Rutinas de sueño

Siesta en verano

5 minutos

Las vacaciones rompen las rutinas del año. Es importante organizar otras nuevas para que los cambios afecten lo menos posible a los niños. Eso incluye no saltarse la siesta, necesaria hasta los 5 años.

Siesta en verano

Con la llegada de las vacaciones se rompen las rutinas que tanto nos había costado conseguir durante el año. Acostumbrarse a un sitio nuevo (la casa de los abuelos, un hotel), el reencuentro con amigos y primos, las diferentes actividades, horarios y comidas y las nuevas emociones alteran los ritmos de sueño de nuestros pequeños. Y no es raro que, en medio de arena, piscinas y sombrillas, se olviden por completo de la siesta.

 

¿Cuánto tiempo deberían dormir?

La cantidad de horas que duerme un niño tiene mucho que ver con su carácter y con las necesidades de su organismo. No sólo depende de su edad, sino de sus actividades, costumbres, estado de salud y del ambiente en el que vive.

Según crecen, los niños van necesitando menos horas de sueño, tanto nocturno como diurno. Pero todavía les quedan algunos añitos para dormir como los adultos: hacia el quinto cumpleaños se consolida el sueño nocturno de unas diez horas. Dado que cualquier cambio influye en sus hábitos tendremos que estar atentos para que las vacaciones no se conviertan en un periodo de cansancio más que de descanso.

Hasta los cinco años las siestas deben durar de una a dos horas. Si son más cortas, hay que procurar que duerman más. Para lograrlo, podemos sentarnos a su lado unos cinco minutos antes de la hora a la que se despierta habitualmente. Cuando le veamos desperezarse, hay que acunarle o cantarle para que se vuelva a dormir.

 

¿Cómo sabemos si descansa lo suficiente?

Para saber si está durmiendo lo necesario hay que prestar atención a la cantidad y calidad de su sueño nocturno y a algunos síntomas que el niño puede presentar durante el día:

  • si se levanta con dolor de cabeza;
  • si le cuesta mucho despertarse y quiere seguir durmiendo;
  • si no puede despejarse tan rápido como el resto del año;
  • si está soñoliento y cansado durante el día (se duerme en el coche);
  • si le vemos despistado e irritable.

 

En estos casos, quizá el cambio le esté afectando demasiado y debamos echarle una mano para que su descanso sea reparador y se anime a echar siestas diurnas relajantes y fortalecedoras.

Sin embargo, si observamos que de día el pequeño está feliz y activo y que por la noche aterriza en la camita a una hora temprana y duerme como un tronco, no deberíamos preocuparnos si algunos días no se echa la siesta.

Hay que intentar que recupere el hábito del sueño, pues puede darse el caso de que después de unos días de mucha actividad y cierto descontrol, comience a necesitar algo más de descanso.

Pero el momento de dormir no se puede convertir en una batalla. Es importante que el niño asocie la cama con sensaciones agradables. No hace falta obligarle a dormir, ni es necesario dejar al crío llorando solo en la habitación hasta que caiga rendido por agotamiento. Si se resiste a dormir en la cuna o la cama porque las asocia a la noche, podemos recurrir a una colchoneta, a un sofá o a cualquier otro lugar donde se sienta cómodo.

 

¿Cómo reorganizar el sueño en vacaciones?

Primer paso: Observar los signos de fatiga

Si establecemos un patrón predecible (con cierta flexibilidad), solo tendremos que estar atentos a las señales de cansancio del pequeño para poder marcar sus nuevos horarios de siesta (pueden ser iguales que en casa o variar un poco).

Los signos de fatiga a los que habrá que estar atentos son:

  • Disminuye su actividad.
  • Se tranquiliza.
  • Pierde interés por la gente y los juguetes.
  • Se frota los ojos.
  • Se muestra inquieto.
  • Bosteza.
  • Se tumba en el suelo o en una silla.
  • Acaricia su juguete favorito, pide el chupete, el biberón, el pecho...

No hay que dejar pasar demasiado tiempo desde que aparecen estas señales, porque el niño estará demasiado cansado y le será mucho más difícil conciliar el sueño.

 

Segundo paso: Delimitar unos horarios

Después de una semana de observación, será fácil predecir en qué momentos tendrá sueño o cuáles serán los más adecuados para dormir.

A partir de ahí trataremos de adaptarlos con sentido común a las necesidades habituales del pequeño. Por ejemplo, una siesta muy tardía afectará negativamente al sueño durante la noche. En estos casos, habrá que intentar proporcionarle momentos de sosiego diurnos para favorecer la siesta en otro momento.

Ciertas horas del día suelen ser mejores para la siesta porque van con el reloj biológico del niño y beneficiarán al sueño nocturno. Si el niño duerme dos veces durante el día, lo más normal es que sea a media mañana y después de comer.

Tercer paso: Crear un hábito

Una vez que tenemos más o menos claro el horario de siestas del niño, lo ideal es crear una rutina sencilla. Empezaremos por convertir su sitio de descanso en un lugar agradable, donde mamá y papá le dan cariño, le hablan, le cantan y juegan con él.

En nuestro hábito de siesta, podemos utilizar elementos que el niño relacione con el sueño (como su muñeco favorito, la lectura de un cuento, un masaje o música relajante) que, usados todos los días en el mismo momento, se conviertan en señales que van indicando que es el momento de dormir.

Cuarto paso: Planificar el día

El último paso es planificar las actividades diarias teniendo en cuenta los nuevos horarios. Por ejemplo, si va a necesitar su siesta hacia las cuatro, procuremos estar en un entorno adecuado para que pueda echársela cómodamente y evitemos planificar actividades moviditas para esas horas.

 

Violeta Alcocer es psicóloga.

Asesores: Gonzalo Pin y Francisco Gilo, pediatras.

 

 

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