Niños y ludopatía

Ludopatía: ¿qué hago si mi hijo tiene problemas de juego?

Desde que nuestros hijos son pequeños, les inculcamos a través del juego muchos aspectos que son esenciales en la vida.

A través del juego, aprenden el mundo en el que viven, se relacionan con otros niños y niñas y gestionan sus emociones, trabajan la empatía con los demás y entienden, por ejemplo, que si le quitan un juguete a otro niño, este se entristece o se enfada.

Aprenden a compartir, o a decidir no compartir con los demás. Ponen límites y en definitiva se conocen a ellos mismos como persona y a su entorno.

El juego, por lo tanto, es algo que siempre fomentamos, y por supuesto si es juego libre, mucho mejor. Es ahí cuando a través del juego simbólico en casa, podemos conocer qué pasa en su mundo interior, y a través de la imitación a los adultos, recrean un personaje que se está formando: ellos.

Pero, ¿qué sucede cuando nuestros hijos crecen?

Que inevitablemente tienen la tecnología a su alcance y de una manera muy abundante. ¿Quién hoy en día no tiene el móvil a mano en todo momento?

Por supuesto, las nuevas tecnologías existen y han venido para quedarse y nuestros hijos son hijos de esta nueva era tecnológica. Ahí es donde se desarrollan. Todo, o casi todo lo encontramos en internet y muchos de los valores que aprendimos cuando tú y yo éramos unos niños, hoy en día se han perdido. Te pongo como ejemplo la paciencia. Al tenerlo todo tan alcance de nuestra mano y de forma tan inmediata, nuestros hijos aprenden que si hoy quiero esto, puedo tenerlo mañana, porque mamá o papá lo compran por internet y mañana el cartero me lo entrega a casa. Fácil y rápido.

Esto que te estoy explicando tiene que ver mucho con algo que se llama el circuito de la recompensa. No voy a exponer ahora una clase magistral de neurobiología. No, esa no es mi intención. Pero sí quiero exponer este punto porque es la clave para entender cómo se nos está yendo de las manos cuando nuestros hijos tienen problemas con el juego, y entra la temida ludopatía en casa.

El abrazo de mamá, el paseo en bici con papá, comer un helado, que venga un amigo a jugar a casa, todas estas situaciones que te expongo y todas aquellas que puedas imaginar que a tus hijos les proporciona una sensación de bienestar, forman parte del sistema de recompensa. Son, por lo tanto, conductas o estímulos que nos proporcionan placer. Nos proporcionan recompensas naturales.

El circuito de la recompensa, este camino que mi cerebro hace que entienda que una determinada situación produce que me sienta tan bien, puede romperse y ver alterada esta cadena en un entorno no saludable y adictivo. Me explico, cuando quedar con ese amigo o comerme un helado no es suficiente, y necesito otros estímulos más potentes, se rompe el circuito de la recompensa sana y natural y entra en juego la necesidad compulsiva, tóxica y negativa. Entra lo que llamamos: la recompensa artificial.

La ludopatía es algo que cada vez más vemos en los hogares protagonizados por adolescentes. Esa necesidad incontrolada de jugar a cambio de un premio provoca una adicción al juego que es equiparable al efecto que produce el acohol o el tabaco por ejemplo. El circuito de la recompensa se rompe como ves. Ya no juego por placer al simple hecho de jugar, si no que lo hago porque tengo algo a cambio que es mucho mayor.

Si bien es cierto, vemos este tipo de trastorno en adolescentes, hay estudios que afirman que se inician siendo menores de edad. Eso nos lleva a pensar que la exposición constante a internet y la falta de supervisión por parte de los adultos sean factores muy determinantes en traspasar esa delgada línea entre juego saludable, recompensa natural o juego peligroso y recompensa artificial.

Lo más importante es que estés despierto. Observes si tu hijo cada vez pasa más tiempo a solas, en la habitación, cómo le va el colegio o instituto, cómo es vuestra relación, valorar si ha cambiado, desde cuándo, observar si tiene cambios de comportamiento repentinos, etc. En definitiva que estés alerta y atento en qué es lo que sucede entre vosotros.

¿Qué podemos hacer?

1. Estar ahí. Presente e incondicional. El siguiente paso al darte cuenta es cultivar mucho más vuestra comunicación. Que pueda sentir que se encuentra en un espacio libre de juicios, en el que puede exponer cómo se siente sin miedos. Ese entorno de confianza hará que todo el proceso sea mucho más fácil.


2. Propicia espacios conjuntos, tiempo de exclusividad, hacer actividades juntos, al aire libre.


3. Y también, pedir ayuda a un profesional que pueda ayudarte tanto a ti como a tu hijo.

Artículo elaborado por Noe García de Marina, Pedagoga Terapeuta. Inteligencia y Desarrollo Emocional. Directora de Noe Batega

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