Psicología

Mi hijo adolescente ¡se ha vuelto un radical, un moralista!

"Nunca tendré un abrigo de piel". "Nunca voy a fumar". "Nunca más comeré carne". ¿Cosas de la edad? Te explicamos porque sucede y el lado positivo de su radicalismo.

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"¿Cómo puedes salir a la calle con eso? Debería darte vergüenza ir cubierta de cadáveres. Con estas y otras lindezas le hice yo la vida imposible a mi madre cuando tenía 13 años –cuenta Adriana, hoy madre de dos adolescentes–, hasta que la pobre escondió el dichoso abrigo de pieles en el armario, para no volver a ponérselo nunca más. Se me saltaban las lágrimas solo de pensar en la cantidad de preciosos animalitos que se habían sacrificado para que ella pudiese lucir lo que yo consideraba la prueba de su inhumanidad".

Están forjando su manera de ser 

La personalidad del adolescente es tan frágil y vulnerable como el cristal de bohemia. Sometidos a cambios físicos y emocionales drásticos a los que no saben muy bien cómo enfrentarse, los que todavía no son mayores pero han dejado de ser niños se aferran con uñas y dientes a los puertos que parecen más sólidos, tratando de compensar su propia indeterminación.

Esos salvavidas a los que se arriman momentáneamente pueden tener muchas caras:

  • vestirse con ropa indefectiblemente negra (la de color es de pijas y cursis);
  • hacerse de la noche a la mañana vegetarianos puros y duros; afanarse por reciclarlo todo (vidrio, papel, plástico...);
  • convertirse de pronto en defensores a ultranza de todos los animales del planeta;
  • apuntarse a la liga antitabaco ("¡Qué asco! Yo jamás fumaré")...

En fin, cosas de adolescente, dicen. ¿Realmente es así? Reivindicar ardorosamente esas ideas significa para ellos un estilo de vida distinto, una personalidad especial, una especie de aura que les convierte en la persona dinámica, interesante y carismática que quisieran llegar a ser.

Es también (aunque no sea algo consciente) una forma de poner distancia entre ellos y sus padres: ellos son más solidarios, más ecológicos, más sanos, más sensibles con el mundo y las personas que les rodean... Les gustaría cambiar el mundo, solo que los adultos no les dejan...

Ensayan múltiples personalidades

¿De dónde sacan sus ideas? De aquellos a los que respetan, admiran o desean. Puede ser el protagonista de una película, el cantante de más tirón o ese chico ¡tan guapo! Lo importante es que representen lo que ellos quieren ser y, para eso, deben probarse muchas personalidades.

Y pueden hacerles la vida imposible a sus padres, hermanos y vecinos, revisando la compra en busca de colorantes y conservantes que, según han leído, son más cancerígenos que el tabaco; haciendo guardia en el portal para comprobar que en su edificio se colabora con el reciclaje... Pueden unirse a grupos concienciados con el tercer mundo o, el lado contrario, relacionarse con chicos nada recomendables, intolerantes hacia los más débiles.

Este último caso debería provocar una profunda reflexión en la familia (aparte de hacerles ver el riesgo de vincularse a esas compañías): a veces los padres se sorprenden de la intolerancia de sus hijos y no son capaces de reconocer las mismas manifestaciones en ellos mismos. Mucho cuidado con los comentarios sexistas, racistas o despectivos, aunque sean en broma. Después de todo, la paternidad implica la educación.

Apelemos al sentido crítico de nuestros hijos y ayudémosles a desarrollarlo. La mejor estrategia es ofrecerles toda la información posible y enseñarles la manera de buscarla para no depender de lo que otros puedan contarles. Han de ser conscientes de que los ideales a veces se manipulan, que siempre hay más de una versión de la historia y que deben conocerlas todas antes de adoptar una postura. Si fuera necesario, hagámosles ver el lado negativo de ciertas actitudes extremas.

Apostemos siempre por el lado bueno

Potenciemos las iniciativas positivas (no fumar, evitar despilfarros inútiles, cuidar el planeta, etc.). Nunca está de más secundar sus buenas intenciones. Si su espíritu altruista les lleva a simpatizar con las asociaciones de animales o con los sectores menos favorecidos de la población, podemos acompañarles o ayudarles a encontrar la mejor manera, dentro de sus posibilidades, de actuar en beneficio de los principios que defienden. Aumentarles la paga para que colaboren con una ONG o dejarles llegar algo más tarde para que ayuden en un centro de la tercera edad no nos va a arruinar la vida.

Es verdad que son volubles e inconstantes; incluso a veces poco coherentes. Quizás nos echen en cara que compremos un BMW mientras las tres cuartas partes del mundo pasan hambre. Y media hora más tarde monten un numerito porque no les compramos los vaqueros carísismos que llevan sus amigos. La fragilidad de sus decisiones no es excusa para eliminar de un plumazo sus ideales. Nada de decirles: "Yo era como tú, pero la vida te hace olvidar esas tonterías". Ellos están convencidos de que podemos tener un mundo mejor: dejémosles que lo intenten.

También en el amor

Si la pequeña llega a casa diciendo que preferiría ser rubia porque "es más sexy y femenino" o nuestro forofo del fútbol esconde bajo su cazadora los Veinte poemas de amor y una canción desesperada de Neruda..., aquí huele a romance. A los 12 años o poco más, el objeto de su deseo es blanco de investigaciones, seguimientos y aproximaciones de lo más simpáticas.

Son capaces de renunciar a sus preciosos bucles castaños en favor de una chamuscada melena platino o de empollarse la cámara de diputados del Congreso con tal de convertirse en la mujer o el hombre perfecto para su favorito. Eso sí: cuando cambian de preferido, todos sus extraños y repentinos intereses probablemente cambien también... Lo más adecuado es ensalzar sus cualidades y ayudarles a enriquecer y ampliar sus horizontes (ya sea poesía o historia de la navegación a motor), sin ceder a la sonrisa burlona ni a los cotilleos con la vecina. ¡Que todos los hemos hecho!

Asesor: Guillermo Kozameh, 
psicoanalista infantil.

Etiquetas: adolescencia, adolescentes, educación, padres de adolescentes, psicología infantil

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