La explicación

¿Por qué los niños con miedo no tienen tantas rabietas?

Existe una relación directa, según el neuropsicólogo Álvaro Bilbao, entre la inseguridad y estas tormentas emocionales que aparecen alrededor de los dos años.

Hacia los dos años de edad. aproximadamente, las rabietas hacen acto de presencia en todos los niños y niñas. Has oído bien, se dan en todos ellos; lo que ocurre es que no hay dos casos iguales. Dependiendo de su personalidad, su temperamento y como las abordemos los mayores para acompañarlos y ayudarles, estas se producen más o menos a menudo y con una intensidad y otra. 

Ya sabrás, y si no te lo recordamos, que las rabietas son una reacción física que tiene un origen emocional. Desconciertan mucho a los adultos que les rodean porque no siempre tienen un punto de arranque claro, pero casi siempre están relacionadas con la tolerancia y la gestión de la frustración. Cuestiones como el sueño, por ejemplo, también tienen su impacto en ellas. 

En cualquier caso, no es el objetivo de estas líneas profundizar en las rabietas y en por qué se producen. Eso ya lo hemos hecho en ocasiones anteriores. Esta vez, pretendemos abordar una cuestión muy concreta relacionada con estas tormentas emocionales propias de la niñez de la que alertó recientemente en un post divulgativo en redes sociales el neuropsicólogo Álvaro Bilbao: por qué los niños tristes tienen menos rabietas. 

Dice Bilbao que “Cuando un niño está asustado, la amígdala cerebral activa un sistema que inhibe todas las respuestas que no sean imprescindibles para su supervivencia”. Esto explica, según el especialista, por qué un niño en un contexto de miedo e inseguridad no suele padecer rabietas. “Cuando está contigo se siente lo suficientemente seguro como para expresar todas sus emociones (aunque pueden resultar incómodos o enfadarte)”, añade el neuropsicólogo. Es decir, las rabietas suelen producirse más a menudo en entornos de seguridad y confianza; de ahí, por ejemplo, que se desencadenan más en el ámbito del hogar y con los padres. 

La respuesta está en la amígdala cerebral

Esto que expone Álvaro Bilbao tiene evidencias científicas. Por ejemplo, ya hace más de una década que un grupo de investigadores de la universidad de Iowa (Estados Unidos), demostró que la amígdala nos ayuda a seguir vivos al evitar situaciones, personas u objetos que ponen en peligro nuestra vida. Este estudio publicado en la revista Current Biology profundiza en la diferencia entre tener amígdala y no tenerla con respecto a las situaciones que ponen en riesgo nuestra supervivencia. “La amígdala revisa constantemente toda la información que llega al cerebro a través de los distintos sentidos con el fin de detectar rápidamente cualquier cosa que pueda influir en nuestra supervivencia”, explicaban entonces sus responsables. “Una vez que detecta el peligro, la amígdala orquesta una respuesta rápida de todo el cuerpo que nos empuja a alejarnos de la amenaza, lo cual aumenta nuestras posibilidades de supervivencia”, añadían. 

Es en esta respuesta para la supervivencia donde quedan inhibidas, según neuropsicólogos como Álvaro Bilbao, aquellas que no ayudan a conseguir este objetivo, y las rabietas forman parte de este grupo. Este es uno de los motivos que mayor relación tiene con el hecho de que se produzcan menos rabietas en los niños y niñas pequeños en contextos de miedo e inseguridad. 

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