Placenta

La placenta: un órgano para prevenir enfermedades

El Proyecto Placenta Humana se ha creado para estudiar este órgano y poder prevenir enfermedades en el feto, así como saber cómo marcará la salud del niño.

La placenta: un órgano para prevenir enfermedades

La bolsa donde pasamos nueve meses antes de ver la luz es una gran desconocida para la ciencia. Cuando nace un bebé, normalmente, la placenta se desecha. Sin embargo, el órgano que ha sido el primer hogar del feto, y que probablemente marcará su salud para siempre, queda desaprovechado para la investigación médica.

Los científicos tienen muy claro que no todo es herencia genética. Los factores de riesgo de enfermedades no transmisibles, como la hipertensión, acechan ya desde la concepción. Incluso antes de que el padre y la madre hayan pensado siquiera en tener hijos.

Proyecto Placenta Humana

Conscientes de la cantidad de secretos que se pierden en nuestros primeros sacos vitales, científicos de los Institutos Nacionales de Salud de los EEUU (NIH, por sus siglas en inglés) han conseguido que el Estado destine 41,5 millones de dólares al Proyecto Placenta Humana (HPP). La financiación se empleará para desarrollar, entre otros avances, tecnologías de monitorización de la placenta en tiempo real y test de detección de ADN fetal en sangre materna.

Estudios de la placenta en animales

La principal dificultad es cómo estudiar la placenta en acción. Cuando los médicos pueden disponer de una, ya no funciona: es un órgano separado del feto. Por eso, se recurre a modelos animales. Aunque cada mamífero es un mundo, la información sobre el desarrollo placentario de otros primates es muy valiosa para los investigadores.

Según las observaciones de Rutherford, en un estudio con primates, atribuye el éxito o el fracaso reproductivo de las hembras de tití al “impacto del ambiente intrauterino” que vivieron cuando eran fetos. Las placentas que acogieron a trillizas, con un entorno más restrictivo que la bolsa donde se gestaron las gemelas, eran menos eficientes.

En los casos de descendencia múltiple, cuanto más fetos comparten placenta, menor es el peso de las crías al nacer y aumenta el riesgo de mortalidad perinatal.

La programación fetal

Esto tiene sentido, teniendo en cuenta que este órgano efímero de los mamíferos transporta aminoácidos, glucosa, ácidos grasos, oxígeno y todo lo que el feto necesita para sobrevivir durante el período de gestación. 

Diversos estudios están acabando con la imagen pasiva de este saco, al probar su capacidad de adaptación para proveer de nutrientes a su pequeño inquilino. “Se cree que los cambios en la placenta ocurren para optimizar el crecimiento del feto”, dice Ionel Sandovici, de la Universidad de Cambridge (Reino Unido) en una revisión de estudios.

El peso del bebé ha sido una de las medidas más usadas para sacar conclusiones sobre la vida intrauterina. David Barker, de la Universidad de Southampton (Reino Unido), fue el primero en observar la relación entre la vida prenatal y las futuras patologías: las personas que nacían con bajo peso tenían más predisposición a desarrollar enfermedades coronarias.

A mediados de los 90, el trabajo de Barker abrió las puertas a la investigación en programación fetal, emitiendo una hipótesis que la publicación científica British Medical Journal bautizó con el apellido del científico: la hipótesis Barker.

Hace un lustro, la revista Time la reconoció como “la nueva ciencia” y destacó en portada: “Cómo los primeros nueve meses de vida modulan el resto de tu vida”.

La placenta deja de ser estéril

En este desarrollo temprano, la placenta desempeña un papel fundamental. Recientemente se ha descrito por primera vez su microbioma, que puede pronosticar cómo se desarrollará la gestación. “La placenta no es tan estéril como habíamos pensado”, contaba Kjersti Aagard, investigadora en la Escuela de Medicina de Baylor (EEUU).

