Apendicitis

Apendicitis

La inflamación del apéndice vermicular, un órgano en forma de gusano, delgado y hueco, de longitud variable y que se halla en la parte interna y terminal del intestino ciego, se conoce desde tiempo inmemorial.

Pero el diagnóstico superaba con creces al remedio que los médicos entonces proponían: sangrías, sanguijuelas y enemas. En 1886, el médico Reginald Heber Fitz anunció la necesidad inmediata de intervenir y tratar dicha inflamación de acuerdo con los principios quirúrgicos. A pesar de que su teoría fue bien aceptada, la mortalidad a causa de la apendicitis se mantuvo muy alta (alrededor del 20 por ciento en la década de 1940). Hoy se sitúa en torno al 0,2 por ciento.

Por fin han quedado en el olvido absurdas creencias, como, por ejemplo, que ingerir huesos de frutas provoca apendicitis. La apendicitis no es un trastorno grave, pero hay que detectarlo a tiempo.

La causa no está demasiado clara, aunque se cree que puede derivar de una obstrucción provocada por acumulación de bacterias. El apéndice se inflama, se hincha y se infecta. Provoca un dolor agudo y casi continuo en torno al ombligo que se va desplazando hacia el lado inferior derecho del abdomen.

Este malestar a menudo confunde a los padres que lo interpretan como un estreñimiento o acumulación de gases. Otros síntomas frecuentes son una ligera subida de fiebre, rechazo de alimento, vómitos, diarrea o estreñimiento o presencia de saburra (una secreción blanquecina) en la lengua.

Cuando se sospeche que el pequeño padece inflamación del apéndice, conviene consultar rápidamente con el pediatra, quien palpará el abdomen y presionará con la mano sobre determinados puntos del abdomen (llamados apendiculares) para después soltarla bruscamente. Si el apéndice está inflamado, el niño siente, en la mayoría de los casos, un dolor característico. En este caso habrá que extirpar sin demora alguna para evitar que se perfore y cause.

Etiquetas: alimentación del bebé

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