Educación y niños

Por qué necesitamos una niñez más filosófica

¿Qué pasa si la niña y el niño filosofan? ¿En qué ayudará a los niños? Mediante la filosofía conseguiremos niños más críticos, dialogantes y creativos.

niñas campo

Educar es observar, animar con la mirada a la autonomía del niño y la niña, tener la disposición para prestar ayuda solo cuando sea preciso. Educar es compartir la risa que produce el error cuando se percibe como una aventura de aprendizaje. Educar es apartarse a tiempo, para dejar vacío el espacio en el que habitan la curiosidad y la indagación. Amar debe incluir la libertad del otro, no solamente su protección.

Para todo eso puede ser útil la filosofía, como saber inquieto, comprometido con la verdad, de construcción social. El niño y la niña que filosofan, sobre todo si lo hacen con otros niños y un conductor del diálogo eficaz, adquieren una higiene mental que prevé desconfiar de las respuestas binarias simples o poco argumentadas. Los prejuicios y estereotipos no pueden atravesar incólumes los criterios de validez lógica y certidumbre; se deshacen como azucarillos en el agua caliente. Así, desarmando las falacias, se aprende a pensar por uno mismo y se adquiere la lucidez que esto conlleva.

La niña y el niño que filosofan, por el hecho de desconfiar de las apariencias, adquieren esa humildad que siente quien se sabe solo huésped en la casa de la verdad, de paso. Saber pensar por uno mismo supone tener en consideración que los demás también lo pueden hacer, y aportar matices a tu reflexión que la enriquezcan o, porque no, la invaliden. Y no ocurre nada, porque no debemos aferrarnos a nuestras opiniones, sobre todo cuando los hechos las contradicen o los argumentos de los demás son claramente más robustos que los nuestros. El niño y la niña que filosofan suelen preocuparse por los detalles y avanzar del todo a las partes y de las partes al todo. Eso les vuelve perspicaces, observadores, atentos a los detalles. Acaban descubriendo, en fin, que tenemos dos orejas para escuchar con atención y una sola boca, para usarla con prudencia. Y si comete un error, acaba autocorrigiéndose, en un proceso de depuración de lo correcto que ya querríamos tener algunos adultos, si nos dejara nuestra vanidad intelectual. Y tampoco pasa nada porque de todo se aprende.

En el ejercicio del pensamiento crítico para resolver problemas, para afrontar retos, la filosofía promueve también el pensamiento creativo que pretende dar nuevos usos a las viejas soluciones. Como decía Maslow en la cita que encabeza este artículo, si sólo tienes un martillo… pero si tu pensamiento te permite utilizar el martillo de otra forma, más creativa, puedes demoler lo antiguo, para construir lo nuevo. Hablar con otras personas abre tu mundo a muchas posibilidades y te permite engarzar puntos de vista diversos al tronco de tu propio punto de vista. Y un árbol con muchas ramas, ya sabemos que da una sombra más acogedora.

La niña y el niño que filosofan, se arriesgan a presentar sus opiniones, entienden que estas, si pasan por un proceso de juicio y veredicto, se van a ver fortalecidas. Por eso la filosofía para niños y su corolario, el diálogo filosófico -socrático- , permiten aumentar la participación y el respeto que van a ser necesarios en su condición de ciudadanos y ciudadanas de una democracia que, progresivamente, va a tener que enfrentar retos nuevos y más complejos. Desde el medioambiente hasta la pobreza o la desigualdad, van a requerir tanto de una buena disección de las causas que los provocan, como de soluciones creativas para resolverlos, como de determinación para actuar en lo local a fin de lograr un cambio global. La filosofía no debe ser la iluminación de unos cuantos elegidos, sino el derecho de todos a construir el bien común y el compromiso aparejado de llevarlo a cabo. El diálogo filosófico nunca requirió de discusión y controversia; más bien de consenso o, en cualquier caso, de respeto.

Y todo ello conlleva la alegría que provoca la comprensión, la íntima satisfacción que provoca hacernos nuestro lo que hemos construido entre todos, comprender por fin que no estamos obligados a ser perfectos, que la verdad se construye en la confluencia de los puntos de vista diversos y que no hace falta correr para poder llegar a algún sitio.

Seguramente algunos esperarán que la filosofía dé esa ansiada felicidad que venden los anuncios televisivos, esa que está al alcance de todos y se va alejando a medida que uno se aproxima. Me temo que no podrá ser. La felicidad, así considerada, como producto imperecedero y perenne, que se asocia al tener más que al ser, no proviene de la lucidez ni de la creatividad, ni de la convivencia, sino de la manipulación. Creo firmemente que la filosofía, si se practica adecuadamente, como actividad crítica, creativa y de convivencia, puede permitir a los niños y las niñas crecer más libres. Y eso es algo que padres y maestros debemos desear con todas nuestras fuerzas para educarlos y amarlos.

el niño fiilósofo

Jordi Nomen Recio es profesor de Filosofía y Ciencias Sociales y jefe del departamento de Humanidades de la escuela Sadako de Barcelona, reconocida como uno de los centros educativos más influyentes e innovadores de España.

Es licenciado en Historia Contemporánea por la Universidad de Barcelona y tiene un posgrado de Ciudadanía Activa en la misma universidad y un máster en Filosofía por la Universidad de Gerona. Ha sido galardonado con los premios EDU21 en 2009 y Arnau de Vilanova en 2011.

Es, además, autor del libro El niño filósofo de Arpa Editores.

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