Ser Padres

Las consecuencias de los castigos para niños: por qué no son una buena opción

Por mucho que los divulgadores expertos sigan intentando convencer a los padres de hoy de que este no es el camino idóneo en la educación de sus hijos, hay muchas personas que siguen recurriendo a ellos con asiduidad.

Los castigos a los niños parecen algo propio del pasado, pero solo es así en la teoría, y solo hace falta observar diez minutos lo que ocurre a la salida del colegio para ver que todavía se recurre mucho a ellos.
No se les puede cerrar la puerta por completo, de todos modos, pero sí agotar las muchas posibilidades que son más recomendables que estos. La primera, dar ejemplo y ser consecuentes con aquello que pretendemos inculcar. Y la segunda, explicar las cosas con paciencia y educación. Sí, varias veces. Las que sean necesarias. Por muy frustrante que pueda parecer, la narrativa y la comunicación fluida es el camino más efectivo en la educación.
Los divulgadores especializados en pedagogía y psicología infantil siguen intentando enseñar a los padres de hoy del mañana que no el de los castigos no es el camino más adecuado para inculcar valores y actitudes positivas en sus hijos. Y no lo son por motivos varios y diversos, todos ellos de peso.

Daña el autoestima del niño

El castigo suele derivar en una reacción concreta del niño, que se desmorona psicológicamente. Son muy efectivos para romper su resistencia ipso facto, pero pueden generar un daño en su autoestima con peores consecuencias a medio y largo plazo.

No son muy efectivos

Al castigar, la mayoría de los padres no explican el por qué más allá del motivo por el que están enfadados y ejecutan consecuencias. Si los niños saben que no se hace esa cosa pero el argumento es porque mamá y papá se enfadan, es muy probable que lo vuelva a repetir. Por lo tanto, es fundamental que el castigo sea en positivo, que se argumenten los motivos y se propongan soluciones al niño para que tenga herramientas para actuar de otro modo en una situación futura que sea similar.

Si no se vincula a un propósito caerá en saco roto

Como decíamos, se deben evitar los castigos, pero si finalmente tenéis que optar por esta vía, es necesario que estén asociados a un propósito. Ya sea un cambio de actitud o de comportamiento, y este propósito se debe explicar, cosa que no se suele hacer cuando se castiga. Si no se hace, caerá en saco roto.

Pérdida de confianza del niño

Si el pequeño siente que se le castiga y teme que su mamá o papá lo hagan, se puede ver minado su vínculo con ellos. Sobre todo, a nivel comunicativo, y el objetivo en la educación debe ser justo el opuesto, fomentar un flujo permanente, bidireccional, de comunicación entre los adultos y el niño. Por lo tanto, el riesgo de retraimiento en el pequeño es alto a consecuencia de los castigos.

Confusión en el niño

Un castigo puede hacer creer al niño que se debe a que sus papás están enfadados con él y no a que estos pretenden que aprenda a hacer algo de un modo distinto. Es decir, si lo que deseáis es esto último, siempre será mejor explicarle las cosas con decisión y firmeza, pero sin el tono habitual de los enfados que conllevan castigos.

Rebeldía

Este riesgo tiene más incidencia a medida que el niño crece, ya que es una reacción muy habitual que ante un castigo opte por hacer todo lo que sus padres no quieren que haga. Esta reacción está motivada porque suelen sentir también sensaciones como la injusticia (“no me lo merezco”).
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