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Operación de vesícula en el embarazo: ¿qué debo saber?

Es un escenario que se intenta evitar por lo menos hasta después del parto, pero hay casos en los que la gravedad del problema médico obliga a los especialistas a tener que intervenir quirúrgicamente para solucionarlo.

Embarazada (Foto: Pexels)
Embarazada (Foto: Pexels)

Un cólico biliar es el dolor provocado por la obstrucción total o parcial de los canales que conducen a la bilis hasta el intestino desde la vesícula biliar. La bilis está compuesta por agua, sales y colesterol, entre otras muchas sustancias, y es en la vesícula biliar donde se produce.

Este es el órgano que se puede llegar a operar si se produce un cólico grave, aunque este extremo se intenta evitar durante el embarazo porque siempre hay mayor riesgo si la intervención quirúrgica se lleva a cabo en una mujer gestante. 

La vesícula biliar es un órgano pequeño que se sitúa debajo del hígado. Producir bilis, sustancia que ayuda a digerir las grasas que entran en el sistema digestivo, es su función. La bilis que fabrica la vacía en el intestino en el momento en el que hay alimentos en el intestino delgado. 

Lo que ocurre cuando algo no funciona bien en la vesícula biliar es que también puede producir cálculos, que son conocidas como piedras de forma coloquial. Algo muy similar a lo que pasa en el riñón. Esto ocurre cuando no se vacía la vesícula de forma adecuada o si la bilis contiene demasiado colesterol en comparación con la cantidad de sales. Dependiendo de la gravedad del problema se puede producir inflamación, infección o una obstrucción del flujo de la bilis. Esto último, que puede ser total o parcial, es lo que se conoce como cólico biliar.

Causas del problema

En el embarazo, los cambios hormonales que se producen también afectan a la vesícula biliar. Sobre todo la progesterona, que hace que los tejidos musculares se relajen. Esto puede hacer que la vesícula no se contraiga lo suficiente, no liberando parte de la bilis, que se queda almacenada dentro del órgano, pudiendo provocar sedimentos o cálculos en algunos casos. 

Los síntomas que produce, fundamentalmente náuseas y vómitos, son propios de un embarazo corriente durante el primer trimestre, pero si persisten, el médico comprobará si hay algo que falla en la vesícula. De hecho, si has tenido problemas previos en este órgano es recomendable que el ginecólogo lo sepa desde la primera visita. 

El problema no afecta al bebé, pero sí las consecuencias de la inflamación de la vesícula, sobre todo si implica que no te puedas alimentar bien. En la mayoría de los casos que se detectan durante la gestación basta con limitar los síntomas a través de tratamientos conservadores, pero en ocasiones graves el especialista se puede plantear una cirugía. 

Cuándo operar

Este escenario se intenta evitar en la medida de lo posible o retrasar hasta después del parto porque no es lo recomendable someter a una operación quirúrgica a una mujer embarazada, pero hay ocasiones puntuales en las que la gravedad de la inflación o si los cólicos son muy agudos hacen que sea inevitable pasar por el quirófano. 

Hay distintas técnicas para operar la vesícula biliar, pero los avances científicos han permitido desarrollar una forma no invasiva de hacerlo, la laparoscopia. Esta intervención consiste en extraer la vesícula mediante dos pequeños cortes en el abdomen. El médico ejecuta el trabajo gracias a la imagen de la zona que obtiene en tiempo real con una cámara minúscula que introduce en el abdomen, de una forma similar a lo que se hace con las artroscopias en las operaciones de rodilla, por ejemplo. 

Con el aparato correspondiente, y sin necesidad de realizar una incisión tradicional, mucho más grande de la doble abertura que se hace en la laparoscopia, se lleva a cabo la extracción de la vesícula.

Afortunadamente, la recuperación es rápida en la gran mayoría de casos, por lo que no es una operación peligrosa más allá de los riesgos comunes que conlleva tener que someter a una intervención quirúrgica a una mujer embarazada.

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