Una rutina perjudicial

Solo come con la tele

Ningún niño lleva en los genes el hábito de comer con la tele. Si lo hace, es porque nosotros se lo hemos inculcado así. Pero podemos remediarlo.

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"No hay forma de que Gonzalo se siente a la mesa", confiesa su madre. "Enseguida se distrae con cualquier cosa o se quiere ir a jugar. La única forma de que termine el plato es ponerle los dibujos animados. Se concentra tanto, que se toma cucharada tras cucharada sin rechistar".

¿Es un mal hábito?

Sí, lo es. Estos chiquitines aún están aprendiendo a comer y descubriendo los alimentos. Si encendemos la tele, lo más probable es que se queden hipnotizados y empiecen a masticar y tragar de forma mecánica.

Y cuando un pequeño deja de pensar en el plato que tiene delante, pierde la sensación de comer y aprecia en menor medida los sabores, las texturas, etc.

En realidad, ningún niño lleva en los genes el hábito de comer con la tele. Si lo hacen, es porque nosotros se lo hemos inculcado así. Y es que, muchas veces, la falta de tiempo y las prisas del día a día nos obligan un poco a ello.

Asocian tele y comida

Nuestros hijos se hacen los remolones con la comida y pueden tardar una hora y media en apurar una ración pequeña, y nosotros, a veces, no tenemos tanto tiempo. Y menos si hay que cumplir con el horario del día: después de la cena toca baño, luego la hora de dormir, etc.

En estos momentos, ponerle los dibujos parece la manera más fácil de que espere tranquilo a que preparemos la cena y de que se la coma más rápidamente. El problema es que terminan por asociar la tele con las comidas.

¿Qué podemos hacer?

Respetar sus tiempos. No podemos pretender que un chiquitín de dos años coma en diez o quince minutos, porque a lo mejor él necesita media hora. Buscar una solución rápida o intentar que coma aceleradamente a la larga puede ser peor.

La idea es cambiar la tele por el diálogo e inculcarles desde pequeños que la comida es un momento para estar con la familia. Aprovecha estos ratos para estar un poquito con él y explicarle, por ejemplo, lo que estáis comiendo. Así, cuando crezca será más fácil asentar este hábito.

Tampoco valen los juguetes. No podemos apagar la tele y distraerle con un muñeco para conseguir que se termine los guisantes. Lo mismo da la peli de Mickey Mouse que el peluche de Coco. En la mesa no debe haber más estímulos que la propia comida.

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