Entrevista

Maribel Martínez: Los niños que no conocen el “no”, no tienen tolerancia a la frustración

Hablamos con Maribel Martínez, psicóloga infantil experta en terapia breve que acaba de lanzar un libro en el que ofrece pautas sencillas y eficaces para conseguir que los niños escuchen y respeten de manera positiva y sin gritos.

Además de madre, experiencia que según ella le ha dado el mayor aprendizaje de su vida, Maribel Martínez es psicóloga experta en Terapia breve estratégica, un tipo de terapia de la que es pionera en España y que ofrece herramientas para resolver problemas en el menor tiempo posible. Además, ha ejercido como docente en diversas instituciones educativas y se ha especializado en la terapia con niños. Ahora acaba de publicar, junto a la editorial Arpa, el libro ‘¿Cuántas veces te lo tengo que decir?’, que ofrece pautas a las familias para conseguir que los niños escuchen y respeten a los adultos sin necesidad de dar gritos o de enfadarse. Este tema nos ha causado tanta curiosidad que hemos decidido charlar con ella para que nos explique más a fondo de qué trata y para que nos dé algunos tips rápidos que puedan ayudarnos a todos en casa.

Eres psicóloga especialista en terapia breve, ¿en qué consiste este tipo de terapia?

Se trata de una terapia orientada a la solución y se puede aplicar a problemas individuales (ansiedad, fobias, depresión, etc.) de pareja (comunicación, sexualidad, discusiones, celos, etc.) o de familia (convivencia, peleas, etc.). En el caso de los niños, no tratamos directamente al menor, sino que se hace una terapia indirecta con los padres. Es decir, les damos pautas y herramientas para que ayuden a su hijo. De esta manera, se soluciona antes, porque el niño no ha de establecer confianza con el terapeuta, en general no hace falta, ya que tenemos la toda la información que necesitamos a través de los padres que conocen al niño mejor que nadie. Y, por otro lado, conseguimos mejorar el vínculo, porque el niño experimenta que cuando tiene un problema sus padres saben cómo resolverlo.

Cuando un niño se da cuenta de que si llora consigue lo que quiere, ¿sigue llorando de manera consciente o es un simple reflejo?

Los niños desde que nacen aprenden a comunicarse mediante el llanto. Llorar es exteriorizar un malestar o una necesidad y los padres se especializan en descifrar su significado y actuar en consecuencia. Es decir, dándole al niño lo que necesita. A medida que crece, ese aprendizaje se puede volver en contra del niño, ya que, si siempre que llora, consigue lo que desea, puede establecerse la asociación automática de que al llorar obtiene algo. A veces los padres se olvidan de priorizar objetivos importantes en la educación del hijo como enseñarle a tolerar la frustración, a tener paciencia, a no ser exigente, etc. y tienden a ser permisivos para que el niño no lo pase mal en ese momento, sin valorar que a medio o largo plazo, la falta de esos valores, le hará sufrir mucho en el futuro. Por eso, los padres, progresivamente, hemos de poner límites y enseñarles a tolerar la frustración.

¿Cómo poner en práctica los consejos para gestionar las rabietas?

¿Qué es una rabieta? Podíamos definirla como la manera inmadura de expresar la rabia y el enfado a través del cuerpo, los gritos y el llanto. Por lo tanto, podríamos decir que nuestro objetivo como padres es que el niño aprenda a gestionar la ira y tolerar la frustración. Pero la grandilocuencia de las rabietas suele hacer que los padres se desvíen de este objetivo y lo cambien por el de que cese ese comportamiento, que deje de chillar, patalear y llorar. Para ello, intentan calmarlo explicándole los motivos por los cuales le han dicho que no. Pero, el niño no se conforma, no atiende a razones y se enfada más porque se siente incomprendido. La rabieta aumenta. Si los padres sucumben, y el “no” se convierte en “sí”, sin darse cuenta reforzarán este comportamiento. Por lo tanto, ya sabemos lo que no funciona: Las explicaciones para intentar convencerlo, ni darle lo que habíamos dicho que no le daríamos.

¿Qué es lo que sí que funciona?

Pues tal y como explico en el libro extensamente, hay muchas pautas que funcionan excelentemente:

  • Evitar comenzar las frases con el “no”. (“Me gustaría pero no puede ser”, “Pinta en este papel, en el libro no”)
  • Avisar 5 minutos antes. Prever que el juego acabará en breve les ayuda mucho.
  • Permitirles que lloren, que vean que podemos sostener su llanto. (“Entiendo que estás enfadado, que esto de ir de compras es muy aburrido, mira mientras tú lloras yo sigo comprando, cuando acabes vienes, estaré aquí delante en la frutería”. – Y nos alejamos tranquilamente observándole desde una cierta distancia-).
  • Sugerirles que lloren: “Ya puedes empezar a llorar porque tienes que ir a la ducha”. Si lo hace nos estará obedeciendo y se sentirá comprendido, si no lo hace, porque entonces no es espontáneo, se duchará tranquilamente.
  • Ofrecer alternativas aceptables (¿Quieres ponerte este pantalón o este?).
  • Hacer divertido lo aburrido (que recoger los juguetes sea otro juego).
  • Aprendizaje progresivo de la frustración (graduar: el tiempo –no ha de ser ya, que sea dentro de 5 minutos-, el modo –puede tocar la nieve con guantes-, la cantidad –puede comer una magdalena no 6-, el lugar –puede orinar aunque no en cualquier lado-).

