5-6 años

Mi hijo miente

La palabra mentira no es adecuada a esta edad en la que los niños son todo imaginación. Pero si acusa a su hermano de comerse la tarta y ha sido él, es evidente que hay algo más que inocente fantasía.

Mi hijo miente

Las primeras mentiras se parecen a los juegos que simulan algo que no es real. En los primeros años la fantasía, el pensamiento mágico, es muy importante, y los límites entre lo real y lo imaginario aún no son firmes. Por eso los niños fantasean con facilidad que sus deseos se cumplen y no ha de extrañarnos si nos cuentan, por ejemplo, que han hablado con su muñeca o si descubrimos que tienen un amigo imaginario. No hay que tachar de mentiras las fantasías de los niños y mucho menos llamarles mentirosos.

Pero también es cierto que hay mentiras y mentiras, y que sus implicaciones varían según la edad. Si un niño acusa a su hermano de haberse comido la mermelada o de haber retorcido las orejas al perro (cuando la verdad es que lo ha hecho él) es evidente que están entrando en juego más cosas que la inocente fantasía.

Qué ingenuos son...

Hacia los cinco años no solo se va asentando el sentido de lo real y lo falso, también la capacidad de empatía, de ponerse en el lugar del otro, con lo que el niño ya va tomando conciencia de las implicaciones y consecuencias de su deformación de la realidad. Si estas mentiras se dan solo de cuando en cuando, están dentro de lo normal y no hay que escandalizarse demasiado. Sí que conviene decirle claramente que no aprobamos las mentiras, que pueden disminuir nuestra confianza en él y, en el caso comentado, que su hermano no tiene que cargar con algo que no ha hecho.

Una característica frecuente de las mentiras de esta edad es su ingenuidad. Elena, de cinco años recién cumplidos, negaba enérgicamente (lloros y pataleta incluidos) haber metido el dedo antes de tiempo en la tarta de cumpleaños de su hermana. Entonces su madre le preguntó astutamente si estaba bueno el merengue. La lacrimosa cara de Elena se iluminó de repente y exclamó: «¡Y el chocolate!».

Así que los papás y mamás empiezan a cansarse un poco de esos inverosímiles «no he sido yo», «se habrá caído solo» o «lo rompió el hermanito». Porque la causa más frecuente (aunque no sea la única) por la que los niños mienten es librarse de una situación comprometida, es decir, intentar no defraudar a los mayores y evitar regañinas.

Y lo cierto es que suelen verse envueltos en un montón de estas situaciones. No controlan sus impulsos ni la capacidad de prever las consecuencias de sus actos. Así que el deseo de darle un buen pellizco al hermanito es más fuerte que el convencimiento de que eso no está bien, y también es más fuerte que la conciencia de que mamá se va a enfadar. Por otro lado, no se dan cuenta de lo avispados que son los mayores a la hora de imaginarse la verdad. Así que negar, acusar, en una palabra, escurrir el bulto, les parece la solución más fácil.

¿Les regañamos o no le damos importancia?

La causa más probable de que mienta es el miedo al castigo o a defraudarnos. Si solemos afear severamente cualquier pequeña falta o si hemos exagerado nuestra reacción ante alguna mentira anterior, el niño puede desarrollar un temor muy intenso a nuestra desaprobación.Por todo ello:

  • Una buena política es centrarnos más en buscar soluciones que en buscar culpables. «A ver, ¿quién ha puesto el pasillo perdido de barro?». Ante esta pregunta formulada en tono imponente no es de extrañar que un niño mienta. No hay por qué someterle a un «tercer grado» y empeñarnos en que «cante» su falta. Si le hacemos preguntas capciosas, casi le estamos invitando a mentir. Es preferible decir algo como: «Mira, el pasillo se ha llenado de barro. Trae el cubo y yo llevaré la fregona. Verás cómo lo dejamos reluciente». En lugar de alzar el dedo acusador, esta salida pone el acento en la cooperación y en la solución de problemas.
  • No conviene ser demasiado rígidos. Si establecemos normas de conducta severas e inviolables y además les exigimos una transparencia y sinceridad absolutas, estaremos propiciando el ocultamiento. Al no poder satisfacernos, empezarán a inventar «mentiras piadosas», que pueden convertirse en hábito.
  • Además, está comprobado que, en cierto sentido, todos mentimos frecuentemente: mentiras piadosas, medias verdades, por cortesía, comodidad, exageraciones... Desde luego que debemos fomentar la sinceridad, pero también respetar su intimidad y restar importancia a mentiras menores y sin importancia.
  • Explicarles los inconvenientes de mentir. No nos conformemos con decir «no se miente». Hay que hacerles ver que pueden perjudicar a otros, le hacen a uno sentir mal, la gente deja de confiar en ti... También podemos decirles: «¿Cómo te sentirías si no pudieses confiar en lo que la gente te dice?».
  • Enseñar otras soluciones. Se puede reparar lo que se ha roto y se pueden pedir disculpas. Mostrémosles que mentir no es la única ni la mejor solución.
  • Destacar la honradez. Aprovechemos ejemplos de lo que ven en televisión, de los cuentos para niños o de la vida real. «¿Has visto cómo ese hombre ha devuelto el dinero que se ha encontrado?».
  • Ser comedidos. Si les ponemos demasiadas reglas y les abroncamos por todo lo que hacen, es fácil y hasta lógico que mientan para evitar nuestras regañinas. Busquemos un término medio.
  • Elogiarles por ser sinceros. «¡Qué bien, me gusta que digas la verdad!». «¡Qué chico tan honrado y sincero!». Los adjetivos positivos sí que son convenientes, por la misma razón que los negativos no lo son: animan al niño a comportarse mal.

 

 

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