Entre madres

Una mamá (im)perfecta. ¡La mejor!

¡Eres la mejor madre del mundo! Pero… ¿a veces se te olvida? ¿no te lo crees? Tranquila, no eres la única.

madre perfecta

Te proponemos que te pares un segundo y preguntes a tu hijo qué es lo que más le gusta de ti y por qué te quiere tanto. Su respuesta te hará sentir genial porque, aunque no te lo creas, no eres la única mamá que se ve imperfecta cuando ¡no lo es!

Además... ¿Te has dado cuenta que tu hijo reconoce tu olor entre el de muchas otras mujeres? Haz la prueba cuando estés con otras mamás o con tus amigas: ¡eres una entre un millón!

Y es que muchas mamás cometemos el error (porque es un error) de compararnos constantemente con otras madres, de intentar ser lo que no somos o de minimizar nuestros puntos fuertes (¿conoces a alguien que prepare unas tortitas como las tuyas o que tenga tanta paciencia en los momentos de conflicto?). Y le damos demasiada importancia a las carencias: vale, no eres demasiado organizada o no aguantas más de dos minutos haciendo un puzle. Pero, ¿de verdad eso es tan grave?

Quizá lo hacemos llevadas por la idea (falsa e imposible) de que una madre debe ser una persona perfecta y cubrir todo el espectro de virtudes humanas, incluso las que nunca hemos tenido.

"Doctor, soy yo otra vez"

Ante la duda... al médico. O al menos, ese es el mantra de muchas madres que, conscientes de lo difícil que es encontrar el término medio en cuestiones de salud, prefieren pecar de exageradas antes que lamentarlo.

La cuestión es que aunque se trate de una manera de asegurarse cierta tranquilidad, las consultas constantes al médico suelen ser vistas por los demás como un exceso de celo. "Si no lo tengo claro, cosa que ocurre casi siempre, yo consulto al pediatra –dice Lorena, madre de dos gemelas– pero he tenido que escuchar cosas como que al final las enfermo yo con tanta atención. Esos comentarios me hacen sentir que además de no tener ni idea de cómo cuidar a mis hijas, lo hago todo mal".

Pero es que los médicos están para eso: para resolver dudas (muchas o pocas) y prescribir tratamientos. ¿Y las madres? Estamos para hacer lo que nuestro instinto nos dicta en cada momento. «Yo no sé si mi hijo tiene tos seca o de la otra –admite Cristina– ni sé distinguir el tipo de mocos, ni si un dolor es moderado o agudo. Pero lo que sí sé (y de memoria) es el número del centro de salud. Mis hijos están siempre atendidos, así que me siento tan buena madre como las demás».

Perder los papeles

No hay ni una sola madre en el mundo que no haya perdido los nervios, al menos, una vez. La diferencia es que unas lo viven como una oportunidad de mejorar y otras como un fracaso en su papel.

En realidad, no hay nada malo en perder los nervios. Es más, es necesario y positivo que nuestros hijos nos vean de vez en cuando gestionando nuestra propia pataleta, porque eso nos convierte en mamás de carne y hueso y no en protagonistas de libros de educación. De hecho, tan importante como saber convivir en armonía y relativa tranquilidad es saber hacerlo en el conflicto y manejando emociones intensas y negativas.

Si conseguimos ofrecerles a nuestros hijos un buen balance entre ambas cosas (sonrisas y enfados), y además sabemos rectificar (aunque sea tarde) y aprender de nuestros errores, estaremos dándoles un modelo mucho más rico que si permanecemos impertérritas ante cualquier situación.

madre perfecta

"No me gusta jugar"

"Si alguna vez en mi vida yo he sido una niña juguetona –dice Maribel– lo cierto es que se me ha olvidado por completo. ¡No hay nada en el mundo que me aburra más que jugar con mis hijos!". Y no es la única. Muchas madres observan con cierta envidia la capacidad de algunos adultos de convertirse en niños instantáneamente.

"Estimula a tu hijo: juega con él", rezan los titulares de libros y artículos sobre educación. Pero... ¿y si no lo hago? ¿Arrastrará mi hijo el trauma de haber visto a su madre eludir una y otra vez sus intentonas de amasar plastilina juntos, jugar a las muñecas o hacer un castillo de arena?

Lo que nuestros hijos necesitan, en realidad, es que hagamos cosas con ellos y que lo que hagamos, sea desde la presencia y el interés. Y eso puede ser jugar, pero también puede ser dar un paseo, cocinar, charlar de camino del colegio a casa o planear juntos su fiesta de cumpleaños.

Las lentejas de mi madre

Si hay algo que erosione a conciencia la identidad maternal es la sensación de no estar alimentando bien a tus hijos. Por ejemplo, hay muchísimas madres que viven con culpa y rabia el hecho de no amamantar a sus bebés (opción personal y no susceptible de ser juzgada y mucho menos sin conocer los detalles).

Y más allá, a medida que crecen (y en parte por el auge del concepto de comida sana para los niños), son un montón de mujeres las que llevan en secreto el consumo de bollos industriales o el hecho de que la pizza y las salchichas sean las estrellas de su particular pirámide nutricional. "Recuerdo perfectamente –cuenta Noelia– el día que se me ocurrió llegar al parque con una bolsa llena de chuches para que mi hijo las compartiera con el resto. ¡Parecía que había sacado del bolso una granada de mano! Muchas mamás me miraron como si fuera a envenenar a sus hijos y otras abiertamente me dijeron que sus niños no tomaban de esas cosas.

Me sentí la peor madre del mundo y me prometí a mí misma que el siguiente día llevaría un bizcocho integral. Afortunadamente el bizcocho se quemó (soy un desastre en la cocina) y opté por tomármelo con humor: volví a llevar golosinas, pero esta vez con forma de fresa, plátano y manzana. A algunas madres no les hizo ninguna gracia, pero otras comprendieron la ironía y encontré cierta comprensión".

Es cierto que una nutrición equilibrada es muy importante para el desarrollo de los niños, pero más importante es alimentar la estima, el humor, la confianza, la seguridad en sí mismos o la complicidad familiar. Y si todo esto sucede alrededor de una mesa en la que reinan los platos preparados, bienvenidos sean: lo contrario sí que es malo para la salud.

El sueño, esa batalla

Cuando todas nuestras amigas y madres del colegio hablan de lo ceporros que han sido y son sus hijos, o de las siestas de tres horas que se echan todos los fines de semana, no podemos evitar visualizar esas sobremesas interminables en casa o a nosotras junto a nuestra pareja, de noche, en el salón, esperando a que el peque se duerma para poder hacernos unas carantoñas.

"Algo has estado haciendo mal –nos dice esa vocecita interior que todo lo juzga–, deberías haber sido más estricta".
Pero, ¿estamos seguras de que los patrones de sueño de nuestros hijos son consecuencia directa de nuestro mal hacer? Es cierto que la llamada higiene del sueño (rutinas predecibles, etc.)influye a la hora de que nuestros hijos duerman mejor y a sus horas, pero igual de cierto es que cada ser humano tiene sus propias necesidades, por lo que habrá niños que necesiten más horas para descansar y otros menos.

A diferencia de lo que ocurre con otras cosas, el sueño de nuestros hijos afecta directamente al nuestro (niños que duermen, mamás que duermen), por eso es extremadamente raro encontrar a una madre cuyo hijo no duerma y que no haya probado ya mil y una fórmulas para conseguirlo. Así que ¡desterremos la culpa de una vez por todas! Lo hacemos lo mejor que podemos.

Etiquetas: educación, hijos, madre, ser madre

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