenderá que el modo que tiene de lograr las cosas será únicamente ese y, además, para él será sencillo y cómodo funcionar así. Sin embargo, las consecuencias que tiene en la relación entre padres e hijos son realmente negativas y de un gran desgaste para los padres.

Para evitar que se produzca una rabieta de manera continua es importante el “no” como respuesta a lo que el niño está demandando. De ese modo, aprenderá que no todo lo que quiere lo puede lograr o que no todo lo que le apetece es lo más adecuado. En caso de que el no sea insuficiente y el niño continúe reaccionando con una rabieta o con una conducta desadaptada (llantos, pataleos, gritos…) el mejor modo de acabar con ello es la ignorancia. Si el niño ve que ante esa conducta no tiene de nosotros respuesta alguna ni llama nuestra atención, llegará un momento en el que se canse y desista de actuar de esa manera porque se dará cuenta que no logra lo que quiere. Para  actuar de manera adecuada y llevar a cabo bien esa ignorancia es importante que los padres sean constantes, que siempre reaccionen de la misma manera y que sean fuertes.

Hay ocasiones en que las rabietas son numerosas, se producen a lo largo del día por diferentes motivos y no siempre se está fuerte para actuar adecuadamente ante esa situación. Siempre que se produzca en situaciones variadas, hay que observar en qué situaciones se produce de manera más habitual y plantearse eliminar esas situaciones inicialmente. Es conveniente centrarnos en objetivos concretos para que seamos fuertes y constantes en esas conductas que queremos eliminar. Conforme vayamos eliminando conductas podremos centrarnos en otras hasta que llegue el momento en el que esta forma de educar y reaccionar por parte del adulto se generalice y el niño interiorice esta medida.

No siempre es posible o sencillo ignorar las rabietas, bien porque pueden hacerse daño o porque nos dejan en evidencia o porque el contexto no es el adecuado… En la medida de lo posible, hay que intentar utilizar la ignorancia como estrategia generalizada pero, en estos casos puntuales, puede ayudar sacar al niño de la situación que está provocando el enfado, para evitar las posibles consecuencias, pero sin demasiadas explicaciones. Ahora bien, si no se puede ignorar tampoco se lleva a cabo otro tipo de actuación: represalias, sermones… En este caso, no habría ningún tipo de respuesta por nuestra parte y, una vez que podamos hablar con él en contexto más relajado, hay que hacerle saber que no ha actuado de manera adecuado o, en caso que haya logrado lo que quería, dejarle muy claro que no era porque él lo había pedido sino por las circunstancias. Si esto resulta complicado llevarlo a cabo y, debido al contexto, vemos difícil evitar darle lo que realmente quiere es importante, si se lo vamos a dar, hacerlo de tal manera que parezca que ha sido nuestra idea, no porque él lo pide sino porque nosotros hemos decidido que es buena idea concedérselo. La clave está en que aprenda que las cosas no se logran de ese modo.

Finalmente, lo que reforzará que se comporte de manera adecuada es que, cada vez que actúe de manera positiva o pida las cosas como debe, nosotros tengamos la capacidad de darnos cuenta que está actuando bien y reconocérselo para que aprenda que de esa manera sí consigue nuestra atención y nos hace estar contentos y orgullosos por cómo hace las cosas. Como el niño demanda constantemente atención, le gustará que  se la prestemos y, probablemente, repetirá esas acciones para, en el futuro, contar con nuestra aprobación. No obstante, aunque las rabietas son propias de la primera etapa infantil, conforme van madurando son menores y si seguirnos este tipo de estrategias irán desapareciendo, aunque siempre habrá momentos en los que sean su único recurso para conseguir lo que quieren.

¿Cuál debe ser la actitud de los padres ante las rabietas de sus hijos?

El mejor modo de actuar es ignorando la conducta y viendo que no tienen por nuestra parte ninguna respuesta, ni represalias, castigos, malas caras… No nos inmuta ese modo de actuar porque no va con nosotros. En el momento que detecta que tiene una respuesta por nuestra parte, cualquiera que sea incluso una mirada, va a hacer que se acreciente esa rabieta. Generalmente, la mayoría de las rabietas suelen ser caprichosas, por ello, este modo de actuar es el modo más eficaz.

En algunas ocasiones, aunque las menos, puede ser una señal de que necesiten afecto o que el enfado que les está provocando la rabieta les desquicie tanto que les saca de sí mismos e ignorarles les excita todavía más. Es importante detectar estas situaciones comprobando si se excitan mucho al ignorarles y si por mucho que pasa el tiempo la rabieta no va a menos. En estos casos, es necesario calmarles pero sin decirles nada, ni explicarles por qué no podemos concederles lo que quieren o no se pueden portar así, porque ya lo saben. Tenemos que seguir sin hacerles caso pero, en ocasiones, necesitan un abrazo o una muestra de cariño. Una vez les hayamos tranquilizado ya podríamos hablar con ellos de lo ocurrido. Siempre y cuando veamos que al ignorarles se ponen todavía peor pondremos en práctica este método pero después de que pase un tiempo prudencial ya que si siempre se les ignora desde el principio se enfadan todavía más. Esta pauta suele ir dirigida a niños especialmente tozudos o que pasan una temporada más delicada, están más mimosas por la llegada de un hermano, por cambios en la familia… y la rabieta es una respuesta a esa inseguridad y a ese miedo y lo que realmente nos piden con ello es cariño.

¿Qué es lo que nunca se debe hacer ante esta situación?

