Crianza

Síndrome del Niño Emperador: ¿tienes un pequeño tirano?

¿Tu hijo tiene baja tolerancia al ‘No’ y no acepta que no se haga lo que quiere en cada momento? Es una de las señales del Síndrome del Niño Emperador o del Niño Rey.

¿Alguna vez has escuchado hablar del ‘Síndrome del Niño Emperador’ o ‘Niño Rey’? Un síndrome no considerado como tal, psicológicamente hablando, pero más común de lo que pensamos en la sociedad actual. Un síndrome que tiene lugar como consecuencia de una educación demasiado permisiva o sin límites claros, en la que se otorga más poder al niño que a las decisiones de los padres.

Pablo tiene seis años y, sus rabietas son bastante recurrentes, aunque ya ha pasado la edad propicia para ellas. Su madre y su padre, cansados de los gritos, la ira y la irritabilidad de su hijo, hacen todo lo posible para que no aparezca una nueva: dejan que sea él el que escoja qué van a comer y a cenar al día siguiente o, al menos, le tienen muy en cuenta a la hora de decidirlo ellos. Han optado por darle voz y voto en el horario de ir a la cama, en que recaiga en él la decisión del lugar que visitarán en sus próximas vacaciones y también en los planes que harán el próximo fin de semana. Pero no lo hacen con el objetivo de mejorar su autoestima, sino para evitar la frustración de su hijo y que esta pueda derivar en otra rabieta que no sepan cómo gestionar.

Más que hacerle un favor, sin darse cuenta, los padres de Pablo están creando el ambiente perfecto para que el pequeño desarrolle el conocido como ‘Síndrome del niño Emperador’ o del ‘Niño Rey’. Un síndrome que, si bien no está calificado como afección psicológica, es más común de lo que parece. Sobre todo, en niños que han sido demasiado consentidos.

¿Cómo saber que estamos ante un episodio de Síndrome del niño Emperador?

Antes de nada, vamos con una definición más exacta: “Hablamos de niños dictatoriales, que imponen lo que van a hacer tanto ellos como el resto de miembros de la familia, que escogen absolutamente todo”, explica a Ser Padres Marina García, psicóloga de Psicoactúa, Unidad de Psicología y Medicina de la Salud del Hospital Vithas Medimar.

“El resultado es una relación de continuas exigencias hacia los padres y conductas como los insultos, gritos, amenazas o violencia física en caso de que los progenitores no hagan lo que el niño quiere que hagan”, continúa.

Detectarlo, de acuerdo a la profesional, es tarea bastante sencilla. Aunque es habitual que tenga lugar entre los 9 y los 16 años, este síndrome empieza a dar síntomas antes de esta edad:

  • Rabietas muy frecuentes que utilizan como único medio para conseguir cosas. Buscan llamar la atención de su alrededor
  • Egoísmo a la hora de compartir juguetes y, de hecho, suelen quitar los juguetes a los otros niños: “lo mío es mío y lo tuyo también es mío”, cuenta la psicóloga
  • Son muy exigentes con las personas que tienen alrededor, sobre todo con las más cercanas
  • Se adaptan muy mal a las normas escolares y a las sociales, por lo que no suelen ser niños integrados y sociables

Educación demasiado permisiva, Síndrome del niño emperador

Vivimos en una sociedad prisionera de la prisa y la inmediatez y, además, en una sociedad en la que la conciliación familiar no es real (al menos, en lo que respecta a España). Todos estos factores derivan en que sean muchas las familias que delegan gran parte de la crianza y la educación de sus hijos a externos (habitualmente los abuelos) y que, en medio de la culpa por no poder pasar más tiempo con ellos o no poder darles toda la atención que se merecen, deciden dar al niño un papel que no le corresponde, otorgándoles más poder del que necesitan.

Consienten a los peques, no saben establecer límites sanos y la relación con su hijo se basa en un ‘sí’ constante (o casi constante) a las peticiones del menor.

Este es, por ende, el principal desencadenante del Síndrome del niño rey o Niño Emperador: los padres demasiado permisivos. “El exceso de permisividad y sobreprotección por parte de los padres es uno de los desencadenantes más fuertes; suele darse en procesos de divorcio, en los que los padres se sienten muy culpables por el posible daño causado a los hijos”, advierte la profesional de Vithas.

Pero, si bien es el más fuerte, no es el único: “Cuando hay discrepancia educativa, por ejemplo, cuando uno pone los castigos y el otro los modifica o los elimina, también hay riesgo”, explica.

Y, por último, habla de un posible factor genético. “Se ha visto que la estructura del cerebro de estos niños altera y entorpece los vínculos afectivos, la empatía, la compasión o la responsabilidad”.

Marta Moreno

Marta Moreno

Como dijo Nelson Mandela “la educación es el arma más poderosa que existe para salvar el mundo”. ¿Qué tal si educamos desde el respeto, el amor y en familia?

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