El impacto de las pantallas en los menores

Niños hiperconectados y felices: cómo enseñarles a tener un aprendizaje positivo en Internet

Un padre me hablaba hace poco de la suerte de otro con sus hijos. No es cuestión de suerte, le dije, sino de esfuerzo y trabajo constantes.

Existen hijos hiperconectados y felices. Pero eso se consigue, en primer lugar, encontrando un equilibrio entre la exigencia y el cariño, con límites y consecuencias, y con autoridad ganada a pulso a base de ejemplaridad y coherencia. Porque exigir con cariño a los hijos no produce ningún trauma.

La educación digital debe ser un medio de desarrollo personal, y no un motivo de discusiones y peleas en casa. Para eso debe empezar desde muy temprano, desde los 2 y 3 años, con unas pautas claras fijadas desde el inicio, con sentido común, y dirigidas al crecimiento de los hijos. Una vez fijadas hay que exigir su cumplimiento. Con cariño, sí, pero con fortaleza. Sin miedo a educar. Si a los niños y adolescentes no les exigimos ni les ponemos límites, les estamos haciendo un flaco favor.

Los límites ayudan a crecer a los hijos en virtudes, proporcionan seguridad y ayudan a fomentar la tolerancia a la frustración, que es aceptar con naturalidad que no siempre es posible obtener lo que se desea. Y eso no solo es bueno: es necesario para el desarrollo armónico de su personalidad. Porque la ausencia de límites, prolongada en el tiempo, genera insatisfacción, frustración, egoísmo y a largo plazo infelicidad. Si se usa la tecnología como canguro para todo, los niños se acostumbrarán a tenerla entre sus manos antes de desarrollarse personalmente. Sin embargo, los límites permitirán equilibrar su acceso a medida que van adquiriendo hábitos.

Hacerles tolerantes a la soledad desde pequeños

Hacerles tolerantes a la soledad desde pequeños. Hay que perder el miedo a que los hijos se puedan aburrir. Todos nos hemos aburrido cuando hemos sido pequeños y no nos ha ocurrido nada. En esos momentos se fomenta la creatividad, se potencia la imaginación, se aprende a focalizar la atención y a concentrarse en una única tarea hasta terminarla y, lo más importante, se aprende a apreciar la compañía de las personas queridas.

Aprender de nuevo a contar lo que está bien o mal sabiendo que Internet ha cambiado la forma de conocer. Las redes sociales han cambiado no tanto el qué sino el cómo se llega a ese qué. Los niños y adolescentes están enganchados a las historias, no a las pantallas. Y las historias se mantienen el resto de la vida. Por eso los padres tienen que aprender a contar historias a sus hijos. Historias bellas, bonitas y buenas; que sean transparentes y puedan defenderlas en público; que no pongan el énfasis en lo negativo sino en lo maravilloso que es vivir de un modo coherente y con convicciones profundas; y que muestren modelos, referentes positivos.

Enseñar a los hijos a asombrarse ante la belleza

Una adolescente me contó hace tiempo que publicó en su perfil una foto ayudando a una persona necesitada. Pensó un mensaje creativo y propuso un reto: hagamos feliz, aunque sea un momento, a una persona que lo esté pasando mal a nuestro alrededor. Ella misma se sorprendió de la repercusión. Cientos de fotos con el mismo hashtag sucedieron a su foto. Y es que el bien, como la belleza, es difusivo, atrae y se contagia. Por eso, al mismo tiempo que enseñamos a los hijos a ser prudentes en el acceso a las redes sociales, hay que enseñarles también a contar las cosas buenas que hacemos, a hacer el bien y a difundirlo.

Hacerles conscientes de que pueden aportar algo al mundo. Enseñarles a pensar en grande. Porque en Internet todo es público. Todo. Que nadie en la red diga lo contrario. Por esa razón, que todo lo que publiquen sea excepcionalmente bueno y bello. Y por eso mismo, desde muy pequeños, facilitar a los hijos que se asombren ante la belleza. Porque van a ver mucha fealdad en Internet. Y si se les ha ofrecido referencias de belleza sabrán comparar y apuntar alto: ir con los hijos a ver un cuadro a un museo; pararse en una paisaje cuando se va camino del lugar de veraneo; contemplar en silencio la majestuosidad del mar; salir a la terraza y extasiarse con la luna tan maravillosa que aparece esa noche... La contemplación de la belleza hace aspirar a los hijos a sueños mayores.

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Fuente: El impacto de las pantallas en la vida familiar, Empantallados y GAD3. 

Artículo elaborado por Antonio Milán, Doctor en Educación y profesor de Secundaria y Bachillerato. Su tesis se titula Redes sociales y conductas antisociales en adolescentes, y acaba de publicar el libro “Adolescentes hiperconectados y felices”, de Ediciones Teconté. Sus consejos están avalados por sus más de 20 años de experiencia profesional, como tutor de alumnos de todas las etapas educativas. Antonio Milán es además colaborador del estudio El impacto de las pantallas en la vida familiar elaborado por Empantallados y GAD3. 

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