Niños de 5-6 años

¿Por qué son desordenados? Así puedes cambiar sus hábitos

Cuando nuestros hijos cumplen los cinco años las madres nos preguntamos por qué parecen felices en medio del desorden. Las opciones son claras: les gusta vivir en el caos más absoluto o simplemente les aburre recoger sus cosas.

¿Por qué son desordenados? Así puedes cambiar sus hábitos

Los expertos tienen una respuesta difícil de rebatir: los niños simplemente no colocan sus cosas porque es aburrido. No les gusta recoger porque significa que ha llegado el final del juego y toca el rollo de ordenar. Seguramente por lo mismo por lo que no quieren salir de la piscina, están deseosos de abandonar el cole...

Hacen lo que les gusta

  • Cuando son más pequeños, aún podemos engañarlos y hacer del recoger un juego más. Pero cumplidos los cinco años, no tragan. Si algo no les gusta, simplemente... no lo hacen.
  • En general es más fácil ser desordenados que ordenados, tanto para los niños como para los adultos, y la única manera de que una persona sea organizada es creando el hábito desde pequeño.
  • El ser humano empieza la vida siendo desordenado. La etapa más crítica son los dos años y medio. A esa edad les da un gran placer alterar los objetos. Para ellos es muy interesante ver las cosas donde no deben estar, les ayuda a comprender el mundo en el que viven. El orden se lo imponemos los adultos, que sabemos que es mejor que cada cosa esté en su sitio para ahorrar espacio y vivir organizadamente.
  • Pero a un niño, que las cosas estén desordenadas u ordenadas le da igual. Además, al desafiar las reglas aprende qué cosas son importantes y cuáles no, y en la escala de desafíos, el desorden es algo más a investigar, para ver qué pasa y cuáles son las consecuencias de sus acciones.

Cómo educarles en el orden

Conviene ser, a dosis equilibradas, convincentes y rígidos al pedir orden. No es algo dramático, es algo necesario. Hay que ordenar porque toca ordenar. De igual manera que toca irse a dormir, cenar o ducharse. Y, ante una negativa (o dos, o tres, o cuatro...), no hay que rendirse.

Ordenar es una tarea poco gratificante salvo para el adulto ordenado. A nosotros nos gusta ver y encontrar nuestras cosas, pero los niños aún no conocen esa sensación. Y enseñarles a ser ordenados es una manera de instaurar un hábito saludable. Los padres que claudican y recogen ellos, están eliminando esa formación de orden, sistema y disciplina. Sus hijos serán niños consentidos, que no se esfuerzan porque no están habituados.

Hay otra modalidad de claudicación: la sacrificada. Es esa en la que los padres «inutilizan» a los hijos realizando ellos sus tareas al mismo tiempo que se quejan de tener que hacerlo. Pero si no se anima a los niños a que se pongan manos a la obra, jamás aprenderán y el círculo vicioso, «anda deja, mejor lo hago yo», se puede eternizar.

Algunos padres se quejan de que en el colegio sus hijos recogen sin problemas, pero en casa se resisten todo lo posible. Y eso sucede porque los profesores crean una disciplina general (todos recogen), y quedarse fuera de la actividad común no es interesante.

Para avanzar, simplifícales el camino

La mejor manera de animarles a aprender a ordenar, es ponerles las cosas fáciles.

  • Proponle un intercambio. Recoger bien y rápido y luego hacer algo que le guste, como salir a tomar un helado o jugar a su juego favorito.
  • Explícale por qué le pides que recoja. Porque no quieres que se tropiece por la mañana con sus juguetes tirados por el suelo, porque así podrá encontrar sus construcciones en cuanto las necesite, porque la habitación está más bonita ordenada (a ver si cuela...) y porque papá y mamá también ordenan lo que desordenan.
  • Coloca las perchas a su altura. Para que pueda colgar solo su chandal o su abrigo. Doblar o guardar en el armario aún les viene grande. •
  • Organiza los juguetes en cajones. Así, solo tendrá que depositarlos allí. También conviene echarle una mano, lo que no quiere decir hacer el trabajo por él.

Deben responsabilizarse de su desorden

A partir de los cinco años, no todo está perdido. Más bien, todo esto está empezando. Están en la edad de aprender a responsabilizarse de su propio desorden, para poder convivir civilizadamente con otras personas más adelante. Esta tarea exige paciencia y persistencia por parte de los padres. También sentido común, para no pedir a los niños cosas imposibles o innecesarias.

Con seis años están empezando a saber qué es la responsabilidad. Hay que ser estrictos pero sin pasarse. A los siete años son más autónomos, y ya deberán ordenar solos. Algo que supondrá cierto descanso físico para los padres, aunque no siempre de las cuerdas vocales. Y es que obedecer a la primera es igual de rollo que ordenar la habitación.

Lo que NO hay que hacer

  • Ser inconstantes en nuestras órdenes. Proponerle que recoja hoy y mañana hacerlo nosotros le hace creer que esto no es algo de todos los días, como cenar, lavarse los dientes o irse a la cama. Pero lo es.
  • Premiar su esfuerzo con regalos. Es buena idea al principio, pero conviene ir cortándolo. De lo contrario, sólo hará cosas que le fastidian a cambio de remuneración, Y el premio, al ser tan frecuente, perderá valor.
  • Compararle con otros niños. Intentar crear competitividad en el pequeño puede producir dos efectos adversos: que odie al niño que hace bien las cosas y que se sienta un fracasado. Aunque si sale bien el invento y el niño compite por recoger mejor, seguramente extenderá esa exigencia al resto de su vida. Y es agotador ser un eterno competidor. Es mejor la propuesta: "entre nosotros dos, a ver quién recoge antes los coches". En ese caso hay una competición localizada, particular y estimulante. No una abstracta y frustrante.
  • Chantajear. Los padres lamentosos y sacrificados («¡cuánto me haces trabajar!»), no suelen conseguir la empatía que buscan en sus hijos. Más bien les provocan sentimientos de culpa.


Asesora: Marta Giménez Dasí, psicóloga.

 

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