Educar sin condicionar

¿Cómo educar a tus hijos sin condicionar su vida y su carácter?

Cuidarlos no debe ser sinónimo de hablar por ellos cuando ya sean capaces de expresar lo que sienten o quieren. Proyectar nuestras vivencias y experiencias sobre ellos es crear una sombra que no les dejará ser libres para tomar sus decisiones y escoger el camino de sus vidas.

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En casa es donde nuestros hijos aprenden a vivir. Tenemos una gran responsabilidad porque crecen siguiendo modelos idénticos o muy similares a los nuestros.  

Los adultos les acompañamos en su proceso de crecimiento sobre todo a lo largo de su infancia y adolescencia, y tenemos la gran oportunidad de construir unos pilares saludables para cuando sean adultos.

Desarrollar su capacidad de empatía con las personas que los rodean, desenvolverse fortalecidos de experiencias traumáticas, fomentar estrategias de resolución de conflictos en el entorno escolar… éstas y otras herramientas son indispensables para caminar hacia adelante.

De pequeñitos una de las estrategias que nos nace de manera innata y como consecuencia del vínculo que se mantiene en los primeros años de vida es poner palabras a sus estados emocionales. Pensemos por ejemplo en un niño de uno o dos años que sale llorando de la escuela infantil, y reaccionamos diciéndoles: "Lloras, porque estás cansado", o "Lloras porque tienes hambre". Por supuesto ellos no tienen suficiente vocabulario para explicarnos "me pasa esto o lo otro". 

Hasta una cierta edad esta intervención del adulto en estas ocasiones es acertada y necesaria para que ellos se conozcan y seleccionen lo que realmente sienten, pero también es importante no intervenir cuando nuestros hijos saben perfectamente identificar qué les pasa o qué sienten en ese preciso momento, porque si lo hiciéramos entrarían en un estado de confusión emocional.

Tenemos la obligación como padres de conocerles, saber cómo son realmente y no como nos gustaría que fueran, y esto sólo se consigue educándonos también a nosotros. Observándolos y escuchándolos también crecemos nosotros. Todos vamos en el mismo barco y tenemos que hacer lo posible para que este no se hunda.

A medida que vamos creciendo nosotros también como padres, y vamos descubriendo cómo actúan en casa o cómo lo hacen delante de amigos o en la escuela tenemos la oportunidad para mirar dentro de nosotros y darnos cuenta de lo que llevamos como padres en nuestras "mochilas" y de lo que proyectamos en ellos, lo que yo llamo la “Sombra del niño”.

 

Sombra y sistema familiar

Inevitablemente todo lo que hemos vivido en nuestra infancia, adolescencia, juventud y edad adulta y no ha quedado resuelto repercute en nuestros hijos, y hará que ellos actúen de una determinada manera según nuestras proyecciones hacia ellos.

El impacto de esta proyección es consecuencia directa de la siguiente premisa: todo forma parte de un sistema, es decir, de un conjunto de elementos que interactúan entre ellos y de manera conjunta con el entorno. Cada elemento se puede estudiar de manera individual o independiente, pero solo adquiere significado en la medida en que es considerado parte integrante de un todo. Y la familia es el sistema más importante de nuestros hijos.

Cada núcleo familiar está formado por un conjunto de personas y como sistema se rige por patrones innatos. Cada miembro actúa de manera inconsciente y con unos roles establecidos previamente por las vivencias y experiencias que vamos viviendo. Por ejemplo, la tendencia de una madre viuda a proyectar sobre uno de sus hijos sus miedos a quedarse sola. Este niño crecerá bajo la atmósfera emocional de su madre y lo proyectará en forma de miedo en todos sus escenarios: con una falta de atención en la escuela, con pocas amistades, insatisfacción personal, tristeza, etc. Y, en definitiva, actuará con un patrón innato que lo hará actuar siempre del mismo modo, porque cada familia construye una conciencia formada por los hechos significativos que han ido pasando, creencias, valores y maneras de hacer, y de posicionarse.

Cada casa tiene unas normas de funcionamiento que afectan a todos los miembros de la familia, sea de manera consciente o inconsciente. Y el cambio en uno de los miembros afecta todo lo demás, ya que están interconectados. En el caso de la madre viuda, cuando su marido murió todo el sistema se movió y se resituó con el único fin de que los miembros restantes sobreviviesen. La madre en este caso para no proyectar su sombra a sus hijos debe ser muy consciente del rol y posición que tiene cada uno, porque si no es así inevitablemente se originarán conflictos y discusiones que incluso se pueden manifestar como patologías individuales. 

La sombra del niño implica la manifestación de esta información heredada mayoritariamente por nosotros, los padres, se nutre del sistema familiar, y la encontramos en el inconsciente de nuestros hijos.

 

Pertenencia

El objetivo primordial de nuestros hijos cuando nacen es sentirse aceptados en su familia, pertenecer al sistema y ​​saben muy bien cómo hacerlo. Su prioridad es que sus padres estén contentos con ellos. Si mamá o papá están bien, todo va bien, pero si esto se desequilibra, inmediatamente nace la culpa y el malestar de los pequeños, y si a medida que se van haciendo mayores aprenden a actuar igual, es decir, pendientes de que nosotros no nos enfadamos con ellos es cuándo entrará en juego la lealtad y la traición (indicio de que algo estamos proyectando sobre ellos).

Si somos capaces de ocupar el lugar que nos corresponde en nuestro sistema familiar y permitimos desarrollar el proyecto de vida de nuestros hijos de manera libre, difícilmente estaremos proyectando sombras sobre ellos. Supongamos que nuestro hijo único adolescente quiere irse de Erasmus a Italia el próximo mes. Ha sido un año duro porque recientemente nuestro matrimonio se ha roto, pero por suerte le tenemos a él que nos hace compañía cada día. Si su hijo se siente libre y ocupa el lugar adecuado en su sistema familiar podrá construir con seguridad y confianza su futuro y pensará: "Marcharme a Italia es una muy buena oportunidad para mí, sé que podré explicarle las mis razones a mi madre, y aunque ella no esté de acuerdo con que me vaya, me respetará y no me privará de su amor".

Si, por el contrario, nosotros no entendemos que nuestros hijos deben crecer, cambiar y evolucionar y desvincularse, nuestro hijo pensará lo siguiente: "Si no hago lo que mi madre desea, no me hablará, estará enfadada conmigo, dolida, decepcionada, etc. Por lo tanto, será mejor que haga lo que ella crea y así mi amor quedará bajo cubierto".

Un crecimiento sano y maduro implica haber recibido amor sin condiciones.

Artículo elaborado por Noe García de Marina, Pedagoga Terapeuta. Inteligencia y Desarrollo Emocional. Directora de Noe Botega

 

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