Def con tres. Porque las familias numerosas son así

Papá y los niños soldado

La Declaración de los Derechos del Niño cumplió veinticuatro años de vigencia el 20 de noviembre y en mis hijos Martín, de seis años, y Beatriz, de cuatro, ha supuesto un revuelo y ha creado una complicación. “¿Papá, es verdad que existen los niños soldado?”, me preguntaron sorprendidos por lo que habían escuchado en clase.

Papá y los niños soldado

Les contesté que así era porque en algunos países no se respetaban los derechos de los niños. “¿Llevan ametralladoras y lanzallamas y pistolas?”, preguntó Martín. “¿Y pueden disparar balas de verdad y matar gente?”, preguntó Beatriz.

 

Entonces empezaron a cantar una canción salvaje: “Mátalo, mátalo, mátalo con uuuunn paaalooo”. Me quedé atónito e intenté explicarles que cantar semejantes bestialidades no llevaba a ninguna parte y que la vida y los derechos humanos eran muy importantes. Bueno, pensé que no había caído en saco rato.

 

La explicación no sirvió de nada. Al cabo de unos días Martín me comentó con orgullo que habían inventado un nuevo juego llamado: “Guerra Civil”. Yo pensé que se trataba de un juego de rol con las cartas de Pokemon, pero, no. La descripción contenía una gran carga de brutalidad. Entonces, de golpe, su madre y yo entendimos algunos moratones.

 

La crudeza de las palabras acompaña conductas reprochables que resultan extrañas, muchas veces, en los niños. Creo que por mucho que uno controle la educación de sus hijos, siempre hay elementos externos que interfieren en su desarrollo. Pero eso no quiere decir que no haya que insistir, sino que forma parte de la curiosidad infantil y esta puede convertirse, en ocasiones, en una bomba de relojería.

 

Preguntas en el autobús

 

“¿Por qué le falta una pierna a esa señora?” o “¿qué le pasa a ese señor mayor en un ojo, es un pirata?”. “Pero, Beatriz, no ves que no tiene ojo, cómo va a ser un pirata, si lo fuera llevaría un parche”. En casa la influencia de John Silver “El Largo” y La Isla del Tesoro impera.

 

Una conversación así sitúa a cualquier progenitor en una situación incómoda y más aún si se produce en un autobús. La escapatoria física es imposible, la resistencia resulta ineludible. Los medios de transporte pequeños y abarrotados de gente suelen producir un efecto monstruoso en el cerebro de los menores. Además, los bebés como Héctor-Elvis, de dos meses, aprovechan para llorar a pleno pulmón.

 

Será por eso que los conductores de autobús estacionan sus vehículos a cinco palmos de distancia de la acera. Así es imposible salir sin dificultad y la maniobra de descenso se complica. En Madrid la empresa municipal de transporte podría remediarlo. Sólo se trata de mostrar empatía. Y eso me ocurrió en una ocasión. Mientras tanto Elvis is alive y el que no lo crea que se pase por casa.

 

 

Etiquetas: familia

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