Adiós a encasillarles

Cómo educar a tu hijo sin etiquetas

Definir si un niño es bueno o es malo es algo que los adultos hacemos casi tanto como comprar el pan, y no nos planteamos qué criterios utilizamos para hacer esa distinción que para el menor puede tener consecuencias graves en su desarrollo. Por este motivo, son cada vez más las voces que quieren hacernos reflexionar sobre la forma en la que educamos, mayoritariamente, a nuestros hijos, que no siempre es la más adecuada por más que esté muy arraigada a nivel cultural en la población.

Educar sin etiquetas
Educar sin etiquetas (Foto: depositphotos)

Etiquetar, un verbo sin más en su significado literal, conlleva una carga peligrosa cuando se aplica a la paternidad. En realidad, cuando se aplica en su significado alegórico a todo las relaciones sociales. Los seres humanos somos muy de etiquetarnos unos a otros, sin excepción. Y no es este precisamente el hábito del que sentirnos más orgullosos. De hecho, son cada vez más los expertos que alertan de la necesidad de revisar esta costumbre, sobre todo aplicada a la educación de los niños porque no hace otra cosa que limitar su espacio vital, encasillarlos y, en definitiva, cortarles las alas, todo lo contrario de lo que debería ser la labor de los padres en la educación de sus hijos. 

Tumbar cualquier cuestión cultural que está profundamente arraigada en nosotros no es sencillo. Cambiar el chip cuesta mucho. Pero es necesario hacerlo. Así lo creen voces autorizadas como las de Concepción Roger y Alberto Soler, psicólogos y coautores del libro de reciente publicación Niños sin etiquetas: “Tenemos que replantearnos el modo en el que nos comunicamos con los niños, y eso pasa por dejar de asumir como normal el tratarlos mal”. 

Es cierto que las etiquetas pueden ser en clave positiva: inteligente, listo, valiente, responsable, pero abundan las negativas: torpe, miedica, perezoso, comilón, inconsciente, etcétera, etcétera. Todos, el que esté libre de pecado que tire la primera piedra si no es así, lo hacemos a menudo: ya no solo aquellos que sean padres, también tíos, abuelos y hasta educadores, aunque esto ocurre muchísimo menos porque son conscientes precisamente de la importancia de no etiquetar al niño por su carácter, sus resultados o sus habilidades físicas e intelectuales.

¿Por qué? Porque su labor, como la de los padres, es la de acompañarles en su desarrollo sin cerrarles puertas, limitarles su horizonte personal ni coartar su comportamiento, sin poner énfasis en sus defectos, y tampoco especialmente en sus virtudes, que es justo lo que hacen las etiquetas, crear dos mundos desconectados donde solo debería existir un único universo, el de la educación del niño sin prejuicios ni juicios de valor por parte de los adultos que tienen responsabilidad en este proceso. 

Elimina los filtros

Se trata, dicho de una forma muy sintetizada, de no añadir filtros a la mirada infantil y en no anteponer el interés o el punto de vista de los adultos al de los hijos. Un niño, por ejemplo, suele tener miedo a fallar por los mensajes, verbales y no verbales, que recibe de las personas adultas de su máxima confianza. No hay miedo cuando la educación se construye desde valores como la confianza, la empatía, el respeto, la comprensión y la fidelidad inquebrantable, aceptando en todo momento cómo es y qué siente el menor.

Lo explican de manera sensacional Concepción Roger y Alberto Soler en una de las páginas de su libro con una reflexión que merece la pena compartir de forma textual: “Hemos llegado a una situación en la que los niños que se comportan como niños reciben la etiqueta de “malos”, y los que se comportan como pequeños adultos en miniatura, o al menos, se hacen notar menos, nos parecen “buenos”; en definitiva, llamamos “niños malos” a los niños que demandan más de nosotros y “niños buenos” a los que son más fáciles de manejar. Al final, un niño bueno es el que no nos da mucho la lata. Pero, si lo pensamos un poco, ¿tiene sentido decir que los niños son buenos o malos por estos motivos?”.

Tiene muchas aristas esta cuestión de la educación sin etiquetas, como por ejemplo si es controlable o no que en el entorno del menor fuera del hogar esta se produzca y cómo controlar las consecuencias de que no sea así, pero en todo son detalles a tener en cuenta después de haber dado el paso más importante: hacer autocrítica y pensar, primero, si estás educando a tu hijo con etiquetas, y en segundo lugar, si esta estrategia es beneficiosa para su desarrollo. 

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