Trastornos alimenticios

Mi hija esta obsesionada con los kilos

"¡Estoy gordísima", te dice; "Pues no se te ve ni de perfil", respondes. Discutir no vale de nada: hay medidas más eficaces.

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¿A quién le asombra que una adolescente se ponga a dieta? Hoy en día es algo muy frecuente y, muchas veces, la decisión poco o nada tiene que ver con que esté delgada, normal (en su peso), gorda o rellenita. Algunos estudios han señalado que hasta el 75 por ciento de las niñas de 15 años han hecho dieta alguna vez en su vida o están a régimen en el momento actual.

La presión social y de los medios de comunicación para tener un cuerpo perfecto, la excesiva delgadez de muchas modelos famosas e, incluso, cierta exaltación de patologías como la anorexia o la bulimia favorecen el que las chicas adolescentes (y también los chicos, aunque en un porcentaje menor) vean la dieta como la solución a todos sus problemas y malestares.

Algunas se aíslan y se deprimen

Caen así en una etapa en la que es difícil sentirse bien con el propio cuerpo, en la falsa solución, en la trampa de la dieta: piensan que adelgazar será la panacea a todos sus males. Sin embargo, cuanto más adelgazan, más se obsesionan por perder peso, les cambia el humor o se deprimen o se aíslan.

En general, la idea de iniciar una dieta suele estar influida por alguna compañera que hace régimen o, peor aún, por imitar a mamá o a la tía. Otras veces, la decisión se toma en grupo, y las niñas van a rivalizar por ver quién es capaz de perder más peso, una situación que puede conllevar mayor riesgo.

Afortunadamente, la mayoría de las chicas que empiezan una dieta la abandona a los pocos días o en breves semanas, y tan solo cuatro de cada cien adolescentes llegan a sufrir un trastorno de la conducta alimentaria. En otras ocasiones, insisten en decir que están a régimen, pero, en el fondo, se trata de una excusa para alimentarse caprichosamente: no prueban el guiso de carne, pero se atiborran de galletas light; no catan el pan, pero meriendan barritas dietéticas de chocolate, etc.

Con cada estirón se suele engordar

Casi nunca existe un motivo médico que justifique la dieta. Durante la pubertad, el crecimiento varía mucho de una persona a otra, pero es frecuente que antes de cada estirón haya unos meses en los que el cuerpo engorda y hasta pueda llegarse al sobrepeso. En los chicos esto se puede reflejar en un aumento de los michelines; y en las chicas, en un mayor acúmulo de grasa en las caderas o en las piernas.

Tener grasa en las caderas es necesario para la mujer, ya que a partir de esa grasa se forman las hormonas femeninas –estrógenos–, que van a permitir la aparición de la regla y la posibilidad de tener y criar hijos en el futuro.

Es difícil precisar hasta cuándo va a continuar el crecimiento en cada caso, pero el inicio de una dieta de adelgazamiento antes de llegar a la edad adulta puede terminar reduciendo la estatura que la adolescente iba a alcanzar y acarrear, incluso, otras consecuencias más graves. 

Mal humor, apatía, bajo rendimiento...

No obstante, los mayores riesgos de la dieta son psicológicos: donde primero se nota la desnutrición es en el cerebro. El hambre disminuye notablemente la capacidad de concentración y el rendimiento intelectual, y produce un estado de irritabilidad, mal genio, apatía, etc.

Una adolescente que siga una dieta hipocalórica (muy baja en calorías) puede pasarse el día entero pensando en la comida, hojeando libros de cocina o, incluso, cocinando suculentas recetas para el resto de la familia mientras ella se conforma con tomarse solamente una manzana.

El hambre puede hacer que se despierte en medio de la noche y acabe asaltando la nevera y dándose un atracón. Algunos estudios realizados en voluntarios sanos han demostrado que todas estas conductas son síntomas de desnutrición.

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