En clave de humor

Consejos para disfrutar del presente

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La mayoría de las madres nos pasamos el día pensando en lo que tenemos que hacer. Invertimos nuestro tiempo en... ¡organizarlo! ¡Basta! Hay que aprender a disfrutar del presente.

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futuro hoy

Ya lo dijo John Lenon, “La vida es aquello que te va sucediendo mientras te empeñas en hacer otros planes”...

“Es jueves así que hoy toca plancha. No hay mucho, pero es el momento idóneo para hacerlo, y así la próxima semana ya no hace falta. Tengo que pedir cita al pediatra, como mi bebé tiene moquitos, adelanto un poco la revisión y así le pregunto (al médico, no al bebé que no me va a decir nada). Y que no se me olvide esterilizar todas las cosas del niño, que a estas alturas varias sagas de gérmenes deben estar intentando hacerse con el poder, como si su chupete fuera Juego de Tronos”.

¿A alguien le ocurre esto? ¿Alguna se pasa el día proyectando lo que va a hacer? Mejor dicho, ¿a alguien no le ocurre?

Gran parte del tiempo lo invertimos en organizar el propio tiempo. Vivimos con la mirada puesta en el futuro, en el inmediato y en el lejano. Pensamos en arropar a nuestra niñita por la noche, para que no pase frío en la madrugada, y también en hacer que se sienta en un entorno seguro para que sea una adulta feliz. Ponemos un bonito móvil de luz proyectada en el techo, para que nuestro niño se duerma y, a la vez, esperamos que vayan germinando en su cerebro nociones de creatividad. Y así, todo el día…

¿Cuándo aprendimos a vivir tan deprisa?

Yo creo que desde siempre. Desde niñas (y desde niños a ellos también) se nos educa preparándonos para lo que venga. Todo tiene que tener un fin. Todo es para algo que se consuma más tarde. Nos enseñan a vivir listos para pasado mañana, y pendientes de un destino, que cuando llega ni nos enteramos, porque ya estamos mirando más allá. 

Yo me pasé media adolescencia decidiendo qué querría estudiar (la otra media pensaba en chicos). Un día quería ser psiquiatra-neuróloga, al otro arqueóloga y al siguiente gogó (incluso me planteaba compaginar las tres cosas). Iba a charlas informativas, a salones de estudiantes y a universidades. Hablaba con familia y compañeros, hacía test de aptitudes laborales… Y, finalmente -tras varios años preparándome- me decidí: estudiaría Políticas. 

Llegado el momento, solo tuve un inconveniente: a cuenta de un suspenso que arrastraba del curso anterior, tuve que hacer la selectividad en septiembre. Rellené convenientemente mis preferencias universitarias poniendo opciones que ni pensé (no las tenía pensadas, claro) poniendo “Políticas” como primera opción. Días más tarde llegó una carta a mi casa diciendo que me admitían en Filosofía, la carrera que había puesto en undécimo lugar. No supe reaccionar. Bueno sí, cursé primero y suspendí todo, pero me lo pasaba tan bien y me dio tanta pereza cambiarme de carrera que le fui cogiendo el gusto, y terminé con mi año y encima con una beca internacional de especialización.

Tengo una certeza absoluta sobre todo esto: el tiempo y la preocupación que invertí en decidir el futuro no sirvió absolutamente para nada, y fue la capacidad de improvisación la que me otorgó una vida plena y gran adaptabilidad y supervivencia. 

Es verdad, perdemos mucho tiempo preparando cosas que ni siquiera sabemos si ocurrirán o cómo serán. Y más desde que somos madres, que todo exige una planificación extra. Pensamos a corto plazo y en el futuro más lejano. Y todo a la vez mientras hacemos cosas de las que ni siquiera somos conscientes.
Cada pequeño gesto que hacemos tiene un pie en lo siguiente. La mirada más allá.

No vivimos, proyectamos…

 

Y los niños, ¿qué?

Desde que nacen, adoctrinamos a nuestros hijos en una especie de tensión constante hacia el futuro. Si tuvieran la capacidad de expresar y analizar su vida, los bebés formularían algo así: “Mamá me ha entretenido para retrasar la toma y así tenerme tranquilo toda la mañana. Papá me ha puesto más ropita de la que necesitaba y he estado sudando todo el camino al pediatra. El pediatra es un ser maligno que me ha puesto una vacuna y me ha hecho llorar. Después me han acunado para que me duerma para que ellos se puedan organizar el día. Me he resistido lo que he podido, pero nada… Soy débil… ¡Con lo que me apetecía la juerga!”.

No solo en el día a día nuestros hijos podrían percibir que enfocamos sus vidas hacia los instantes siguientes. También proyectamos cada cosa con ellos hacia el futuro más lejano y difuso.

Estamos todo el rato organizando su desarrollo, organizando su niñez e incluso cómo será de adulto. Gastamos mucha energía en tratar de modificar conductas que todavía ni han desarrollado. 

¿Quién no tiene presente alguna de estas cosas en la educación de sus hijos?

  • Si duerme la noche del tirón cogerá ritmo y se desarrollará en plenitud (y yo más).
  • Si come solito tendrá autonomía (si no, no será capaz de decidir ni con qué mano escribir, claro).
  • Si no le enseño a recoger será un desastre (y el día de mañana tendrá su casa desordenada ¡Qué tragedia griega tan enorme!).
  • Si lo baño a diario a la misma hora incorporará rutinas y tendrá una vida ordenada (pese a mi creciente dolor de lumbares).
  • Si dibuja y moldea plastilina (dejando la casa como un estercolero multicolor) desarrollará convenientemente su imaginación.

Nosotras vivimos así, ¿por qué?

Hacemos a los niños vivir así, ¿porqué?

Supongo que porque nos empujan a ello. Una sociedad competitiva, estresante y llena de normas, impide que cuestionemos nada. ¡Bastante tenemos con preparar lo que se nos venga encima!

Conclusión

En ese hipotético caso que comentaba antes, si nuestros bebés tuvieran ocasión de escribir nos dejarían alguna misiva como esta:

“Mamá, yo vivo en el presente, y es ahí donde debo vivir para que las cosas salgan bien".

"Querer ser la mejor madre del mundo no te convierte en la mejor madre del mundo. Yo solo necesito que seas mi mamá, (¡la única que tengo!) que compartamos el tiempo y el amor. Y el futuro (mañana, dentro de un mes el año que viene, cuando vaya a ballet o a judo, o cuando entre en la universidad… ) ya llegará". .

"Yo no tengo ninguna prisaA veces parece que tú sí, que quieres consumir nuestra vida juntos, como si fueras una yonki del tiempo. Y me da pena que nos estemos perdiendo tantos ratos bonitos: diez minutos más chapoteando en el baño, un día que se queda la casa sin recoger, improvisar una siesta juntos en el sofá, hacer pedorretas mientras como el puré (eso a ti tal vez no te haga gracia porque te pondré perdida)… Esas son las cosas que me harán convertirme en un adulto feliz, de eso estoy seguro".

 

Etiquetas: consejos para padres, familia, felicidad, madre, mujer, tiempo libre

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