¿Cómo debemos actuar?

¡Socorro! Mi hijo bebe alcohol

Algunos chicos comienzan a beber alcohol los fines de semana en edades muy bajas. ¿Por qué lo hacen? ¿Cómo debemos actuar?

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Alcohol

A nadie le extraña ya encontrarse el fin de semana con grupos de chicos y chicas sentados en los parques bebiendo cerveza o whisky con cola a morro en botellas de dos litros. Pero ¿qué pasa si un día nuestro hijo llegara a casa escoltado por dos de sus amigos, que solo están un poco menos borrachos que él?

Si los otros lo hacen, ¿por qué yo no? Hay que estar a la altura (eso piensan ellos, claro). Pocos muchachos se sienten capaces de enfrentarse a la sorna de esos colegas que se han ganado el respeto de sus amigos a base de tacos, suspensos, cigarrillos y alcohol. 

La cerveza que beben representa un reto a la autoridad, a los valores paternos y a las normas establecidas. Además les ayuda a ser más sociables y desinhibidos en una edad en la que resulta difícil relacionarse, especialmente con el sexo opuesto. Beben, igual que sus hermanos universitarios beben, como los actores que admiran. Se fijan en personajes carismáticos de la pantalla, en esos anuncios llenos de glamour que venden alcohol en la televisión. Y también en sus padres.

No queremos darnos cuenta, pero se ha creado un entorno donde el alcohol es tan habitual como el informativo del mediodía. Bebemos vino en la comida, cerveza frente al televisor y una copita de licor después de la cena, a lo peor algo más fuerte. Por no hablar de las fiestas, bodas o cumpleaños, donde padres y madres se entonan frente a sus hijos, invitándoles a que prueben: es un día especial, un privilegio de adultos. Como si beber fuera un premio.

Con esta actitud se transmite la idea de que el consumo de alcohol es algo cotidiano, maravilloso y divertido, que no conlleva peligro alguno.

La mejor manera de prevenir el abuso de alcohol es dejar claro entre los más jóvenes hasta qué punto es perjudicial. Si esperamos a que lleguen tambaleándose a casa, puede que la costumbre esté tan arraigada que sea muy difícil llegar a ellos.

Eso sí: sin ser pesados ni caer en el autoritarismo, porque el resultado sería peor. Un muchacho excesivamente vigilado o presionado para que se aleje de todo lo que no nos gusta puede escaparse de sus padres haciendo a escondidas lo contrario de lo que le exigen, como una rebeldía sin consecuencias.

Cuando nuestro hijo o nuestra hija llegan a casa dando tumbos, la primera reacción suele ser de enfado. Sin embargo, lo más inteligente es ayudarles a pasar el mal trago lo mejor posible y esperar al día siguiente. Cuando la borrachera se haya convertido en una espantosa resaca, es el momento de preguntar qué pasó, si se les fue la mano o se trata de algo habitual. Sin reproches o gritos, si queremos saber la verdad. La comunicación y la tolerancia son un remedio infalible para cualquier actitud peligrosa.

Conocer sus motivos es el primer paso para atajar un posible hábito de consumo. Quizá no salió con sus amigos de siempre o asistieron a una fiesta un poco más salvaje. Es fácil emborracharse cuando no se bebe con frecuencia y a veces es verdad cuando defienden que no dieron más que tres sorbos a una litrona y se derrumbaron. La resaca no es agradable y podemos simpatizar con su estado lamentable, advirtiéndoles de que, siempre que beban, estarán igual de mal.

Cuando se convierte en un apoyo

También es posible, y este caso es más peligroso, que se sienta más ingenioso cuando bebe o que una copa de más le infunda valor para acercarse a otros. Debe entender que la bebida solo empeorará su timidez y que la solución es profundizar en las cualidades de las que más orgulloso se sienta y fomentar su autoestima. Nadie que merezca la pena apreciará los chistes de un borracho, pero probablemente valore su sensibilidad o su pasión por la botánica.

Hay situaciones depresivas o fóbicas que pueden llevarles a una evasión momentánea. No se trata de un comportamiento social, sino de un recurso que los más pequeños adoptan para escapar de una situación insalvable: problemas en la familia, la muerte de alguien querido, inadaptación escolar... La ingestión de alcohol es un síntoma más, pero la situación puede conducir al chaval a tomar medidas más dramáticas, como dar paso a sustancias peligrosas. Si su carácter ha cambiado mucho, sufre altibajos constantes o se muestra muy poco comunicativo, hay que acudir cuanto antes a un especialista.

Pierden el control de su tiempo libre

Hay chicos que beben de manera alarmante sin que sus padres se den cuenta, porque están sobrepasados por los estudios o por una situación de incomunicación. Un chico con este problema lo proclama a gritos, aunque no se le encuentre inconsciente en el suelo de la cocina. Se vuelven irritables y violentos. Pierden el control de sus emociones y gastan más dinero del normal sin que sepamos en qué, ya que no compra libros, discos o ropa. Un hábito que se alarga durante los años puede disminuir sensiblemente la memoria, la capacidad de concentración, los reflejos... y así un largo etcétera. La adicción al alcohol en edades tan tempranas siempre es síntoma de un problema grave. Atajar cuanto antes la situación significa poner todo el interés, el cariño y los medios que haya a nuestro alcance. Es la única manera de llegar a buen puerto.

A partir de determinada edad, muchos chicos y chicas se van sumando a esa dinámica de fin de semana que pasa por el botellón, el bar o la discoteca en un barrio de moda. La diversión ya no se encuentra en los deportes, el cine o las fiestas en casa cuando los padres se van.

No podemos aislarles de su propio entorno, pero encontrar otras salidas a su tiempo libre, siempre sin imposiciones, también puede ser una manera de evitar que se intoxiquen cada vez que salen. Estimular desde pequeños su interés por la lectura, los museos, las excursiones o la música es un método infalible para que años después no pierdan el tiempo frente a la barra de un bar. Explotar el cariño, la tolerancia, el compañerismo y el apoyo frente al autoritarismo, la falta de interés y el mal humor. Y dar ejemplo, pero bueno. Una familia alegre y dinámica, que emplea los fines de semana en actividades al aire libre y sabe divertirse sin acudir a los mal llamados «centros de ocio», siempre se verá libre de caer en ciertos tópicos.

Asesor: Guillermo Kozameh, psicoanalista.

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