Las increíbles mujeres que huelen a ajo

Si hay una ocupación cargada de prejuicio es la de ama de casa

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A la sociedad contemporánea le cuesta menos entender que una madre trabaje fuera 12 horas al día a la que elije no hacerlo para poder cuidar ella misma de sus hijos.

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Si hay una ocupación cargada de prejuicio es la de ama de casa

Cuando eres ama de casa escuchas todo tipo de comentario negativo, hecho por quien se te cruce, sea la vecina que poco te conoce o un familiar cercano. Aquellos con algo más de consciencia a respecto de nuestra sacrificada labor te sueltan un “no sé como aguantas”, pero los más injustos nos dicen perlas relacionadas al tiempo libre que creen que tenemos. Te tiras madrugadas en vela haciendo una bonita decoración y una rica tarta para el cumple de tu hijo y en vez de un “enhorabuena” te dan un “tú como estás en la buena vida, haces estas cosas”.

Pues ojalá tuviéramos una media hora al día de tiempo para nosotras mismas para, por ejemplo, saborear la comida en vez de engullirla. No hay descanso para quien se encarga de todo en una casa y cuida de niños pequeños a tiempo integral. Ah, ¿y cómo olvidar el típico “si te lo puedes permitir…”? Pues tampoco es que nademos en dinero por prescindir de uno de los sueldos de la casa. Lo hacemos porque ahorramos en guardería, cuidadora, asistenta, comedores, extraescolares, viajes y muchas otras cosas. Pero lo peor de todo es sentirse en la obligación de justificar todo esto en un intento de ser más aceptada a tu alrededor.

Una vez, en la puerta del colegio, tres madres amas de casa hablábamos de lo difícil que era encontrar un momento para arreglarnos. Elegir una ropa más bonita, maquillarse, peinarse, pintarse las uñas o algo tan básico y necesario como
depilarse. Yo insistía que lo teníamos que hacer a cualquier costo, fuera con el bebé tirando de nuestra falda o a las doce de la noche. Eso porque creo que verse bonita también es una cuestión de dignidad y nos sube el autoestima que tanto nos la
intentan quitar. Pero curioso ha sido cuando una de aquellas madres nos dijo que sus manos siempre olían a ajo. Pues sí, nuestras manos huelen al ajo de la comida que preparamos para nuestra familia y posible que nos hayamos “olvidado” de embellecernos, porque ya no salimos a trabajar a una oficina todos los días, o simplemente porque ya estamos muy cansadas. Porque, como todos los trabajadores, tenemos momentos de agotamiento y clamamos a los cielos para que aparezca alguien a ayudarnos. Como todos los trabajadores, necesitamos dar un respiro para renovar las fuerzas y poder dar lo mejor de nosotras.

Nada de esto que cuento aquí tiene la intención de provocar compasión. No son quejas, es el relato de una realidad que necesita ser valorada positivamente. Necesitamos reconocimiento (¡y un sueldo tampoco estaría mal!). Nos gustaría que
todos entendieran que dedicar nuestras vidas a la familia, pasando la carrera profesional a segundo plano, no significa, para nosotras, perder nuestra identidad. Nosotras podemos decir alto y claro que es lo mejor en la vida o lo que más nos gusta, y esto es inmensamente gratificante. Elegimos ser amas de casa porque creemos que es lo mejor para nuestros hijos y porque queremos vivir de cerca una etapa tan importante y bonita como sus infancias. Este privilegio no solo es nuestro. También lo debería ser para el resto de la sociedad. Al fin y al cabo, estamos criando futuros ciudadanos repletos de amor por parte de sus propias madres. Contribución valiosa para hacer un mundo mejor.

Escrito por Sabrina Valença, madre y periodista

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