Genética masculina y femenina

¿Te sientes culpable? ¡Deshazte de los mitos!

Estudios afirman que tanto el ambiente intrauterino como el que rodea los padres antes de la concepción afecta a los genes y, por tanto, a la salud del hijo.

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Las madres no son las culpables de lo que le ocurre al feto

Una terraza y unos vinos con los amigos. Si es una mujer embarazada la que disfruta esta combinación, es más que probable que centre las miradas a su alrededor generando murmullos de desaprobación. Al desasosiego, cambio de vida y desajuste hormonal que implica estar embarazada se le suma una fascinación social sobre cómo los hábitos de salud y los sentimientos de la mujer puedan afectar al embrión.

La disciplina en la que se apoyan quienes examinan con lupa cada paso de las gestantes es la epigenética, la ciencia que explica cómo el ambiente modula la expresión de los genes y cómo estos cambios pueden pasar a la siguiente generación.

“Estas investigaciones deberían promover políticas que protegieran a padres e hijos, pero las exageraciones y simplificaciones de los resultados han convertido a las madres en cabezas de turco”, asegura a Sinc Sarah Richardson, profesora de historia de la ciencia en la Universidad de Harvard (EE UU). Con su artículo No culpéis a las madres, Richardson y otros científicos denunciaron el pasado verano en la revista Nature la presión excesiva que prensa y sociedad ejercen sobre las mujeres.

Volver a empezar

Los científicos intentan describir cómo el ambiente intrauterino y el que rodea a madre y al padre antes de la fecundación afecta a los genes y, por lo tanto, la salud de los hijos.

“La información epigenética determina si un gen se expresa o no”, explica Rafael Oliva, director del grupo de genética humana del Hospital Clínic de Barcelona.

En los últimos años se han acumulado evidencias de que el ambiente puede, en algunos casos, generar cambios que podrían ser heredados por la siguiente generación. Un hecho que preocupa a futuros padres y madres, pero que, cuando se trata de enfermedades crónicas cada vez más prevalentes, como obesidad, diabetes y cáncer, repercute en toda la sociedad.

Sin negar la importancia de la madre durante el embarazo, los expertos insisten en contextualizar los resultados de los estudios epigenéticos y en no olvidar que también los hábitos del padre, y factores como el hambre, el estrés, la exposición a contaminantes y la discriminación racial.

El estrés paterno

Genética masculina y femenina

Cole Porter jamás habría sospechado que uno de sus estribillos más radiados, aquel que decía I’ve got you under my skin, se parecería tanto al principio de la epigenética. “Las experiencias que vivimos se meten debajo de nuestra piel”, explica a Sinc el investigador Michael Kobor desde su despacho en la Universidad British Columbia, en Vancouver (Canadá).

Un trabajo de este investigador de la Universidad British Columbia publicado el año pasado demostró que el estrés paterno también se asociaba a a la metilación de ciertos genes en sus hijos adolescentes. Cuando el estudio trascendió a la prensa, lo hizo en la primera página de un periódico local bajo el jugoso titular ‘El estrés materno altera los genes del bebé’.

“Mi mujer, que en ese momento estaba de baja maternal reunida con un grupo de mamás, me llamó alarmadísima”, recuerda Kobor. El investigador tuvo que explicar por el teléfono de manos libres a todo un grupo de madres estresadas que su estudio no afirmaba eso, sino que tan solo demostraba correlación y que, además, incluía a los dos progenitores.

Un respiro para las mujeres

“Hasta ahora el potencial epigenético del espermatozoide se había ignorado, por lo que el papel del padre en la salud de la descendencia ha sido subestimado”, advierte Rafael Oliva. Este investigador, que coordina el proyecto europeo sobre biología reproductiva Reprotrain, ha estudiado en un trabajo reciente cómo influye la epigenética en la infertilidad de los hombres.

