Crianza

''Debemos reparar los malentendidos diarios con nuestros hijos''

Cuando nos hacemos cargo de la fragilidad y la dependencia intensa de un niño, nos vienen recuerdos sobre todo lo que vivimos a su edad. Es vital que reparemos el daño y que intentemos que tengan la mejor infancia posible porque eso les repercutirá en su vida adulta.

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Fuente: iStock

Siempre que nos hacemos cargo de la fragilidad y la dependencia intensas de un niño, se despiertan aspectos de lo que fuimos de pequeños, lo que vivimos, la forma en que se nos trató, aquello que nos dio seguridad, pero también aquello que nos hizo daño”, señala el doctor en Psicología Carlos Pitillas. Entrevistamos a este experto en vínculos con familiares vulnerables.

¿Qué heridas de la infancia son más difíciles de curar en la edad adulta?

Las heridas más difíciles de resolver probablemente incluyen el abuso sexual, el maltrato físico y el abandono o la negligencia emocional severa. Asimismo, nos importan otras heridas más sutiles pero importantes, que tienen que ver con la inseguridad en las relaciones: experiencias de descuido, hostilidad, críticas muy severas, conflictos de lealtades, etc.

¿Cómo detectar que nuestra infancia infeliz ha hecho mella en cómo nos comportamos como adultos?

En el ámbito de las relaciones padres-hijos (que es el objeto de mi libro El daño que se hereda), puede detectarse la influencia de las heridas no resueltas cuando el padre o la madre sienten que el estrés, la inseguridad o la frustración vividas en la crianza superan significativamente a los sentimientos positivos (tales como la ternura, la satisfacción, etc.). En casos así, existe la posibilidad de que esos sentimientos negativos tan invasivos provoquen en los padres una reactivación de emociones difíciles, que provienen de una historia de inseguridad y dolor.

¿Cómo se pueden curar esas heridas?

A través de la construcción de relaciones adultas definidas por la seguridad, el reconocimiento y el respecto (como antídoto a la inseguridad de las relaciones dolorosas tempranas). También, mediante la reflexión acerca de la propia historia, de la influencia que tiene el pasado sobre la experiencia actual de crianza y de la construcción de un proyecto de crianza diferente al que se ha recibido.

Si tuvimos un padre alcohólico o maltratador, ¿ es más probable que de adultos bebamos o seamos más agresivos o todo lo contrario? ¿Se repiten los patrones?

No está claro que la repetición literal de los daños recibidos sea más probable que otras posibles salidas. Algunos adultos hijos de padres maltratadores desarrollan formas de crianza seguras y protectoras. Otros desarrollan una especie de movimiento pendular, formas de crianza totalmente opuestas (por ejemplo, un exceso de protección). En algunos casos (las estadísticas varían, pero podemos hablar de un tercio aproximadamente) el trauma se reproduce con la misma forma en la siguiente generación.

¿Qué trastornos puede desarrollar un niño maltratado?

La respuesta a esta pregunta no es única o simple. Desde un punto de partida definido por la inseguridad o el dolor puede evolucionarse en muchas direcciones diversas, en función de una cantidad amplia de variables: la edad a la que se experimentó el maltrato, la suma de otros factores de riesgo añadidos, el género, la existencia o inexistencia de otras relaciones protectoras que compensen el efecto del maltrato y el temperamento y la personalidad del niño).

En todo caso, en ausencia de experiencias que enderecen el camino evolutivo de estos niños, cabe predecir que su crecimiento estará influenciado (más o menos) por una experiencia básica de inseguridad, lo cual puede conducir a cuadros marcados por la ansiedad, la depresión, la inseguridad en relaciones subsiguientes, o bien, por la agresividad, la impulsividad y las dificultades para controlar los impulsos, entre otras.

¿Cómo percibe la realidad un niño en un entorno familiar complicado?

Como un escenario donde los cuidados pueden mezclarse con agresiones o descuidos, lo cual puede provocar sentimientos de confusión o impotencia, que el niño tratará de reducir mediante diversas estrategias de apego: volverse demandante, hacerse autosuficiente, renunciar a la exploración y la separación o volverse complaciente y sumiso.

¿Qué conductas debemos evitar como padres a la hora de educar a nuestros hijos?

Esta pregunta puede conducir a una respuesta trampa, ya que no se trata tanto de evitar unas conductas específicas y de entrenar otras, sino que es más bien una cuestión de sensibilidad y de actitud. Una madre suficientemente buena es una madre capaz de tener en mente a su niño, mantener activa su curiosidad acerca de lo que su niño necesita en momentos diferentes de su desarrollo, reparar los malentendidos que se producen cientos de veces en el curso de un día y mantener, en la medida de lo posible, sus miedos antiguos separados de su relación actual con su niño. Esto puede concretarse en conductas muy diversas en función del estilo de cada padre o madre, de la cultura, o del estilo del niño, entre otros factores

¿Qué debemos potenciar en la relación con nuestros hijos?

La disponibilidad, curiosidad, flexibilidad, apertura a los cambios y una separación razonable entre el dolor vivido y la relación actual.

¿Qué importancia tiene la familia para desarrollar la autoestima del niño?

Las experiencias en la familia son la primera fuente de información que el niño recibe acerca de quién es y de cómo es visto y sentido por los demás. Por ello, la incidencia de los primeros vínculos sobre la autoestima, aunque no es definitiva, es muy relevante y constituye una importante base sobre la que se apoyan los aprendizajes posteriores.

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