Educación y psicología

¡A salvo de pederastas! Cómo proteger a nuestros hijos

Después de los últimos secuestros y abusos a niñas en Madrid y otras zonas de España, se nos plantea una pregunta obligada: ¿cómo proteger a nuestros hijos de estos pederastas? La sexóloga Ana Macías nos da las claves:

¡A salvo de pederastas! Cómo proteger a nuestros hijos

No pretendemos ser alarmista pero tenemos que educar a nuestros hijos para que estar prevenidos ante posibles agresiones, pero, ¿cómo? Por mucho que les podamos aconsejar, obedecer no suele ser la especialidad de los pequeños. Sin embargo, la técnica más aconsejable para que, al menos, sepan lo que se espera de ellos es darles la información en pequeñas dosis y de forma reiterada.

Consejos para niños pequeños

Frases como “no aceptes caramelos de desconocidos” parecen grabadas en la memoria de todos, a fuerza de repeticiones. Ahora, las normas sociales son más complejas, pero el sistema es el mismo: dar información clara y hacerlo muchas veces. Repetiremos en primer lugar los consejos más obvios. Su capacidad de atención en la primera infancia es menor que la nuestra y con cualquier conversación que sobrepase los diez minutos ya corremos el riesgo de que el pequeño se distraiga. Por eso no sirven de nada las “grandes charlas” y son más eficaces los consejos cortos y repetidos con frecuencia.

¿Cuándo debemos comenzar a hablarles de abusos?

En realidad, hay tres tramos de edad críticos. El primero y más peligroso, es cuando son bebés, aunque resulta raro que esto les suceda en la calle: es un riesgo que, por desgracia corren en casa a manos de adultos de su entorno (padres, tíos, cuidadores…). A esa edad los niños no saben hablar y no pueden denunciar lo que les pasa. En cualquier fase, ser una niña es un factor de riesgo añadido, porque la mayoría de los pederastas son hombres heterosexuales.

El segundo tramo suele ocurrir entre los 6 y 7 años, así que, en cuanto se acerquen a esa edad conviene iniciar los consejos. Debemos comenzar la formación con mensajes claros. En realidad, es una larga lista de “noes”. Aunque parezca el más importante, “no vayas con desconocidos”, algo que, obviamente, hay que recalcar, lo cierto es que la mayoría de los abusos ocurren en el entorno del menor.

Marcar límites de su cuerpo

Por eso, resulta esencial marcar los límites de su cuerpo: “nadie puede tocarte los genitales (ni el pecho, ni el trasero)”. Se les puede añadir que si papá y mamá, los dos juntos, lo autorizan, por ejemplo, en un reconocimiento médico, entonces está permitido. Si los pequeños aprenden a entender los límites, será un paso importante para prevenir los malos tratos. Interesa explicarles qué no es normal. Primero deben detectarlo y luego contarlo en casa.

Hay un repunte de peligro para los menores entre los 10 y 12 años, cuando las niñas comienzan a parecer mujeres y los niños, “hombrecitos”. Durante ese periodo, ocurren la mitad de los abusos infantiles. También ahí es más fácil que tengan problemas dentro que fuera de casa, pero hay que reforzar los mensajes:

  1. “Nadie te puede tocar los genitales, ni conocido ni desconocido”.
  2. “No voy a mandar a ningún desconocido a recogerte nunca”.
  3. “Ante la duda, grita y pide ayuda o sal corriendo”.
  4. “No dejes que te toquen a cambio de regalos”.
  5. “No te fíes nunca de un adulto, si no lo conoces y, si actúa raro, aunque lo conozcas”.
  6. “Si un mayor te hace daño, nunca es culpa tuya”
  7. “Consulta en casa cualquier problema que tengas: no te vamos a reñir”.

Estos mensajes les darán pautas adecuadas de actuación. Al menos, deben tener claro qué hacer. Si ya han sufrido un episodio dudoso –o no tan dudoso-, pide que lo cuenten. Deja claro que les puedes ayudar y que vas a estar de su parte, sin riñas ni reproches.

Debemos tener en cuenta que no se conoce el alcance exacto de los abusos sexuales a menores. No se suelen destapar en el momento en que se producen. En un 98% de los casos, se descubren meses o años después, especialmente, las que ocurren en el hogar o el entorno familiar-escolar. También conviene saber que solo el 10% de los abusos o violaciones se ejercen con violencia física. El resto, se llevan a cabo mediante seducción, manipulación o abuso de poder.

¿Cómo reconocer este problema?

Como no se suele denunciar, las encuestas realizadas a la población adulta española arrojan un resultado de un 23% de las mujeres y un 15% de hombres, que han reconocido algún tipo de abuso en la infancia. Los datos podrían quedarse cortos.

Además, cuando un niño hace público el problema, no suele mentir, ya que apenas un 7% de las denuncias hechas por los menores son falsas. Eso sí, el proceso suele producirse en cuatro fases: negación de los hechos, revelación, retractación (que ocurre al comprender la magnitud de lo ocurrido y/o por presión familiar) y reafirmación.