Oliva subraya que la epigenética es un proceso natural y absolutamente necesario para que el embrión se desarrolle de manera correcta. “Sabemos que la impronta del genoma paterno es diferente a la del materno. Si esto no es así, puede haber alteraciones embrionarias –explica el investigador-. Pero empezamos a tener pruebas de que existen muchos más mecanismos epigenéticos que este. Nos movemos en la frontera del conocimiento y aún queda muchísimo por saber”.

El ambiente modula y genera nuevas marcas epigenéticas, pero solo podrán ser transmitidas aquellas que afecten al espermatozoide y el óvulo que vayan a generar el nuevo ser.

“En animales se ha demostrado que la dieta y el ambiente de los progenitores influyen en las generaciones posteriores, pero también hay cambios epigenéticos que logran evitar esta reprogramación”, aclara Oliva.

Estos trabajos, cada vez más numerosos, sugieren que las experiencias de padre y madre, mucho antes de que ni siquiera se les pase por la cabeza la idea de tener hijos, pueden afectar a la descendencia.

Por ello, "centrarnos en lo que sucede durante el embarazo es apropiado, pero incompleto. Lo que falta es investigar qué pasa con los padres antes de la concepción que pueda afectar a esperma y al óvulo. Quizás sea igual de importante que lo que sucede durante la gestación”, advierte Susan Murphy, directora del laboratorio de epigenética en la Universidad de Duke (EE UU).

Saber solo lo que sucede durante el embarazo es incompleto. Hay que investigar qué pasa con los padres antes de la concepción

La genética del padre

Por ejemplo, en algunas enfermedades como la obesidad es difícil determinar la contribución de cada progenitor por separado, pero sí hay otros aspectos que están relacionados de manera específica.

Experimentos con variables que solo afecten al padre y su herencia –lo que se conoce por herencia a través de la línea germinal masculina– son difíciles de llevar a cabo en humanos.

De momento, los estudios se hacen con animales los que asocian la exposición de los machos a pesticidas, radiaciones y dietas grasas con alteraciones epigenéticas en la descendencia. “Estamos descubriendo que la herencia paterna también tiene algo sustancial que decir y que la historia del padre no es trivial”, opina Oliva.

El hecho de que no se puedan extrapolar resultados de ratones a humanos es una faena para escribir titulares llamativos en los periódicos, pero no limita el avance de la investigación. “Estos estudios ofrecen información muy valiosa sobre qué cambios debemos buscar en humanos expuestos a condiciones parecidas a las de los roedores –defiende Murphy–. Además, también nos permiten probar estrategias de mitigación de alteraciones epigenéticas que ya se hayan producido”.

Cambio global

“Seguimos avanzando poco a poco. Las cohortes de individuos son cada vez mayores y se intenta obtener muestras a lo largo de toda la vida de los sujetos y en diferentes tejidos para ver si las marcas epigenéticas son temporales”, expone Michael Kobor, quien también advierte que falta un largo trecho para poder asegurar de manera concluyente cómo estos hallazgos afectan a la salud del humano adulto.

Sobre todo esto, Sarah Richardson insiste en la importancia de contextualizar los estudios que vayan saliendo a la luz. “A lo largo de la historia, resultados preliminares sobre daño fetal han provocado una regulación excesiva sobre el comportamiento que debían tener las madres –explica la experta–. Con el tiempo, dichos resultados y recomendaciones se han moderado de manera muy considerable”.

En realidad, muchos de los factores reconocidos por tener efectos transgeneracionales adversos están íntimamente relacionados con la clase social, por lo que, más que soluciones individuales, los expertos apuestan por cambios globales. Como reflexiona Richardson, “se han cargado demasiado las culpas en las embarazadas”. Al reconocerlo, “puede que estemos chafando algunas ilusiones que se han depositado en la epigenética, pero mejoraremos la salud de las futuras madres sin limitar su libertad”.

 

Fuente: SINC

Etiquetas: sentimiento de culpabilidad

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