Mujer y madre

¿Qué responder a las preguntas indiscretas de los niños?

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Para nuestros hijos somos las mejores… hasta que dejamos de serlo. Nos observan al dedillo y sus preguntas ponen al descubierto los defectos que queremos ocultar o cuestionan cosas que tienen difícil respuesta. ¿Cómo debemos responderles?

1. Mamá, tus piernas pinchan

1. Mamá, tus piernas pinchan

«Porque no todos tenemos que hacer las mismas cosas. Igual que tú llevas flequillo y tu amiga Irene no, yo no me quito los pelos de las piernas y tu profe sí, por ejemplo». Aunque si esa no es la razón, un simple: «No he tenido tiempo, lo haré está semana» bastará. El rollo de: «Tengo que hacerte la comida, llevarte al cole, ayudarte con los deberes, limpiar la casa, trabajar... no tengo tiempo para más cosas» puede funcionar de vez en cuando, pero si lo repetimos todos los días, perderá su efectividad. Además, ellos no entienden que sus madres adopten el papel de víctimas.

2. ¿Por qué tienes el culo gordo?

A nuestro hijito tendremos que explicarle que no es que tengamos el culo gordo, es que tenemos culo de mujer, que es diferente. Y los culos de muchas mujeres son así: redondos, acolchaditos, protuberantes y bonitos.

3. Todas las mamás tienen el pelo más arreglado y bonito que el tuyo

Salir victoriosa de las comparaciones (y más cuando son con otras madres) es difícil. Podemos responder: «Es que yo lo llevo arreglado a mi manera»; o mejor aún: «Porque yo lo tengo muy bonito y lo puedo llevar así, al natural». Además, existen recursos adicionales para salvar la imagen que tenemos de nosotras mismas. En este caso bastará con preguntarle a nuestra hija cómo le gustaría a ella que lleváramos el pelo: cuando nos responda que como su Barbie Reina de los Corales (es decir, morado, por debajo de la cintura y con destellos nacarados), suspiraremos aliviadas por tener el aspecto que tenemos y dejaremos de darle importancia a este tipo de observaciones.

4. ¿Y por qué a Susana le dejan bañarse sin hacer la digestión?

Cuando nos comparan con otra madre más permisiva o que tiene otros criterios, tenemos todas las papeletas para parecer auténticas brujas ante sus ojos, por muchas explicaciones que les demos. Por eso, ante preguntas de esta índole quizá sea mejor recurrir a la figura del «especialista» (el médico o pediatra en este caso): «Esperamos dos horas porque Andrés, tu médico, opina que es lo mejor (siempre que esto último sea cierto, claro). Tu amiga Susana tiene otro pediatra que seguramente opina que se puede bañar antes, pero nosotros hacemos caso al nuestro».

5. ¡Has dicho «gilipo...»!

Salvando el hecho de que a nuestro hijo le resulta muy chocante ver a su madre diciendo palabras que sabe prohibidas, hay que tener en cuenta que los pequeños, a veces, llevan toda la razón. Cuando señalan nuestras incoherencias educativas, es cuando más atentos deberíamos estar a sus mensajes. Cuando un niño pregunta a un adulto por qué miente, por qué dice tacos, por qué es perezoso o por qué se enfada tanto, el adulto debería dar las gracias al pequeño por recordarle que los mayores, a veces, se olvidan de hacer las cosas buenas que intentan enseñar.

6. La abuela sabe coser y tú no

Aquí nos han pillado y esta duele. Y es que las mujeres «modernas» hemos olvidado muchas cosas o directamente no las hemos aprendido, para dedicarnos a otras labores como nuestra profesión o la educación de nuestros hijos.

Seguramente no tenemos respuesta, pero para casos concretos, siempre nos podremos salir por la tangente diciendo algo como: «¡Pues porque la abuela tiene mejores manos que yo y además ha hecho un cursillo!» Eso sí, no dejemos de advertirle que de todas formas tiene que tener mucho cuidado con nosotras, porque lo que sí sabemos hacer divinamente es... ¡coserle los mofletes a besos!

7. ¿Por qué te vas a trabajar?

Esta es un clásico. La pregunta más formulada y más temida del universo de las mamás trabajadoras. Podemos responderle con algo educativo del tipo: «Porque los mayores tenemos que trabajar para poder comprar natillas y cuentos para los niños»... mientras le acariciamos el pelo y disimulamos esa pequeña nostalgia que nos invade cada vez que nos cae encima el peso de las responsabilidades.

Pero, ¿por qué no devolverle a nuestro hijo un poco de su sana sinceridad? Hagámoslo por lo menos una vez, digámosle que no nos queda más remedio, que lo que en realidad nos gustaría sería estar de crucero por el Caribe o escribiendo un libro... O simplemente tumbarnos en la hierba a su lado; y que, de hecho, esto último es lo que vamos a hacer el próximo fin de semana durante un buen rato, para olvidarnos por completo de que los mayores ¡tenemos que trabajar!

Etiquetas: familia

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