Mi hijo adolescente

¿Por qué siempre va con zapatillas deportivas?

Los adolescentes tienen los gustos muy claros a la hora de comprar calzado: las zapatillas deportivas son su gran pasión.

zapatillas deportivas

Es uno de los motivos de conflicto más habituales a la hora de ir de compras: el calzado. Es casi imposible despegarles de sus zapatillas y, cuando conseguimos que se prueben unos zapatos normales, se quejan de que les rozan, aprietan o brillan sospechosamente bajo el doblado del pantalón. Al final acceden a comprarlos, pero no es raro que permanezcan sepultados en el fondo del armario hasta el día de la graduación en el instituto.

¿Dónde van con botas en pleno agosto?

Y las deportivas no son lo peor. Cuando las modas o la identificación con la pandilla son las que dictan, nos encontramos con que se calzan tranquilamente botas militares para ir a la piscina o se suben a las plataformas más vertiginosas para salir con los amigos. De nada sirve perseguirles con las peores amenazas: la mejor estrategia es mucho más sutil.

El zapato más adecuado para todo el mundo es aquel con el que nos sentimos cómodos. Es muy difícil que nadie –incluso nuestro hijo de 12 años– quiera sufrir la tortura del roce, el exceso de presión, las ampollas y el dolor de un empeine forzado a moverse sobre plantillas poco recomendables. Al menos, no para ir al colegio o marcharse de excursión. Otra cosa son los fines de semana cuando, para estar bella –y bello–, dejan la comodidad en el armario. En estos casos parece inevitable que se ciñan al imperio de lo que se lleva. Después de todo, un dolor de pies se soporta mejor que la vanidad herida. Y se pasa antes.

Por eso la técnica del hecho consumado (es decir, llegar a casa con un par de bailarinas moníiiisimas que nos han costado un riñón, para que no le quede más remedio que usarlas) no funciona. La regla número uno del adolescente es: si no le gusta, no se lo pondrá.

Para ponernos de acuerdo, debemos encontrar un punto de equilibrio entre sus necesidades estéticas y la salud de sus pies. Es más inteligente transigir en la forma, aunque nos horroricen sus propuestas, y exigir calidad en todo lo demás. Una técnica realmente efectiva consiste en echar un vistazo a los zapatos que sí usa. Deportivos, clásicos, militares o femeninos, probablemente siga una línea concreta que hay que conocer al dedillo. A partir de entonces, podemos buscar en los escaparates un calzado similar y elegir aquel que cumpla una serie de requisitos importantes.

Una buena compra respetando su estilo

Un buen zapato es flexible, pero no blando. Se adapta no solo al pie, sino a su movimiento. Los contrafuertes no deben ser rígidos, ya que reducen la elasticidad; pero tampoco blandos, porque suponen un apoyo irregular para el talón y se deforman a la mínima. La plantilla debe contar con el grado de curvatura necesario para que descanse el arco. La piel natural y la lona ayudan a que el pie transpire y evitan los malos olores. Los plásticos, por ejemplo, se recalientan y se pegan a la piel, causando serios destrozos.

Cuidado con las puntas cuadradas y estrechas: un calzado que comprima los dedos es tan incómodo como peligroso: las uñas se clavan, la curva natural del pie se deforma y crecen los antiestéticos y dolorosos juanetes.

Un poco de tacón no es perjudicial, siempre que el pie no se derrame hacia delante y los dedos tengan que soportar todo el peso del cuerpo. En cuanto al plataformón, esperemos que desaparezca pronto. Supone una prueba constante de equilibrio, donde el mayor peligro es sufrir un esguince (consideraciones estéticas aparte).

Y, por último, la estrella del instituto. Unas buenas zapatillas pueden cumplir estos criterios y, además, adaptarse a cualquier actividad, incluido el trajín escolar. Pero ojo: si le gustan tanto, es más saludable disponer de unas específicas para hacer deporte y otras para uso normal, ya que el desgaste no es el mismo.

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