En clave de humor

30 años de fiestas infantiles

Los libros infantiles suponen una puerta al infierno. ¿Si no, por qué ahora ningún editor le daría una oportunidad a un joven y atrevido Roald Dahl? Alerta porque la literatura puede subvertir el orden social.

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“Para hacer al individuo sagrado debemos destruir el orden social que lo crucifica. Y este problema sólo puede ser resuelto a sangre y fuego”, al oír estas palabras en boca de mi hijo Martín, de ocho años, pensé que debía descansar. Sin embargo, comprobé con alivio que tanta insolencia provenía de la lectura de la solapa de un libro. Y determiné que la literatura resulta nociva porque despierta la capacidad de raciocinio del lector. Cualquier texto impreso debería sucumbir en la hoguera.

Beatriz, de seis, ha mejorado sus habilidades lectoras con los cromos de fútbol y las indicaciones del champú y el jabón mientras hace sus necesidades. En realidad, la cita de Joan Margarit sobre la ubicación del paraíso en las librerías entraña algunas inexactitudes. El paraíso puede estar también en la taza de un váter mientras se lee el bote de jabón o los componentes de la pasta de dientes.


He descubierto un brillo inquietante en los ojos de Héctor, de casi dos años, cuando disfruta de un cuento en su orinal. Los libros infantiles suponen una puerta al infierno. ¿Si no, por qué ahora ningún editor le daría una oportunidad a un joven y atrevido Roald Dahl? Alerta porque la literatura puede subvertir el orden social. Y lo que también transforma el orden social es una fiesta infantil. Cuando Martín y Beatriz me preguntaron que por qué había cerveza en los locales para celebraciones de cumpleaños no supe qué responder. 

No obstante, con el nacimiento de Héctor calculé que con tres hijos me quedaban unos treinta años de fiestas infantiles concentrados en los próximos diez. Entonces, comprendí la función terapéutica de los bares en esa suerte de parques temáticos de la bondad social y humana. Allí la paciencia adulta parece haberse suicidado.

Aguantamos bien el tirón a pesar de las decenas de niños empapados en sudor que expelen su comportamiento animal. Sumergidos en piscinas de bolas, espoleados por la sobredosis de azúcar de dulces y pasteles, dan rienda suelta a sus instintos simiescos. Mientras, los progenitores nos empeñamos en sonreír y en observar con aparente tranquilidad e indulgencia.

No nos damos ni cuenta de que mantenemos una animada conversación por el simple hecho de llevar pantalones, al tiempo que un gnomo, parecido a uno de nuestros hijos, nos vomita un perrito mal deglutido en los pies o nos mancha la corbata. Todo esto gracias a esas barras que expiden cerveza como sucedáneo del Tranquimacín.    

Los adultos nos miramos a los ojos y vemos tatuado en nuestras miradas un: “Be Beer My Friend”. Elvis is alive y el que no lo crea que se pase por casa.

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