En clave de humor

Socorro , ¿a quién hago caso?

8 minutos

Cuando nos convertimos en madres, recibimos consejos de todos lados. Miramos a nuestro bebé y pensamos ¿la estaré fastidiando si me salto alguno de estos pasos?

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bebe listo

Siempre nos quejamos de que los niños vienen sin manual de instrucciones. Y es verdad: no traen un texto explicativo sobre su funcionamiento. Por eso revistas, internet, vecinas, pediatras y hasta universidades rarunas nos dan instrucciones para manejarlos. Recibimos un montón de consejos que cada vez son más difíciles de cumplir. 

Si seguimos al pie de la letra lo que recomiendan ciertos estudios, de la más sesudas universidades, para tener un hijo espabilado, hay que: aguantar trabajando durante el embarazo como sea, hacer ejercicio, hablar al bebé a todas a horas, enseñarle una canción al día y, ¡ojo al dato, amiga, tener unas buenas posaderas. Sí, has leído bien. ¿Nos nos estaremos volviendo un poco locos?

¿De verdad, todo esto le influye al bebé de esta forma tan tajante?

¡Voy a tener un hijo!

En cuanto vemos el positivo en el test de embarazo, nos lanzamos a la librería como unos años antes nos lanzábamos a los bares. Y rápidamente buscamos información (y tal vez un poco de consuelo también).

Todo es nuevo. Así que abrimos las orejas y los ojos de par en par, atendemos con un interés inusitado a cada enseñanza, artículo o consejo sobre embarazo y crianza. De repente nos volvemos crédulas, términos que jamás habrías pensado poner en nuestra boca: “ toxoplasmosis”, “ácido fólico”, “meconio”, “glucosa”… De hecho, nuestra vida, nuestro lenguaje va sibilinamente dirigido a una especie de nueva ciencia más importante que ninguna otra: la maternidad.

De pronto, tener un hijo se convierte en una tarea complicadísima de la que nos sentimos examinadas constantemente… ¡Y encima pretendemos sacar nota!
Por supuesto que hay que informarse (desgraciadamente, es la única forma de evitar según qué traumas) sobre lo que significa y comporta ser madre. Pero de informarse a creer ciegamente en cada estudio que se le ocurre a la universidad de Wisconsin hay un trecho.

Si acabas de ser madre o vas a serlo próximamente, deberías saber algo. Algo que muchas habríamos agradecido que nos advirtieran… Un secreto que a su vez deberías compartir con otras:
Hay un complot contra las madres. Así de claro. Les conviene que vivamos preocupadas por cada cosa que hacemos o dejamos de hacer con nuestros retoños. Les interesa que hagamos el imbécil cantando rancheras mientras nuestro bebé duerme plácidamente, o metiéndolo en un barreño de aceitunas para bañarlo, o recitando compulsivamente la tabla del 8 al introducir la alimentación sólida. No sé a quién beneficia todo este sinsentido, pero este complot contra nosotras, las madres, existe. ¿No te lo crees?

 

 

 

Unos cuantos ejemplos

1. Laurel Trainor (juro que se llama Laurel) profesora de Psicología, Neurociencia y Conducta de la McMaster University en Hamilton, Canadá, realizó un estudio con unos cuantos niños pequeños, a los que sometió a un particular método de aprendizaje musical, el método Suzuki. Este método -ideado por un violinista japonés- consiste en enseñar música mediante el juego y un lenguaje muy cercano. Los niños deben escuchar cada día alguna melodía y así ir asimilando los códigos musicales.
La buena de Laurel descubrió que los niños sometidos al método Suzuki, tenían un mejor funcionamiento del  cerebro.

¿De verdad compensa aplicar un método en el que hay que enseñar una melodía diaria al bebé, y estar pendiente de insertar de forma orgánica y natural conocimientos musicales? ¿Es tan importante tener un córtex cerebral que dé gloria verlo? La mayoría de la gente no lo hemos ejercitado así, y tan contentos.

2. El profesor Will Lassek, de la Universidad de Pitthsburg, dirigió recientemente un estudio de cuyo resultado se desprendía que las mujeres con nalgas grandes tienen hijos más inteligentes, ya que la grasa acumulada en el trasero y los muslos de la mujer contienen "componentes esenciales" para el desarrollo del sistema nervioso de los bebés, que se transmitirían mediante la lactancia. ¿Las mujeres de culo-carpeta deberían tomar más hidratos para engordar? ¿Queremos posaderas generosas para hacer a nuestros hijos más inteligentes?

3. Anne Fernald, (esta es profesora de psicología en la Universidad de Stanford) en su momento dirigió un estudio que indicaba que hablar directamente al niño produce una evidente ventaja en la adquisición del lenguaje, no como las conversaciones que el bebé oye por casualidad (frente a la tele, por ejemplo) que no aportan la misma fluidez verbal para el aprendizaje del habla. ¿Acaso hay alguna madre en el mundo que no hable con su bebé? ¿Qué estudios hay que tener para saber que es preferible hablar con él antes de que escuche la televisión para aprender a hablar?

