Educación

¿Qué le falta y qué le sobra al sistema educativo español?

¿Echas de menos el uso de las nuevas tecnologías y de Internet en el cole de tus hijos? ¿Sabes cómo ayudarles contra el fracaso escolar? ¿Y cómo motivarles con sus estudios? Sonia Díez, autora del libro EducAcción comparte en SerPadres las respuestas a todas estas preguntas.

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¿Qué le falta y qué le sobra al sistema educativo español?

Le sobra miedo, le sobra parálisis y rigidez normativa que se traslada a una rigidez también en los formatos educativos, en la configuración de los centros, de los horarios lectivos, de la manera de evaluar… de todo. Y le sobran condicionantes por parte de cada sector educativo que bloquea cualquier iniciativa que teme que pueda alterar su statu quo. Y le falta poner a los niños en el centro no como sujetos pasivos sino como protagonistas clave del sistema, en torno a los cuales hay que definirlo a partir de una pregunta muy sencilla que hace mucho tiempo que no nos formulamos: ¿Para qué educamos a nuestros niños? Porque si la respuesta es que les educamos para ser más dueños de su vida cuando sean adultos, allá por el año 2035 (en el más inmediato de los casos) francamente cada día que seguimos con el mismo modelo educativo estamos más lejos de conseguirlo.

¿Cuál es la causa de que Internet aún no esté en los colegios? ¿Meramente económica? 

Creo que es evidente que no. Los números cantan. La mitad de los niños de entre cinco y diez años tiene su propio dispositivo digital, una tablet o similares. Entre los diez y los doce años el porcentaje de propiedad de un teléfono móvil pasa del 16% al 75%, el 90% a los catorce. Así que por el lado del hardware los chicos ya tienen acceso, la conectividad dentro de un recinto no es en absoluto costosa y la web está llena de recursos que salvando las exigencias que tenga cada centro según su normativa, van desde los completamente gratuitos y de código abierto hasta los más privados, que no por eso deberían ser un obstáculo para llegar a acuerdos de ámbito nacional o autonómico. La ciberseguridad ha avanzado también enormemente en estos años, así que la pregunta debiera ser a la inversa, ¿por qué los colegios no están en internet? Y la respuesta es múltiple pero tiene que ver con el punto anterior: la rigidez normativa deja sólo un 10% de espacio creativo al centro o al maestro para probar nuevos formatos de enseñanza. El peligro no es que no esté internet (con lo que tiene de anacrónico una frase como ésta en las puertas de 2020) sino que la mentalidad que acompaña a la realidad digital también está proscrita de puertas adentro de la escuela, lo que lleva al alumno a vivir “una doble vida”. ¿Cuál es la real?

¿Por qué lo virtual apenas se ha colado en las aulas?

La barrera para la entrada en entornos virtuales de aprendizaje de nuevo es el miedo a perder el control. En los entornos virtuales la palabra clave es colaboración, interactividad, intercambio… En las clases seguimos con un formato de transmisión unidireccional del conocimiento. Uno habla y los demás escuchan. Después todos tratan de repetir lo escuchado y el que hablaba se convierte en único juez. Algo así no tiene cabida en un entorno virtual, es decir, de inmersión en otro plano de realidad mucho más rico en estímulos y, por tanto, más abierto a interpretaciones.

 

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¿Existe una receta del éxito para mejorar la educación de nuestros hijos? 

No hay una receta para el éxito pero sí hay claves que nos dejan pensar lo que puede ayudarles a conseguir la vida que desean y lo que se lo impedirá. El aprendizaje es o debe ser una experiencia vital. Todos hemos vivido la sensación de no saber para qué aprendimos lo que aprendimos, salvo para pasar un examen. Lo que se vive como experiencia no sólo deja conocimiento, también deja huella en muchos otros aspectos de la personalidad que son tan o más importantes para que ese alumno sienta que su vida es exitosa; algo que deberíamos empezar a plantear como una elección personal, sin tratar de reducir el éxito a parámetros estandarizados. En relación con el éxito, yo creo que les preparamos demasiado para que crean que tendrán éxito al terminar su vida escolar, lo que en sí es ya un fracaso y un motivo de frustración, como sabemos. Apreciar los errores y el aprendizaje que se deriva de ellos es mucho mejor método para que esos chicos sean adultos autosuficientes y satisfechos de la vida que han elegido.

