Ocho meses

Mi mamá y yo

Un buen día, en torno a los ocho meses, empiezan a ocurrir cosas. Por ejemplo, el bebé simpático y risueño llora cuando lo coge un extraño.

Mi mamá y yo

"¡Qué raro!", se disculpan los papás cuando ven que su simpático bebé llora desconsolado porque le ha cogido un vecino, un tío o un amigo. Sin embargo, ¡es un gran día! El pequeño acaba de darse cuenta de que existen otros. Siempre han estado ahí, pero no los percibía como diferentes. Ahora sí.

Empieza a diferenciar entre él y otros, pero este descubrimiento conlleva una consecuencia que percibe con angustia: mamá tampoco es él. Por lo tanto, no tiene control sobre ella. Surge, más o menos hacia ese octavo mes, lo que se conoce como angustia de la separación. El pequeño, que hasta ahora se quedaba tan contento con otros, pone el grito en el cielo cuando nos ve salir por la puerta. Acaba de comprender que no somos él; podemos marcharnos y no volver.

El mejor apoyo que le podemos brindar para superar esta compleja etapa es la seguridad emocional. No somos él, pero seguimos sintonizadas con él. Nos vamos, pero le avisamos y siempre volvemos. No nos dejamos embargar por su angustia, aunque la comprendemos: «No te vas a quedar solo, no estás solo», es un mensaje que, con o sin palabras, podemos seguir transmitiéndole, animándole a continuar explorando. Cuando le aportamos la seguridad necesaria para superar este momento, puede enfrentar la nueva cuestión que, también de forma brumosa, aparece en el horizonte: «Si no soy mamá... ¿quién soy?».

Etiquetas: bebé

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