Crianza

Cómo ayudar a los niños a gestionar sus errores

Tenemos que reconocer los fallos de nuestros hijos con naturalidad, ¿por qué? Principalmente para transmitirles calma cuando se equivoquen para que, en lugar de entrar en pánico, se paren a pensar en las posibles soluciones al problema.

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Fuente: iStock

"¡Está mal, mal, mal!", grita Gonzalo frente a su dibujo recién hecho. "¡Pero si es precioso!", replicamos con convicción. Él señala el tembloroso arcoíris y afirma llorando: "¡Está maaaaaaaal!". Bueno, es cierto, el arcoíris está torcido. Pero... ¿por qué se pone así?

 

Hemos puesto tanto interés en alimentar su autoestima mediante la valoración de lo que hace bien, que igual hemos descuidado lo que no hace tan bien o, incluso, indirectamente hemos alimentado su rechazo hacia lo que le sale mal. ¿Le estamos enseñando a aceptar con naturalidad los fracasos, la imperfección, los errores, lo que queda fuera del aplauso?

Gloria ha roto el jarrón favorito de su madre mientras jugaba con el balón en una habitación en la que estaba prohibida la pelota. Iván ha salido de clase acongojado porque le castigaron por hablar. Ante sus errores y equivocaciones, las cosas que no hacen tan bien o las que hacen rematadamente mal, solemos responder de dos formas:

  1. Decirle que "no pasa nada", que no se preocupe; aunque no le vale porque no coincide con su percepción e interpreta que lo que está mal es su sentimiento y eso es aún peor. Evitando, ignorando o negando los errores, jamás construirá una autoestima sólida.
  2. El otro extremo consiste en penalizar la falta: regañarle o castigarle. Pero actuar así dificulta enormemente el aprendizaje. Si tenemos demasiado miedo a que las cosas nos salgan mal, jamás emprenderemos las acciones que precisamente nos llevan a aprender.

Ambas respuestas son inadecuadas. Ninguna ayuda al niño a interpretarlo como lo que es: una oportunidad. Aceptar que no somos perfectos (ni debemos serlo) y que los errores sirven para aprender es una de las enseñanzas más importantes para la vida.

Todos nos equivocamos

"Para que un niño viva la equivocación como algo normal, lo primero que han de hacer los adultos que conviven con él es reconocer sus errores con naturalidad", afirma la psicóloga Ana Fernández Salas. Parece muy evidente, pero el adulto no suele plantearse reconocer los errores frente a los niños (incluso le cuesta frente a otros adultos). Quizá pensamos que reconocer nuestros fallos debilita nuestra autoridad. Y es cierto que cuando entramos en esa dinámica los niños pueden cuestionarnos más cosas que si jamás reconocemos un error. "Mami, a lo mejor hoy también te has equivocado", le dice Pablo a su madre cuando le pone la fruta en la mochila para el cole. "El otro día me confundí, pero hoy no", responde su madre segura, con cariño: "Hoy sí toca fruta".

"La humildad es un valor", recuerda la psicóloga, "y debemos transmitirles que reconocer un error no nos hace peores. La persona que comete un desliz sigue siendo igual de valiosa", apunta la experta. Por otro lado, debemos transmitirle calma al niño cuando se equivoca para que, en lugar de entrar en pánico, se pare a pensar en las posibles soluciones al problema.

Sentirse mal está bien

Lo que normalmente nos lleva a minimizar o negar las equivocaciones o errores de nuestros hijos es comprobar que lo están pasando mal por lo que han hecho. Le pasó a la madre de Gloria, con el corazón compungido ante su jarrón hecho añicos.

"¿Por qué no queremos que se sienta mal, si sentirse mal en esa situación es natural?", reflexiona Ana Fernández. "Todo lo que hacemos tiene consecuencias y algunas son dolorosas; vivir esas consecuencias nos ayuda a no repetir errores", recuerda. Si entendemos que sentirse mal es parte de la vida, no se asustará cuando le sobrevenga la emoción. Podrá explorarla. Porque hay que permitirle vivirla y para ello la actitud más adecuada es la de la escucha: todos podemos digerir y elaborar mejor nuestras emociones cuando otro las reconoce. "Veo que te sientes mal porque se ha roto el jarrón", podría haber dicho la madre de Gloria. Sin más. La lección quedará aprendida aunque nadie la haga explícita.

El otro extremo, el castigo, tampoco sirve. Si a la rotura del jarrón hubieran seguido gritos y un castigo, Gloria estaría mucho más ocupada en esconderse, defenderse o negar lo ocurrido que en asumir el aprendizaje que la situación conlleva.

Abrir una puerta

El adulto tiene un papel clave para que el malestar o la vergüenza no se apoderen del niño cuando algo sale mal: una cosa es sentirse un poco mal y otra verse completamente desbordado por la emoción. Jaime se enfrascó en un juego en clase y, sin darse cuenta, se hizo pipí encima. La forma en que el adulto aborda esta situación es fundamental para que el niño lo afronte bien. "Jaime, veo que te sientes fatal por lo que ha ocurrido, todos tenemos alguna situación en la que nos hemos sentido en ridículo. ¿Quién no tiene una historia que contar?", podría preguntar su profesora.

Segunda oportunidad

Después de admitir el error, ¿qué hacemos? Si no han de preocuparse por evitar un castigo, los niños son muy creativos buscando soluciones. "Podemos pegarlo", sugiere Gloria ante el jarrón. "Los trozos son demasiado pequeños", responde su madre. "Pues podemos hacer otro", resuelve ella. "¿Y volverás a jugar en esta habitación con el balón?", pregunta la madre. "Nunca", responde la niña con seguridad.

Uno de los principales aprendizajes es que, la mayoría de las veces, la vida nos ofrece una segunda oportunidad. Una frase que no está de más hacer explícita de vez en cuando es la siguiente: "Te quiero aunque te equivoques".

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