¿Cómo podríamos frenar la elevada tasa de fracaso y abandono escolar?

Un día le pregunté a Toni Nadal cómo era posible que unos chicos que se dedican todo el día a golpear una pelota con una raqueta (perdóname, Toni, estoy simplificando a propósito) se levantaran con tanta ilusión por ir a clase cada día, incluso a sabiendas que solo uno entre un millón llegará a poder vivir como profesional del tenis. Me lo preguntaba porque si hay algo que tiene el período escolar es un montón de novedades que descubrir cada día. Sin embargo, hemos rebajado el aprendizaje al simple estudio funcional para salvar una prueba detrás de otra, y nos hemos olvidado de transmitir el goce de aprender, de explorar, de sorprenderse. No se trata de convertir la escuela en un circo, pero desde luego lo que no tiene justificación es que hayamos conseguido que tantas cosas nuevas se hayan reducido a una rutina. Nadie abandona lo que le gusta, lo que le estimula, o lo que tiene sentido en su vida. El abandono es el reconocimiento de que no cumplimos con ninguno de esos tres requisitos, principalmente porque el alumno no se siente partícipe de su propio currículo. Lo vemos en las empresas, cómo se esfuerzan en que sus empleados tomen parte activa en su desarrollo, y sin embargo, les negamos a los niños la misma oportunidad.

¿Cómo podríamos motivar al alumnado en su educación escolar?

Integrándolos cada uno dentro de su nivel en el desarrollo de su propio currículo. Los niños no son tontos, son niños y hay que acompañarles pero si solo les dictamos para que repitan lo que les decimos que ya está probado, ¿qué tipo de aventura les estamos invitando a realizar? Ninguna. Un amigo mío suele decir que la gente disfruta más cuando le dices 2+2 que cuando le dices 4, y eso tiene su raíz en cómo funciona nuestro cerebro, que se activa más cuando tiene que resolver algo que cuando se le da todo hecho.

 

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En su libro, habla de acciones para el cambio que la enseñanza necesita. ¿Cuáles son?

El índice creo que lo refleja bastante claramente:

  1. ProvocACCIÓN

Elevar la voz ante los responsables políticos

  1. ReactivACCIÓN

Recuperar el debate educativo y preguntarnos para qué educamos

  1. AdecuACCIÓN

Cambiar las normas y promover el emprendimiento educativo

  1. CapacitACCIÓN

Preparar a nuestros jóvenes para actuar en el mundo que vivirán en la realidad

  1. HumanizACCIÓN

Propiciar el gozo y disfrute de la experiencia de aprender

  1. ColaborACCIÓN

Ayudar a los padres y madres a entender su papel en la educación y colaborar con ellos

  1. ProfesionalizACCIÓN

Garantizar que todos los niños tengan acceso a buenos maestros

  1. EvaluACCIÓN

Posibilitar una valoración justa y rigurosa, progreso y aprendizaje del alumno 

  1. InnovACCIÓN

Incorporar todos los recursos disponibles para mejorar la calidad educativa 

  1. TransformACCIÓN

Crear un nuevo marco de referencia para un nuevo modelo educativo 

¿Qué perfil ha de tener la figura del profesor actualmente?

Esencialmente yo creo que los profesores en un mundo de acceso a un conocimiento inabarcable deben transitar desde la necesidad de “saberlo todo” a la oportunidad de ser “guías expertos” a través de ese mundo en el que todos sabemos que no es oro todo lo que reluce. Es decir, menos “enseñantes” y más guías del aprendizaje. Ojo, que los hay así, y fantásticos, pero de nuevo, la rigidez de formularios y baremos que establece el sistema tampoco les deja demasiado margen de maniobra. La transformación del sistema no puede ser hecha por parcelas sino, como su propio nombre indica, de un modo sistémico.