4. Y ya, la repera: El doctor James F. Clapp, de la Case Western Reserve University, en Cleveland, descubrió que los niños de cinco años con madres que hacían ejercicio, obtenían una puntuación significativamente más alta en pruebas de inteligencia general y habilidades lingüísticas que los niños cuyas madres llevaban una vida más sedentaria. Y también hay estudios de este corte que defienden que las madres que siguen trabajando durante el embarazo tienen bebés más inteligentes.

Es decir que hay que hacer ejercicio, aguantar trabajando durante el embarazo como sea, y además hablar al niño, enseñarle una canción cada día y tener el culo gordo. Y todo esto ¿para qué? Para tener una hija o un hijo listo, espabilado… y posiblemente traumatizado por una madre que no para quieta, le habla de los problemas de Oriente Medio, trabaja sus glúteos y le enseña canciones a diario con un método que se llama Suzuki… Es decir ¡una auténtica locura!

 

Unas cuantas dudas

Hay varias cosas que no encajan en todo esto.

Lo primero, si hacemos todo lo que se supone que incrementa la inteligencia y la salud de nuestro hijito o hijita, llevaremos una vida miserable.

Segundo, al esperar formar un humano sobresaliente, nos moveremos toda la vida en la frustración: es imposible que nuestro bebé se convierta en el supraser que deseamos y lo viviremos con culpa, buscando en qué fallamos.

Y tercero ¿Quiénes son esas personas que no conocen a nuestros hij@s, no sienten ningún cariño por ellos pero se permiten enseñarnos como criarl@s?
Internet, informativos, estudios de universidades ignotas, compañeros de trabajo y la vecina del tercero izquierda… Todos saben categóricamente qué música hay que escuchar en el embarazo, cómo debe dormir el bebé, y qué relación tienen actos tan mundanos como sacarnos un moco sobre el crecimiento y las emociones de nuestra progenie.

¿Por qué nadie ha dicho “basta”? ¿Acaso las madres y los padres somos incapaces de asumir la crianza y educación de nuestros hijos? Y lo más macabro de todo este asunto: ¿Quién financia todos estos estudios? ¿Por qué no se dedica ese capital a investigaciones útiles como “formas fáciles de pintarse las uñas de la mano derecha” o “prevenir la obesidad infantil, adulta y del mundo entero”?

La realidad

Imagínate cómo serás en 10 años, imagina cómo será tu bebé. Cada cosa que haga, que diga, que piense… Te preguntarás ¿Influyó mi carácter nervioso? ¿Fue malo que me echara la siesta? ¿Le dejé con el pañal mojado más de la cuenta?

Sí, esto ocurre. Cuando los niños actúan de una forma “no normativa”, nos lanzamos a pensar que careció de atención, que no le dimos el pecho lo suficiente, que le cogimos boca abajo demasiado… y doscientas mil tonterías más.

Tanto estudio provoca en nosotras una i nseguridad insoportable, que, además, va creciendo tan rápido como nuestro chiquitín o chiquitina. El día que dejan los deberes sin hacer, o que presentan un leve déficit de atención, e incluso un exceso de imaginación… Ese día culpamos nuestra propia actitud.
Y lo que viene es peor: terapias, charlas para padres en las que sentimos que no hemos dado ni una o nos hemos saltado pasos primordiales, responsabilidades que nos ahogan, búsqueda en Google de síndromes que cuadren con nuestros hijos… Una pesadilla.

Un día, querida mamá, te darás cuenta de que ese empeño en tener hijos felices te ha convertido en una desgraciada.

Conclusiones

El desarrollo del cerebro, como cualquier desarrollo, es una mezcla de naturaleza y medio ambiente. Los genes son los que prescriben la arquitectura general y la secuencia de la maduración del cerebro, pero el medio ambiente actúa en todo momento modificando esas decisiones de la herencia. Y si lo piensas, ambas cosas se las das tú sin necesidad de estudios y experimentos.

Solo quienes tenemos hijos sabemos la felicidad que aportan. No deberíamos permitir que nos amargaran la plenitud que supone la maternidad.

A nuestros retoños no les va a marcar de forma determinante haberles recitado tercetos encadenados o alimentarles cada x horas según un algoritmo complicadísimo.

Solo hay una cosa clara: Lo que de verdad va a determinar la felicidad y fortaleza de nuestro bebé es sentirse querido; y de eso tú sabes más que la Universidad de Delaware entera, que a tu hij@ le importa entre poco y nada. A cada bebé le importa su madre, quien ha estado ahí, quien ha hecho las cosas pensando en él sin medir, ni calibrar ni esperar resultados.

Y tú bebé tiene mucha suerte de que te lo comas a besos y le abraces; porque a día de hoy ningún experto ha conseguido mejorar los resultados del verdadero amor, ese para el que estás doctorada desde antes de que nazca.

Así que ¿Qué tal si en lugar de cuestionar nuestro comportamiento cuestionamos las teorías que se empeñan en hacernos dudar?

 

Etiquetas: bebé, lactancia

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