No todo lo que te cuentan es cierto

Dormir como un bebé y otros mitos de la crianza

Aunque lo consejos se den con la mejor de las intenciones y muchos de ellos se hayan convertido en verdades universales, no siempre son ciertos, y saberlo de antemano es la mejor forma de no seguirlos cuando llegue el momento.

Bebé dormido
Bebé dormido (Foto: depositphotos)

Los mitos de la crianza. Escribir un texto en torno a este concepto es incompatible con la subjetividad. La experiencia personal pesa demasiado a la hora de afrontarlo, y por mucho que uno quiera marcar distancia, es muy probable que entre líneas queden demasiadas evidencias de si quien lo escribe ya sabe lo que es criar a un hijo. A los niños no hay que mentirles nunca, por supuesto, pero tampoco a los padres, así que vamos a repasar los mitos más extendidos de la crianza como ese que compara el sueño de un bebé con una noche de descanso plena. 

No se trata de desmoralizar a los futuros padres, sino de que ayudar a que estén lo mejor preparados posible para la ventura que les espera. Porque algunos de los mitos que hemos recopilado pueden acabar convirtiéndose en un problema por las falsas expectativas que generan. Criar es una experiencia maravillosa, pero no es un camino de rosas, y como tal, no hay soluciones milagrosas para todo. 

El sueño, el principal mito

colecho
Colecho (Foto:depositphotos)

No se sabe muy bien de dónde nació la frase hecha de “he dormido como un bebé”. No te sorprendas si alguna vez se la dices a alguien al que la vida le ha demostrado que de cierta tiene bien poco. Hay recién nacidos que duermen bien, sí, pero lo normal es que tu sueño cambie a peor cuando tienes hijos pequeños. Es muy difícil que duerman del tirón, y menos en la fase de la lactancia materna

Relacionados con el sueño hay al menos otros tres mitos establecidos como verdades universales que la ciencia nunca ha respaldado, ni tampoco la experiencia in situ de miles de padres. Por un lado, que si los bebés, a partir de los seis meses, toman cereales por la noche, dormirán mejor. No tiene por qué, y por eso es mejor no darle más vueltas, ya que no hay pruebas objetivas y fiables que lo demuestren.

Por otro lado, la alerta, con el gesto torcido incluido, que hacen algunos mayores sobre el colecho: “Si duerme contigo en la cama no lo hará solo hasta que cumpla los 18”. Son numerosos los estudios científicos que avalan el impacto positivo del colecho en la crianza, así que dos no discuten si uno no quiere. Además, cada niño es un mundo, y cada núcleo familiar también, y nadie conoce sus circunstancias y necesidades como los que forman parte de él.

El tercer mito con el sueño como protagonista no es tanto una verdad universal como un razonamiento que los adultos hacemos tirando de regla de tres rápida sin tener en cuenta que la crianza no equivale a ninguna fórmula matemática. Por este motivo, los niños pequeños no se van a levantar más tarde si estiramos su hora de irse a la cama. Este mito cobra relevancia los fines de semana, cuando más flexibles son las rutinas y los horarios. Lo recomendable es mantener una línea similar a la que se lleve entre semana y, sobre todo, tener en cuenta que mantener a los peques despiertos hasta pasadas las once de la noche no asegura que no aparezcan a las ocho de la mañana en la cama de sus padres como una rosa, reclamando su desayuno.

El apego como debate

Más allá del sueño, hay tres mitos más que están muy extendidos y que no tienen evidencias científicas que los corroboren; más bien todo lo contrario. Las mismas personas que critican que un niño entre en la cama de sus padres hacen lo propio con que estos les cojan en brazos. Un niño demanda cariño, y no hay forma más potente de darle afecto que a través de los brazos de sus padres. Le da seguridad y fortalece el vínculo. 

El pelo, ¿rapar o no rapar?

Tampoco es cierto, por mucho que la creencia esté extendida, que rapar el pelo a un bebé sea mano de santo para que el pelo le nazca más fuerte. No es así, como ya explicamos al detalle aquí. Del mismo modo, no es verdad universal que un bebé, ni mucho menos un niño autónomo en sus movimientos, tenga más frío que su madre o su padre, de modo que no es necesario llevar a los niños como cebollas, llenos de capas de ropa, si no es necesario. Y es tan sencillo como fijarse en uno mismo porque esa es la mejor referencia. En el caso de los bebés hay que tener en cuenta que, pese a que no se mueven cuando van en el capazo, están tapados por la parte superior de este y en muchas ocasiones por el saco o manta que se les eche por encima. 

 

 

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