¿Cuál es, a tu juicio, la mejor arma para que los pequeños nos respeten y nos escuchen sin gritos ni enfados?

Para que nuestros hijos nos respeten hemos de ser respetables, es decir, dignos de respeto. Eso no significa en absoluto, algo parecido a ser autoritarios o a gritar y enfadarse. Alguien respetable es alguien que se ha ganado ese respeto, por su actitud, por su coherencia entre lo que hace y dice. Como padres hemos de aprender a hablar con esa actitud y a poner límites. Hemos de dejar claro lo que pueden o no hacer, la manera en la que pueden o no hablar, etc. Si un hijo de 6 años le dice a su madre: “no quiero verdura, eres tonta” y ésta le deja pasar el insulto comprendiendo que su hijo está enfadado, el niño entenderá que puede insultarla y no pasa nada. La actitud de respeto significa acercarse al niño a un metro de distancia, ponerse a la altura de sus ojos y decirle seriamente pero sin levantar la voz: “Soy tu madre, no me vuelvas a hablar así nunca” o “Háblame bien que soy tu madre”. Es decir, marcar claramente cuáles son las líneas rojas del respeto. Esto es aplicable no solo a los insultos, si no a otros aspectos comunicativos como un gesto, un tono, un grito, etc.

Otras pautas que explico en el libro son: Evitar la escalada comunicativa, ser coherentes, que los padres sean un equipo que va en la misma dirección, etc.

¿Podrías exponer algunos pequeños tips para conseguir que los niños obedezcan?

  • Alternativa razonable: ¿Quieres ducharte ahora o en 10 minutos? (cualquiera de las opciones es buena, y el niño siente que escoge y accederá sin tanta oposición porque le hemos tenido en cuenta).
  • Evitar decir 20 veces las mismas cosas: Si queremos que hagan las cosas a la primera, no debe haber una segunda. En lugar de volver a repetir “Pon la mesa” hay que ir a buscarlo donde esté, cogerlo de la mano, con cariño, sin mediar palabra y decirle que nos acompañe, le dejamos delante del cajón de los cubiertos y ya no hay escapatoria, ya ha hecho lo más difícil: dejar de hacer lo que estaba haciendo y comenzar.
  • Coherencia: Si un día han de recoger los juguetes y otro no, potenciamos la “ley del mínimo esfuerzo”. Si algo es previsible, no se cuestiona, se cuenta con ello automáticamente.
  • Coordinación de los padres: Los padres han de consensuar lo que le dicen a los hijos. Si no, la convivencia es infinitamente más difícil, no sólo con los hijos si no con la propia pareja.
  • No perder los objetivos de vista: Si queremos educarlos en la cooperación de la familia, les daremos pequeñas responsabilidades, como que nos ayuden a tender la ropa. Pero, si ven que muchos días lo hacemos sin ellos, porque así vamos más rápido, sustituiremos el objetivo inicial por el de que esa tarea esté rápidamente hecha.
  • Evitar una orden en negativo: Decir “No corras por la salita de espera del médico”, no es muy eficaz porque le decimos lo que no queremos. Es algo que hacemos muy habitualmente. Tenemos que aprender a comunicarnos mejor. Es más efectivo: “Siéntate” o mejor aún “Siéntate en esta silla” (porque si no podría sentarse encima de una mesa).

¿Cuáles son las consecuencias de una educación demasiado autoritaria?

  • Una educación autoritaria donde no hay posibilidad de réplica, donde hay muchas prohibiciones y disciplina tiene consecuencias como:
  • Niños que viven con miedo al castigo.
  • Niños con un concepto rígido de lo bueno y lo malo.
  • Niños que mienten y esconden lo que no aceptable para evitar el castigo.
  • Niños que no tienen confianza con sus padres.
  • Niños que no creen en el diálogo, ni la argumentación.

¿Y de una muy permisiva?

  • Niños que no conocen un “no” como respuesta, porque se les ha permitido prácticamente todo, por lo tanto, no tienen ninguna tolerancia a la frustración.
  • Niños que creen tener derecho a todo, se convierten en déspotas, pequeños tiranos, con mal comportamiento ante las figuras de autoridad (padres, profesores, adultos en general, etc.) e incluso con sus iguales ya que creen que siempre mandan ellos.
  • Niños irascibles que se enfadan rápidamente, y que a medida que crecen si se encuentran con algún límite, no lo pueden aceptar.
  • Niños que no se responsabilizan, están acostumbrados a que otros hagan lo que ellos no quieren hacer.
  • Niños con trastornos alimentarios, ya que crecen comiendo nada más lo que les gusta.

