Las madres, siempre en el punto de mira

De padrazos y malas madres

Pocas áreas hay más importantes en la vida de una persona que la crianza y educación de sus hijos; queramos o no es donde muchas veces acabamos proyectando nuestras ilusiones, miedos y frustraciones. ¿Por qué no es comparable la presión a la que se somete a las madres con la que reciben los padres?

De padrazos y malas madres

Lisa Wilkinson y Karl Stefanovic son los presentadores de un popular programa de la televisión australiana. Un día, Karl decidió hacer un experimento: llevaría durante todo un año el mismo traje al trabajo, así que día tras día iba vestido con el mismo traje azul oscuro, mientras que su compañera Lisa vistió de todos los colores y estilos que podamos imaginar. Durante ese año Lisa recibió las habituales críticas que suelen recibir las mujeres sobre su indumentaria, pero nadie reparó en su compañero que iba todos los días al trabajo con la misma ropa. Esta anécdota es uno de los muchos ejemplos que podríamos citar para mostrar como la mujer es un objeto de juicio y crítica a nivel social, y si hablamos de maternidad y crianza no nos encontramos precisamente ante una excepción, más bien todo lo contrario.

Teta o bibe, porteo o cochecito, papillas o BLW, cuna o colecho, volver al trabajo en cuanto se acaba la baja o dedicarle más tiempo a cuidar de los hijos en casa... basta darse una vuelta por los cada vez más frecuentes grupos de crianza (físicos o virtuales) para observar que, nada más salir estos temas, el debate se enciende, llegando los comentarios demasiadas veces a ataques personales, faltas de respeto o menosprecios a quien elige criar a sus hijos de un modo diferente al propio. ¿Por qué sucede esto?

Crianza más tradicional vs crianza con apego

Pocas áreas hay más importantes en la vida de una persona que la crianza y educación de sus hijos; queramos o no es donde muchas veces acabamos proyectando nuestras ilusiones, miedos y frustraciones. Por eso, el modo en el que criamos a nuestros hijos, las decisiones que tomamos y el modo de llevarlas a cabo, se acaba convirtiendo en algo identitario, algo que ayuda a definir quiénes somos. Buscamos información, leemos, preguntamos, acudimos a conferencias... y poco a poco nos vamos posicionando en lo que parece que son dos “bandos” de la crianza: por un lado la crianza más “tradicional” (en que busca una adaptación del niño a los ritmos o necesidades de sus padres) y por otro la que ha recibido nombres como “crianza natural”, “crianza con apego”, o “crianza respetuosa” (unas etiquetas que, todo sea dicho, no nos gustan especialmente), en las que se pretende más bien que los padres sean quienes se adapten al pequeño.

Como sea, la cuestión es que se acaban librando unas batallas en las que no hay ningún vencedor, sino que todos pierden. Como decíamos, la crianza de los hijos es un gran proyecto de vida, y es tan importante que queremos hacerlo muy bien. Por eso buscamos información y nos posicionamos, ya que nos sentimos inseguros, nos falta información y necesitamos referentes que nos ayuden en esta etapa. Pero fruto de esa inseguridad viene la adhesión, muchas veces poco crítica, a los principios de una forma u otra de criar. Y con ello la crítica a quien lo hace diferente. Criticamos por miedo, porque viendo la paja en el ojo ajeno distraemos la atención y así creemos que evitamos mostrar nuestras vulnerabilidades cuando, en verdad, es eso precisamente lo que esconden las críticas. Sería algo así como: “Tú y yo lo estamos haciendo diferente. Y está claro que una de las dos debe estar equivocada. No puedo ser yo. Tienes que ser tú. Tú lo estás haciendo mal y te lo voy a demostrar”.

Y como veíamos en la anécdota sobre los presentadores australianos, el foco suele estar puesto en las madres más que en los padres. Son ellas quienes reciben la inmensa mayoría de las críticas, pero también quienes generan muchas de ellas. Siempre hemos dicho que los padres, en este sentido (y en muchos otros) son unos privilegiados: hagan lo que hagan, o por poco que hagan, lo están haciendo bien. Y esa misma fórmula se puede aplicar casi a la inversa a las madres: hagan lo que hagan, o por mucho que hagan, se equivocan.

En nuestro caso, lo hemos podido vivir en primera persona; mientras que Alberto recibía elogios y la calificación de “padrazo” por cosas tan básicas como ir al supermercado con nuestros hijos a hacer la compra, Kontxín lo hacía prácticamente a diario y a nadie parecía llamarle la atención tremenda heroicidad. Si alguna madre ha recibido en el supermercado algún elogio por hacer la compra con sus hijos en el cochecito, por favor, que se manifieste en la sección de comentarios.

Un ejemplo más mediático y reciente lo han protagonizado la pareja formada por Chris Hemsworth y Elsa Pataky, quienes han publicado recientemente en sus redes sociales el mismo vídeo de uno de sus hijos haciendo una pequeña trastada. En el vídeo se ve al niño de 3 años trepando por la nevera en busca de unas chocolatinas. Mientras que en la cuenta del padre los comentarios son del tipo “no esperábamos menos del hijo de Thor”, “es el nuevo Jesús Calleja” o “ya tienes sucesor como superhéroe”, en la cuenta de la madre los comentarios son mucho más críticos, señalando que los padres no deberían dejarle hacer algo así por el peligro que supone, la ausencia de límites evidente que tiene ese niño trepando de esa manera por la nevera, o incluso señalando que “ese niño necesita un corte de pelo”. Mismo vídeo; risas y felicitaciones para el padre, críticas y reproches para la madre.

El caso es que la mayoría de las madres dicen haberse sentido criticadas o juzgadas en su labor como madre. No es comparable la presión a la que se somete a las madres con la que reciben los padres; una madre recibirá críticas si trabaja o si no lo hace, si sale más o menos a la calle con sus hijos o sin ellos, si da teta o si da bibe, si tiene más o menos vida social o tiempo para sí misma... Parece imposible escapar a las críticas.

LIBRO

Estaría bien que no esforzáramos todos en ser más empáticos; no sabemos qué lleva a otra persona a comportase como lo hace, o a tomar una u otra decisión respecto a su vida. Si en vez de ver la diferencia como una amenaza la viéramos con respeto, e incluso como una posibilidad de aprendizaje de nuevas estrategias y recursos, estas batallas serían menos frecuentes o al menos, menos hirientes.

 

Artículo escrito por Concepción Roger y Alberto Soler, padres de dos hijos y autores de 'Hijos y padres felices: cómo disfrutar la crianza' (ed. Kailas)

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