¿Qué técnicas o métodos han quedado ya obsoletos pese a que se siguen usando?

En lo educativo yo no renunciaría a nada. Incluso en plena era digital seguimos prestando la máxima atención a quien nos cuenta una historia sentados en torno a una hoguera, como en la prehistoria. En la manera de evaluar creo que ya es otro cantar. De tanto confiar en las mediciones cuantitativas hemos acabado por enseñar solo aquello que se puede contabilizar. El órgano ha acabado por definir la función. Recuperar el sentido y el valor de lo aprendido sin supeditarlo a haber respondido con acierto o no las preguntas de un examen es uno de los métodos a renovar por completo.

¿Se han convertido los padres en los grandes ausentes en la educación?

Pobres padres y madres. Sufren una presión cotidiana que se ha incrementado enormemente con el paso del tiempo. Familias con dos padres trabajando a tiempo completo, con un salario justo y en un mercado laboral en transformación que invita a todo menos a relajarse. Por si fuera poco, enfrentados a un horario escolar y a un calendario que no les tiene en cuenta para nada y les obliga a recurrir a extraescolares, campamentos de verano o la ayuda familiar que puedan encontrar para no dejar a sus hijos desatendidos durante mucho tiempo. Nadie lo tiene fácil en estos tiempos tan cambiantes, pero desde luego lo que no podemos hacer es señalar solo a unos u a otros. En otros países las familias tienen un reconocimiento por parte de las instituciones públicas mucho más significativo que en España, donde el organismo que se ocupa de sus asuntos está en un cuarto nivel del escalafón administrativo: la Subdirección General de Familia (Ministerio de Sanidad). Si queremos implicar más a los padres tendremos que ayudarles a entender no solo por qué, sino sobre todo cómo.

Habla de educar a los padres. ¿Cómo podría hacerse esa educación?

Del mismo modo que hablo de educar a los niños para el mundo que les tocará vivir, a los padres hay que educarnos para los niños que nos tocará educar dentro de ese mundo. No hay un método en especial, pero sí una necesidad muy especial y cada fase de la infancia de un niño requiere entender en qué contexto está de su crecimiento. Cuándo hay que negociar y cuándo hay que establecer un único criterio, aunque se dialogue, cuándo hay que intervenir en un conflicto entre colegiales y cuándo hay que dejar que los niños lo resuelvan sin que los padres lo estropeemos… Cualquier padre es consciente de que está aplicando muchas veces recetas que aprendió o rechazó de su propia experiencia como hijo (más de treinta años antes, por lo general, un mundo sin internet, ni móviles en el que los niños decían que volvían en cinco horas y no nos preocupábamos hasta que habían pasado cinco y media por lo menos) que debe actualizar sobre la marcha. Sin embargo hoy tenemos muchos más recursos y conocimiento para poder ayudar a los padres a manejar situaciones que no han vivido nunca con más seguridad y menos ansiedad.

Si tuviera que definir en una palabra el sistema educativo español, esa palabra sería…

Ilusorio, no ilusionante

Y si tuviera que definir con otra palabra el sistema educativo que, a su juicio, deberíamos tener, esa palabra sería…

Decidido.

¿Qué cosas podríamos ‘copiar’ de Finlandia, ese país que siempre sale en las mejores posiciones de los rankings de éxito educativo y al que se hace mención en su libro?

Me encantaría que importáramos algo que han institucionalizado como “el Día del Error”, que celebran cada 13 de octubre para recordar que equivocarse es parte inherente del proceso de aprender y no algo vergonzante que debamos ocultar o evitar. Porque sólo si nos atrevemos a probar nuevos caminos los “mayores” estaremos siendo verdaderamente responsables del desarrollo y la mejora en nuestra tarea de coeducadores, y verdaderamente leales con los niños. 

 

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