Sentimientos a flor de piel

El amor de una madre es...

El comadrón Alejandro Ojeda Pérez acaba de ser recientemente padre y escribe estas palabras tan personales del momento tan especial que está viviendo con su hija y su pareja.

bebe y madre

Pequeña, te observo en tus brazos, percibo la indescriptible paz que todos tus poros rebosan y pienso…¿Te acordarás de esto cuando ya no seamos tan imprescindibles para ti?

En este justo instante, duermes plácidamente acunada en el pecho de la persona que daría cualquier cosa, toda su existencia, por evitarte a ti un segundo de sufrimiento.

Y sí, sé que es imposible. Sé que el sufrimiento, la pena, el miedo, son parte de la vida de una persona. Pero si para algo no está preparado el ser humano, es para ver sufrir a los hijos.

Mientras os siento respirar acompasando vuestros corazones, soñando en mundos diferentes pero inseparables, he decidido escribirte esto.

He decidido escribirte para hablarte de ella, por si algún día te olvidas de lo que te queremos, o por si cuando pase el tiempo, no sé describirte con la suficiente claridad todo lo que te dio, todo lo que te amamos. Porque a todos, en algún momento dado, se nos olvida lo que nuestra madre y nuestro padre han hecho por nosotros.

Ella, la persona que ahora te abraza, fue quien sintió tu llamada, ¿sabes? Me lo contó, y decidimos que te esperaríamos con los brazos abiertos.

Ella te deseó con toda su alma, te esperó y desesperó pensando si no querrías venir con nosotros finalmente. Te buscamos y aprendimos a ser pacientes. Y un día, lloramos y nos abrazamos  cuando al fin supimos que estabas ahí.

Ella se cuidó durante todo el embarazo para que tú crecieras lo más sana posible. Te amó desde el primer momento, pero eso seguro que ya lo sabes. Te habló, cantó, acarició a través de su vientre, y aceptó orgullosa los cambios que le produjo el embarazo. Porque eran por ti.

Cuando llegó la hora, ella demostró que una madre tiene una fuerza descomunal, y como si de una diosa se tratase, removió el universo, aceptó los cambios, las sensaciones más intensas que puedan describirse, para que al fin llegaras y pudiera abrazarte.

Una vez estuviste aquí. Cambió tanto la vida que ya nunca se pareció a la que habíamos tenido antes. Te alimentó de sus senos cada vez que lo necesitaste. Te nutrió de amor a cada segundo. Tuvo que sacrificar fiestas, duchas por placer, comer tranquilamente, ver películas, leer cuando quisiera.

Ella tuvo que escuchar un millón de opiniones que no pidió sobre cómo criarte, sobre cómo quererte. Tuvo que soportar las dudas y la presión de una sociedad que piensa que alguien puede conocer a un hijo más que una madre.¿ Y sabes qué? Dudó de todo menos de que te quería como nunca había podido imaginar que querría a alguien.

Alguna vez se desesperó. Por supuesto. Desesperó porque no es fácil aceptar que tu vida cambia radicalmente, pero aún así,  en todo momento siguió dándote lo mejor de ella misma, y créeme, lo mejor de ella es un regalo del cielo, es la suerte hecha alma y carne. Y no duró esa desesperación más que lo que tardaste en mirarla con tus ojos preciosos y nobles.

Ella tuvo  y tiene sueño. No volvió a dormir igual. Porque en su mente ya siempre estás y estarás tú. Pero no hubiera cambiado ese hueco que guardo en su pensamiento para ti por un millón de siestas, noches y sueños. Te arropó en sus brazos cada vez que la necesitaste, invirtiendo tiempo que no pudo dedicar a cuidarse a ella misma, a arreglarse o verse tan espléndida como las madres de la tele. Y aun así, yo siempre la he visto como la más hermosa del mundo.

Ella y yo, dejamos de poder dedicarnos el tiempo que antes nos dedicábamos, de darnos todos los besos que nos dábamos, de dormir abrazados sin preocupación, de cenas y fiestas que acababan en éxtasis. Ella y yo nos echamos de menos. Pero sabemos que esta etapa terminará, y que si nos cuidamos día a día, a pesar de la falta de tiempo, tenemos en ti un nexo de unión eterno, nuestro amor por ti no caduca, y la admiración que me otorga ver cómo te cuida me hace quererla cada día más.

Yo también soy parte de este cuento, por supuesto. Yo te cuido y mimo todo lo que puedo, a cada segundo de mi tiempo.

Pero hoy quería hablarte de ella, porque en su mirada de madre he aprendido lo que es el amor verdadero. He aprendido lo que es creer, criar, crecer. Porque se presupone que es su obligación, pero podría haberlo hecho mucho peor, podría mostrar menos interés, que una madre sea una madre no le quita el mérito de dedicar tu tiempo y hasta el último suspiro por una persona. Ella eligió amarte y darlo todo, y tus pupilas brillan porque ese regalo lo llevas para siempre contigo.

Nunca encontré una definición más bella de lo que es amar.

Amar sois vosotros.

Por eso, pequeño, cuando puedas leer esto, al menos recordarás conscientemente lo que tu corazón y tu cuerpo ya saben y sienten, que tu madre te amó con locura, que dio todo por ti.

Por eso, si algún día se te olvida o dudas de por qué tu madre hace lo que hace, si será por tu bien, y a pesar de los fallos que podamos cometer, aquí quedará constancia de algo que nunca va a cambiar:

Ella te querrá siempre más que nadie en este mundo.

 

Escrito por Alejandro Ojeda, comadrón. Descubre su página en Facebook.

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