¿Cómo actuamos ante un abuso a un menor?

Si ya ha ocurrido la agresión, bien sea por tocamientos o una violación, podemos reducir o multiplicar el daño psicológico, dependiendo de cómo reaccionemos.

Lo más importante es ayudar al pequeño a la vuelta a la normalidad. Un 70% de las víctimas presentan problemas psicológicos graves a corto plazo y un 30% los mantienen a largo plazo. Teniendo esto en cuenta, la ayuda psicológica de un profesional resulta esencial y obligatoria en un problema de este calibre. Superar esta herida emocional ayuda al menor y a futuras víctimas, pues evitamos que éste –si es un niño- se convierta en un agresor sexual en la edad adulta.

Desde la familia, lo mejor es darle visibilidad al problema. Se debe hablar de ello abiertamente, pero no de forma obsesiva ni incomodando al menor. Es muy perjudicial mantener silencio, porque el niño puede quedar aislado con sus preocupaciones o pensar que él ha hecho algo malo. También resulta crucial mantener los hábitos y costumbres habituales en la familia, las cosas que el menor hacía en su día a día. La hiperprotección, un comportamiento lógico tras un trauma, perjudica la recuperación, así que resulta preferible hacer un esfuerzo por normalizar la vida familiar.

Síntomas de un abuso sexual

Si tenemos sospechas de que nuestra hija o hijo sufre abusos, pero no nos lo cuenta, ¿qué síntomas debemos buscar? Hemos de centrarnos en tres ámbitos: físico, de comportamiento y sexual.

Abusos físicos:

  • Dolor, rojez o inflamación en los genitales
  • Ropa interior rota o manchada de semen o sangre
  • Dificultad para andar o sentarse
  • Descontrol de esfínteres

Abusos de comportamiento:

  • Pérdida de apetito
  • Llanto frecuente
  • Miedos, en especial, a estar solo
  • Rechazo al padre u otro adulto varón
  • Cambios inexplicables de conducta
  • Problemas escolares y sociales
  • Resistencia a desnudarse o bañarse

Abusos sexuales

  • Rechazo al contacto físico
  • Conocimientos sexuales de adultos
  • Conducta seductora
  • Agresiones sexuales a otros menores

¿Cómo son los agresores?

Hemos hablado de las víctimas, pero, ¿cómo son los agresores? Si produce daños, hablamos de un pederasta.

Un pedófilo es un adulto varón que siente atracción sexual hacia niños.

El pederasta pasa a la acción y mantiene relaciones sexuales con los menores. En ambos casos, esos impulsos van de acuerdo con sus preferencias de género, es decir, pueden desear a niñas, si son hetero, y a niños, si son homosexuales, aunque predominan de largo los abusadores de niñas.

Además de practicar sexo o no, ¿qué diferencia a unos de otros? Los pedófilos saben que no deben desear a menores, conocen las consecuencias de su posible abuso y no quieren perjudicarles. Dicen que “lo sufren en silencio”, aunque no pueden evitar tener esos sentimientos.

Los pederastas han roto ya la barrera psicológica interna y la oposición social externa e incluso justifican sus actos: “me lo estaba pidiendo”, “me sedujo”, “es una niña muy mayor para su edad” o “ella quería”. Pueden comenzar siendo pedófilos y después empeorar.

Un agresor sexual es, estadísticamente, un varón de entre 30 y 50 años, casado y suele pertenecer al entorno de la víctima: se muestra protector con ella, tiene dificultades en su relación de pareja, ha sido abusado en la infancia y está aislado socialmente.

Secuestros y violaciones

Aquellos que secuestran o violan niñas lo hacen por varios motivos, aunque hay factores que precipitan su paso a la acción: falta de relaciones con mujeres adultas, ruptura de la inhibición interna de cometer un abuso sexual, bien por consumo de drogas o alcohol, bien por distorsiones patológicas en su forma de pensar (“a ella le gusto”, “me mira con deseo”, “no es tan pequeña”) y posibilidad de estar a solas con el menor, entre otras. La mayoría de estos hombres no son enfermos mentales. Saben lo que hacen, pero no les importa o lo justifican: se han convencido de que no tiene tanta importancia o de que tienen derecho a hacerlo. Su comportamiento en otras áreas no va a ser delirante, errático o desordenado, aunque apenas tienen vida social. Son personas “normales”; el vecino de al lado. De ahí su peligro. Evitarles no es fácil y proteger a nuestros pequeños tampoco, aunque si tenemos en cuenta los consejos anteriores, tendremos pistas importantes del riesgo en que están, pistas que nos ayudarán a alejarles de peligros potenciales.

 

Ana Macías es periodista y sexóloga. Si queréis hacerle alguna consulta su mail es factoriamr@outlook.com

 

Etiquetas: relaciones sexuales

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