Ser Padres

¿Es posible acabar con las rabietas de los niños de alguna forma?

¿Hay alguna solución a las rabietas infantiles o los padres deben armarse de paciencia y esperar a que pase el temporal? Esto es lo que opinan los expertos.

Ya lo anticipamos desde la primera línea: No hay un método mágico para resolver las rabietas. Muchos padres consideran la aparición de éstas como un punto de inflexión que rompe la armonía familiar, hay un antes y un después de las rabietas.
Niña teniendo una rabieta

Niña teniendo una rabietaAli.Imran

Es importante aclarar que ni los niños que las tiene son maleducados, ni sus padres les educan mal, ni son un intento de desafío o de manipulación (aunque si no las manejamos correctamente, sí pueden utilizarse para conseguir lo que quieren). Las rabietas forman parte de un proceso natural de desarrollo evolutivo del cerebro del niño, igual que otros procesos como chuparse el dedo o mojar la cama.
Alrededor de los dos años, el desarrollo de la corteza frontal del niño le permite imaginar y visualizar que está haciendo cosas en un futuro cercano, así como persistir y luchar para conseguir esas cosas que desea. Así el cerebro de un niño de dos años está preparado para pelear por esa chuchería que ha visto en la tienda o por subirse al columpio del parque un rato más. Esos avances del desarrollo hacen que el niño acumule mucha energía, que no es capaz ni de gestionar ni de deshacerse de ella cuando se le dice que no va a conseguir aquello que desea tanto. El niño no se enrabieta para conseguir lo que quiere, sino que lo hace cuando se da cuenta de que no lo va a conseguir, y es entonces cuando descarga las emociones.
Por contra, el cerebro del niño no tiene desarrollada otra parte de la corteza frontal, que le permitiría ser capaz de calmarse cuando se siente frustrado. Esta función la desempeñan las neuronas inhibitorias que hasta los cuatro o cinco años no se desarrollan de forma significativa. Estas neuronas son las que nos permiten frenar algunos comportamientos y calmarnos cuando nos sentimos frustrados. Sin ellas, los niños son como coches sin frenos. Por eso en el período que va de los 2 a los 4 años, el niño está atrapado entre su deseo y fuerza de conseguir algo y su incapacidad para calmarse cuando se siente frustrado. Son las rabietas del cerebro inferior.

¿Cuándo diríamos que no es tan normal una rabieta?

A los cinco años e incluso a los siete, pueden seguir siendo habituales. Pero a partir de edades tan avanzadas, podemos también pensar en las rabietas como herramienta de control. Son las rabietas secundarias o rabietas del cerebro superior. En este caso en el que el niño “decide” tener una rabieta, es muy importante establecer límites definidos y una conversación en términos claros de lo que es una conducta adecuada y lo que no lo es, definiendo consecuencias si esa conducta de “manipulación” no cesa.
Sin embargo, la cosa cambia ante rabietas del cerebro inferior. Aquí no tiene sentido hablarle de consecuencias o de la conducta adecuada. Cuando está en plena rabieta, es totalmente incapaz de procesar esa información. En este caso, los niños necesitan calma, paciencia y comprensión. Gritarle o enfadarnos, ignorarles, amenazarles, abandonarles en el lugar de la rabieta o contenerles físicamente, empeorarán la situación.

¿Cómo ayudar a un niño que está teniendo una rabieta?

El objetivo no debería ser que el enfado pase rápido o tratar de evitarlo, sino acompañarlos de manera positiva cuando se produzcan para ayudarles a encararlas.
  1. En la medida de lo posible, anticiparnos a las situaciones que pueden generar rabietas, proporcionando a los niños unos horarios y rutinas regulares, tanto de actividades como de descanso. Esto reduce la incertidumbre y disminuye la frecuencia de las rabietas.
  2. Decirles que NO con cariño: Es importante ser capaz de decir que no con calma y cariño. Estos dos factores son precisamente las dos únicas cosas que van a calmar al niño durante una rabieta. Hay que evitar contagiar al niño de nerviosismo, y ser un modelo de serenidad.
  3. Explícale al niño tus motivos. Hemos visto que, en el fragor de la explosión emocional, no suele dar gran resultado, porque la rabieta no viene de que el niño no entienda la situación si no de la dificultad para dominar sus emociones. Aun así, nuestro razonamiento irá poco a poco favoreciendo su propia capacidad de razonamiento y autocontrol.
  4. Ten confianza en que tu NO es bueno. Es vital para que el niño se sienta más seguro y se calme antes, y para sentir mayor tranquilidad y reducir el sentimiento de culpa.
  5. Es fundamental dejar a tu hijo espacio y tiempo para que exprese su frustración o su rabia libremente. Estate cerca, pero dale espacio. Haz que se sienta libre, pero que te sienta a su lado. La empatía ayuda al niño a transitar con más facilidad de la frustración a la tranquilidad.
  6. Reforzar los progresos que se vayan produciendo, y una vez finalizada la rabieta, ayudarle a encontrar el nombre de la emoción que ha desencadenado la situación y buscar juntos posibles soluciones para evitar que se vuelva a producir.
  7. Ten tus brazos disponibles. La mejor manera de ayudar a tranquilizarse tras una rabieta es con contacto físico cariñoso y si el niño nos pide un abrazo, es la mejor manera de conectar con él y ayudarle a unir los cables que la rabieta ha cortocircuitado.
Acompañarlos en las rabietas implica sostener, escuchar, comprender, y es la oportunidad de que vean que lo hacemos de manera incondicional.
Artículo elaborado por Blanca Álvarez, neuropsicóloga de Psicólogos Pozuelo
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