La primera vez que se produce una rabieta hay que explicarles que ese no es el modo de comportarse y de conseguir lo que quieren y, por supuesto, no concedérselo. A partir de entonces, si se vuelve a repetir, sobran las explicaciones porque saben y son conscientes de que no se están comportando de manera adecuada. No hay que concederles lo que quieren, no hay que prestarles la atención que reclaman, ni darles más explicaciones.

Si no somos capaces de mantenernos firmes es importante saber delegar. No todos los días estamos fuertes, tenemos ganas, ni todos los días son buenos para actuar de manera adecuada. Si nos damos cuenta que está pudiendo con nosotros hay que pedir ayuda y que se pueda encargar el otro miembro de la pareja de solucionar el problema en ese momento. El truco para los casos más extremos sería dejar claro que si se ha acabado saliendo con la suya ha sido porque nosotros lo considerábamos adecuado, no porque así lo quería el niño. Esos comportamientos nunca los podemos considerar adecuados.

¿Las rabietas pueden condicionar el carácter del niño en el futuro?

Si las rabietas no son bien gestionadas puede desembocar en niños caprichosos y consentidos, que consiguen lo que quieren cuando quieren, y, en la mayoría de los casos, también en niños maleducados porque el modo que consiguen lo que quieren no suele ser el más adecuado. Aprenden y creen que todo en la vida lo pueden lograr así, por lo tanto, no sólo reaccionarán en casa de esa manera si no también tratarán de conseguir así las cosas en el colegio, en su grupo de amigos… Esto les puede llevar a tener problemas con las relaciones sociales y grandes enfrentamientos en el momento que alguien les diga un “no”, además de impotencia y frustración al darse cuenta que no todo lo pueden lograr. Si en casa nunca se les ha frenado y han obtenido un “no” por respuesta no sabrán que esa posibilidad existe, pero en la vida antes o después se lo van a encontrar. Es mejor  sufrir una época en casa tratando de gestionar las rabietas y mantenerles firmes ante ellas que no verles sufrir más tarde al ver que socialmente tienen problemas de adaptación.

Hay que entender que detrás de una rabieta no sólo está el que logren o no lo que quieren si no que aprendan a comportarse adecuadamente.

Límites, ¿sí o no?

Los límites no deben verse ni como un sistema de autoritarismo ni transmitirse a los niños como algo obligatorio por capricho de los padres, sino hay que verlos como necesarios para la convivencia, tanto familiar como social. La sociedad está llena de límites y el conocimiento y respeto de los mismos es lo que permite que podamos llegar a convivir. Por este motivo, es necesario educar a los niños en esta misma línea para que aprendan que las normas establecidas en casa ayudan a la convivencia familiar y les preparará para la sociedad.

Para conseguir que este estilo educativo de poner límites no sea un autoritarismo es importante el modo en que se establecen. Para ello será necesario seguir los siguientes pasos:

  1. Tener clara la norma que queremos establecer: Si no tenemos claro los objetivos que queremos conseguir, probablemente no logremos nada.
  2. Consenso entre ambos padres: si los niños no ven que se les exige lo mismo en todos los sitios no aprenderán la norma adecuadamente.
  3. Transmitir la norma con claridad: con pocas palabras es suficiente y tienen que estar adaptadas al lenguaje y la comprensión del niño. Debemos concretar lo más posible la norma. A veces, se les pide algo muy genérico, como puede ser portarse bien, y puede que el niño no entienda exactamente lo que se le está pidiendo, porque ¿qué es portarse bien?
  4. No trabajar muchas normas a la vez: como padres perseguimos la perfección del niño desde que nace y queremos que desde que son muy pequeños queremos que hagan las cosas muy bien.  Por eso, estamos constantemente exigiéndoles buenas palabras, comportamientos, acciones… hasta llegar al punto de tener la sensación de ser policías más que padres. Por mucho que queremos los niños no pueden aprender todos los límites a la vez. Es preferible tener claras pocas normas y exigirles sobre ellas aunque nos suponga un gran esfuerzo obviar, mientras estamos trabajando dichas normas, ciertos comportamientos de los niños. De este modo, nos aseguraremos que lo entienden, son capaces de llevarlo a cabo y, una vez que así sea, podremos empezar a trabajar otro aspecto nuevo. Para esto, es necesario relajarse y tener en cuenta la condición natural del niño. No siempre se van a portar como a nosotros nos gustaría ni van a actuar de manera óptima, pero ya llegará el momento de hacerlo una vez lo hayan aprendido. Enseñémosles poco a poco y dejémosles que aprendan siguiendo sus pasos.
  5. Exigir el cumplimiento de la norma, pero con cariño: uno de los errores más frecuentes que cometemos los padres es que se les transmite las normas una vez y pensamos que ya las van a llevar a cabo. Hay que ser constantes en el cumplimiento de la norma y eso supone centrarnos en el objetivo a perseguir, prestar atención a cómo se está llevando a cabo y tiempo, no mucho pero sí el suficiente para llevar a cabo el seguimiento. Hay que tener en cuenta que esta exigencia no puede llevarse de otro modo que no sea desde el cariño. El modo de transmitir el cariño es, principalmente, haciéndoles ver que confiamos en que van a ser capaces, reconocerles cada uno de los momentos que han logrado la norma adecuadamente y, si no la cumplen, no tacharles ni enfadarnos en todos los aspectos, sino centrar nuestro enfado exclusivamente en la norma. Ellos tienen que sentir que aunque han fallado, no han cumplido la norma y no nos ha gustado, seguimos queriéndoles y estamos ahí para ayudarles. Ese apoyo y ese reconocimiento será fundamental para que el niño llegue a hacerlo.

 

 María Campo, Asesora Pedagógica en Eduka&Nature

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