En el artículo se recogieron unos 300 tipos de bacterias, virus y hongos –la mayoría no patológicos– que pueblan el sistema placentario y que son diferentes a los de la vagina, los intestinos, la boca y otros nichos bacterianos de la madre.

Los resultados, preliminares, indicaban que los bebés podrían adquirir buena parte de su flora bacteriana de la placenta y que un cóctel mal preparado en el ambiente intrauterino podría contribuir a la prematuridad del feto.

“El ambiente fetal induce cambios epigenéticos que te influirán el resto de tu vida”, confirma Eduard Gratacós, director de BCNatal, el centro de medicina maternofetal y neonatal compartido por el Hospital Clínic y el Hospital Sant Joan de Déu. “Y el impacto de un ambiente hostil es mucho mayor en etapas precoces”.

El grupo de Gratacós observó que los niños nacidos con un peso menor presentaban un nivel de tensión más alto a la edad de cinco años que el resto. Según su artículo, publicado en 2010, la restricción del crecimiento fetal, que afecta a entre un 5% y un 10% de los recién nacidos, está asociada con un aumento de la mortalidad por problemas cardiovasculares en la vida adulta. “No quiere decir que esos niños estén enfermos, sino que tienen una mayor predisposición”, puntualiza el experto.

Los nanofármacos para la placenta

Hasta ahora, para desentrañar secretos de la placenta humana se han empleado técnicas de ultrasonidos y de imagen por resonancia magnética, que ofrecen a los médicos una visión restringida, y muchas veces demasiado pobre como para identificar problemas de salud en los que realmente se pueda intervenir. Pero, si el Proyecto Placenta Humana tuviese éxito, serían capaces de monitorizar este órgano en tiempo real, e incluso podría ser un sustituto del control del feto.

Algunos científicos, como Rutherford, se atreven a pensar en la placenta como un entorno ideal para intervenir a nivel médico con nuevos fármacos: “Es la zona cero para dar forma a la salud de la descendencia: si podemos corregir la placenta, quizá no haga falta que intervengamos en el niño”, especula la investigadora sobre las posibilidades de tratar enfermedades a través de ella.

Esta propuesta, que puede parecer osada, flota también entre los propósitos del Proyecto Placenta Humana. Cada iniciativa del programa debe incluir, además de la participación de un especialista en biología placentaria, la de un obstetra para asegurar que las nuevas tecnologías se puedan utilizar en la práctica clínica. Pero ingenieros, radiólogos y nanotecnólogos son bienvenidos para desvelar los misterios de  la placenta e imaginar nuevas intervenciones sobre ella, aunque por ahora suenen a fantasía.

El doctor Gratacós tiene claras las implicaciones terapéuticas que se abren al ampliar los estudios sobre este órgano: “Tenemos que aprovechar las ventanas de oportunidad que nos ofrece la biología para revertir los cambios, pero aún identificamos los problemas demasiado tarde”. Y, de momento, no hay a la vista terapias ‘placentarias’.

Bloquear y estimular la placenta con sustancias farmacológicas queda muy lejos, pero a pesar de ello, los científicos no lo consideran imposible. “La tecnología aún no existe, suena a ciencia ficción” admite Rutherford, que imagina nanopartículas de oro que actúen como dispensadores de fármacos intrauterinos durante el primer trimestre de embarazo, período en el que se forma la placenta.

Otros investigadores, candidatos a participar en el Proyecto Placenta Humana, han llegado a proponer el uso de nanopartículas que pasen del torrente sanguíneo de la madre a la placenta y allí funcionen como marcadores localizables mediante un escáner.

La nanotecnología ofrece “una vía potencial para subministrar terapias con el mínimo riesgo”. Sin embargo, Menezes advierte que “como conducto hacia el feto, la placenta es tanto una diana terapéutica como una barrera para hacer llegar fármacos”, sin olvidar los riesgos de administrar nanopartículas durante el embarazo.

Fuente: Sinc

Si podemos corregir la placenta, quizá no haga falta que intervengamos en el niño

Etiquetas: embarazo

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