A la hora de proteger al niño, ¿cómo diferenciar la autoprotección de lo correcto?

La sobreprotección también tiene graves consecuencias, ya que los niños reciben un exceso de ayuda que les hace entender que ellos no son capaces de hacer las cosas autónomamente. Lo cual va en contra de su autoestima. No adquieren responsabilidades porque siempre le acaban substituyendo o ayudando (por ejemplo con los deberes del cole). Son niños con un gran sentimiento de incapacidad y dependencia por lo que desarrollan muchos miedos.

Por lo que hemos de estar atentos a la manera en la que protegemos a nuestros hijos. Hay que tener siempre presente que queremos educarles en los valores, el amor y su autonomía personal, por lo que es esencial potenciar esta última para no sobreproteger.

Hay que ayudar inicialmente para ir retirando la ayuda progresivamente y pasar a observar sin intervenir, es decir, ver cómo evolucionan, cómo se las apañan cada vez mejor haciendo las cosas solos. Tenemos que confiar en nuestros hijos. Y, por supuesto luego, reforzar positivamente su esfuerzo con nuestra felicitación.

En el libro también hablas de las pantallas, ¿están dificultando la educación en casa?

Las pantallas están dificultando la convivencia en general. Están excesivamente presentes (tv, ordenador, consolas, tablets, móviles, etc.), pero no solo para los niños, si no para los adultos que somos los primeros que no las gestionamos bien. Por lo tanto, deberíamos ser coherentes y ponernos a nosotros mismos unas normas de utilización, con horarios concretos cuando estamos en familia.

Las pantallas no han de ser el enemigo, pueden ser un gran aliado, un buen recurso, pero hay que utilizarlas bien. Por ejemplo haciendo y firmando un “contrato de utilización del móvil” donde se especifica todo (horarios, cuando, donde, de qué manera se utiliza, privacidad, responsabilidad, control parental, etc.).

¿Cómo de importantes son las rutinas para los niños?

Desde que nacen los niños se sienten más seguros cuando las cosas son previsibles, cuando hay unos horarios más o menos estables y unas actividades rutinarias.

A medida que van creciendo esas rutinas se convierten en hábitos de vida que automatizan (por ejemplo: quitarse el pijama, vestirse, desayunar, lavarse los dientes, peinarse e ir al colegio) y que no sólo facilitan la convivencia del día a día, si no que les ayuda a aumentar su autoestima sintiéndose más capaces y autónomos.

Si los niños saben que tienen una serie de tareas diarias a realizar, tanto personales (higiene, deberes, recoger sus cosas, etc.) como familiares (poner la mesa, ayudar a doblar la ropa, etc.), crecerán siendo más responsables y con el valor de la cooperación en familia como algo estructural en sus vidas.

¿Algún consejo para establecerlas correctamente en casa?

Toda familia debería especificar por escrito (o con dibujos si son pequeños) una serie de normas para cada uno de los hijos a partir de los 3 años, que se han de actualizar anualmente hasta el momento de la emancipación.

Las normas las deberían consensuar ambos progenitores (si conviven juntos), deben ser muy concretas y estar formuladas en positivo (en lugar de “No dejes la mochila en el sofá”, “Deja la mochila en la silla de tu habitación”). Cada hijo en función de la edad deberá tener las suyas.

La norma básica y universal es “respetar a los padres” a partir de ahí cada familia deberá establecer el resto acorde a sus propios valores. En las normas se puede concretar: tareas a realizar en la casa, horarios de ir a dormir, uso de las pantallas, horarios para hacer deberes, hábitos que deben consolidarse (lavarse los dientes, ducharse, etc.).

Las normas para que sean realmente funcionales deben tener unas consecuencias positivas (si el niño las cumple) como ver la tv, tiempo de calidad extra con los padres, 10 minutos más en el parque, etc. o negativas (si no las cumple) es decir, dejar de tener sus “privilegios” como tv, pantallas, etc. Estas consecuencias deben ser aplicadas de forma inmediata, proporcional y adecuada. Tal y como especifico en el capítulo 3 del libro junto a ejemplos concretos de normas para cada edad.

Para finalizar, ¿qué futuro le espera a la educación que se aprende en casa?

Yo confío plenamente en esta generación actual de padres, mejor preparados, más críticos y con más criterio que nunca. Creo que el exceso de permisividad y protección que hemos visto en los últimos años, ya se cuestiona abiertamente. Porque se han visto las graves consecuencias que tiene para los niños.

Además ahora los padres cuentan con las herramientas y pautas concretas para conseguir ser coherentes con su concepto de educar a sus hijos en los valores y el amor, con inteligencia emocional y hacia la autonomía personal.

Marta Moreno

Marta Moreno

Como dijo Nelson Mandela “la educación es el arma más poderosa que existe para salvar el mundo”. ¿Qué tal si educamos desde el respeto, el amor y en familia?

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