Salud del bebé

Cuándo ir a urgencias si el bebé tiene fiebre

La fiebre forma parte de las defensas de nuestro cuerpo. Pero es necesario prestar atención a los síntomas que surjan ya que pueden ayudar a saber qué enfermo está el bebé realmente.

Aunque suele ser muy común pensar que la fiebre es un problema, en realidad se trata de un sistema de defensa de nuestro cuerpo, que surge cuando nuestro sistema inmune se encuentra “luchando” contra una infección, independientemente de que ésta se trate de una infección vírica o bacteriana.

De hecho, la fiebre debe ser entendida como una parte importante del proceso de curación, y no como una enfermedad en sí misma. Es un síntoma, y siempre y cuando no se alcance una temperatura verdaderamente elevada, no tiene por qué causar efectos nocivos.

A pesar de ello, aún muchas mamás y papás suelen ver a la fiebre como un enemigo. Y este temor posiblemente empezó hace ya muchos años. No en vano, fue en la década de los años 80 cuando Barton Schmitt, un destacado pediatra, acuñó el término fobia a la fiebre para describir al deseo, comprensible, de muchos padres de reducir la fiebre en sus hijos lo más rápido posible, desde el mismo instante en el que ésta aparecía. 

Basta con echar un vistazo a un estudio publicado hace algunos años en la revista especializada ‘Pediatrics’ para darnos cuenta de la alarma que supone la fiebre: cerca de un 91 por ciento de los padres encuestados pensó que, en realidad, la fiebre podía causar efectos nocivos en el niño, mientras que el 56 por ciento se mostraron especialmente preocupados por el “daño potencial” de la fiebre.

Por otro lado, el estudio también dejó constancia de que el 89 por ciento de los padres recurrieron a fármacos antipiréticos (es decir, medicamentos con efecto para reducir la fiebre), como el ibuprofeno, antes de que las temperaturas alcanzaran los 38 ºC.

Es más, como opinan muchos pediatras, en realidad no pasará nada malo si no se trata la fiebre. Dado que no es una enfermedad, sino un síntoma, y es una señal clara de que el cuerpo está luchando contra algún tipo de infección, desde un simple resfriado a una gripe, una infección de oído o, en definitiva, cualquier otra enfermedad relacionada.

Por tanto, es necesario tener presente que la fiebre no es una enfermedad en sí misma, y debe ser vista como algo bueno. Por ejemplo, un estudio publicado en el año 2004 encontró que los niños que tuvieron fiebre en algún momento durante su primer año de vida presentaban menos probabilidades de desarrollar alergias posteriormente, en comparación con aquellos niños que no la habían tenido.

No en vano, en realidad la fiebre únicamente debe ser médicamente tratada cuando ocasione molestias, y en especial cuando la fiebre alcanza o supera los 38 ºC. Por lo general, tratarla no hace que la temperatura corporal vuelva a la normalidad, sino que solo tiende a bajar entre 2 a 3 grados.

¿Qué síntomas pueden ser señales de advertencia o alarma de la fiebre? Cuándo buscar ayuda

No obstante, aún cuando la fiebre no es el problema, una temperatura elevada si puede suponer un riesgo para la salud del bebé o del niño pequeño, máxime cuando surgen otros síntomas o señales relacionadas, dado que podrían ser signos de una enfermedad más grave y/o potencialmente peligrosa.

Las convulsiones febriles pueden convertirse en una de las principales preocupaciones para los padres, marcadas por una pérdida momentánea de la conciencia, ojos que se vuelven hacia atrás, contracciones, rigidez y temblores. Aunque alarman muchísimo, cuando ocurren no causan daños permanentes.

Existen momentos en los que la fiebre, a veces en combinación con otros síntomas, requiere acudir rápidamente al médico o a urgencias pediátricas. Es necesario hacerlo en las siguientes circunstancias:

  • Cuando el bebé tiene seis meses o menos y tiene fiebre.
  • Fiebre de más de 2 días de duración.
  • Temperatura rectal de 37,7 grados o más en un bebé menor de 6 semanas.
  • En bebés mayores: fiebre superior a 39 ºC.
  • Fiebre elevada acompañada de letargo. Por ejemplo, el niño está aletargado y no responde, no mantiene el contacto visual o, en general, solo se ve y actúa verdaderamente enfermo.
  • Fiebre elevada acompañada de cualquiera de los síntomas relacionados con la meningitis, como: dolor de cabeza intenso, aversión a la luz, erupción cutánea inusual, confusión y rigidez o dolor en el cuello.
  • Llanto inconsolable y constante.
  • El niño tiene los ojos vidriosos, está demasiado irritable o se encuentra demasiado malhumorado, o parece delirar.
  • Dificultad al respirar y/o al tragar. 

En cualquier caso, si te preocupa el aspecto o la conducta del pequeño, independientemente de cuál sea su temperatura, lo más adecuado es consultar al pediatra. Y es que como opinan muchos expertos, la apariencia y estado de ánimo del niño a veces es más importante que la lectura exacta del termómetro.

Por tanto, aún cuando no sea necesario tratar la fiebre, es de vital importancia seguir su evolución. De esta forma, el patrón que muestre puede indicar a los médicos cuándo la enfermedad estaría naturalmente siguiendo su curso, o cuándo podría estar ocurriendo algo mucho más grave.

Christian Pérez

Christian Pérez

CEO y Editor de Natursan.

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