Def con Tres. Porque las familias numerosas son así

Papá, mantén la calma

La vida familiar tiene días buenos y días malos. A veces, el increíble Hulk me posee y persigue a Martín y a Beatriz por el pasillo mientras unos lloros desesperados del bebé Elvis amenizan la actuación. Así nos pueden llegar a ver.

Papá, mantén la calma

La infancia es una época feliz, pero también resulta extraña y complicada. La mía estaba poblada de personajes curiosos. Había enanitos que salían a mi encuentro desde cualquier rincón. La hormiga Pepi y el follet Quimet me despistaban y conseguían que me lavara las manos. Cada cual conserva en su memoria sus propios protagonistas. Para los progenitores esos personajes y ese story-telling vital facilitan las explicaciones y las relaciones con los hijos. Estoy absolutamente convencido de este hecho. Sin embargo, en el reverso de esa agradable realidad campaba a sus anchas mi vecina Antonia, que era una tipa muy real y ocupaba el espacio de varios enanitos. Ella fue el Darth Vader de aquellos años. Esa mujer siempre me dio miedo. No hablaba; gritaba, atronaba, escupía fuego y practicaba con sus hijos lanzamiento de martillo, como la Miss Trunchbull de Mathilda, el libro de Roald Dahl.

Posesiones familiares: Antonia versus Sandrita

En aquella época gris aún convivían dos corrientes educativas: la salvaje y la favorable al desarrollo infantil. A veces, la actuación de Martín, mi hijo mayor, y de Beatriz, mi hija mediana, en nuestro circo de tres pistas, amenizado por la orquesta rock de Héctor, el bebé Elvis, me supera. Entonces, pierdo la paciencia y me acuerdo de Antonia y no me gusta nada. Los ojos de mi hijo mayor, Martín, y de mi hija mediana, Beatriz, parecen decirme: “Si me gritas, no te escucho, papá”; “papá, mantén la calma”. Es entonces, cuando el personaje verde de la Masa en el que me he convertido vuelve a la forma normal de un calvo con gafas al que le gusta desplazarse en monopatín. Gritar no sirve de nada, no tiene sentido. Hay que conservar el temple. Cuento hasta cincuenta y lo intento. Si no lo consigo llego hasta cien. Después tenemos a Sandrita. A mí me posee Antonia, a ellos Sandrita.

 

Sandrita es la niña del mal que habita en todo niño bueno. Es el reverso oscuro que hace que te des un atracón de caramelos y te duela la barriga. Su espíritu también provoca la mayoría de absurdas luchas fratricidas por un juguete o impide que te laves las legañas. A veces, Martín y Beatriz se pasan de rosca echándole la culpa a Sandrita, pero nos sirve para poner buenos ejemplos sobre las pequeñas ponzoñas de la vida infantil.

 

Todos tenemos a nuestras Sandritas, nuestras Antonias, nuestros días buenos y nuestros días malos. Lo importante es ser consciente, como Elvis que cada día está más espabilado y le gusta más notar que nos encontramos cerca, aunque los cólicos le hagan cantar el American Trilogy. Ahí seguimos. Elvis is alive y el que no lo crea que se pase por casa.

 

Etiquetas: familia

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