Enganchados a las series

Binge-watching infantil: así consiguen las series enganchar a tus hijos

¿Cómo consiguen las plataformas de contenidos bajo demanda enganchar a niños frente al televisor capítulo tras capítulo? ¿Cuándo comienza a ser alarmante la adicción a las series?

niños viendo una película con palomitas
Fuente: FreePik

Antes de terminar de leer el mensaje de Netflix que avisa de que ya está disponible la nueva temporada de Stranger Things, ya le has dado al play. Acomodado en el sofá ves un capítulo y después otro, otro y otro. No puedes parar, la euforia y el cómo terminará esto pesan más que las tareas pendientes.

Este fenómeno de atracón de series recibe el nombre de binge-watching y se da en adultos, jóvenes y niños por igual. De una forma parecida a como lo hacen las redes sociales, las plataformas de streaming o reproducción automática lanzan cebos para que nos enganchemos a ver un capítulo tras otro.

Según datos difundidos por la Universidad Abierta de Cataluña (UOC), en relación a un informe de Nielsen, un 36% de los programas y películas más vistos en streaming en 2020 son contenidos de género infantil o preadolescente, como El bebé jefazo, New Girl, Crónicas vampíricas, Frozen II Moana, Mascotas 2, Onward, El Grinch, Aladdín o Toy story 4, entre otros.

"Este público consume muchas horas de contenidos, en especial si no hay control parental, y las plataformas están aprendiendo de los gustos de los más pequeños porque, al final, son las audiencias de su futuro, es una inversión", afirma Elena Neira, profesora de los estudios de Ciencias de la Información y la Comunicación en la UOC.

De hecho, los datos de Barlovento Comunicación, este 2020 el consumo de la televisión lineal supera los datos de 2019 y se eleva a 5 horas y 37 minutos por espectador y día. Para el grupo de 4 a 12 años, la media llega a 3 horas y 20 minutos al día.

Así consiguen engancharnos

¿Cómo captan la atención de un público tan susceptible al aburrimiento? Desde la UOC informan de que utilizan una serie de recursos como el estreno en bloque, el encadenado automático de capítulos, la posibilidad de saltarse la introducción, la ludificación y el contenido interactivo.

“Lo que se persigue es tener a la persona enganchada, y aún más en el caso de un niño, cuyo consumo es naturalmente compulsivo”, advierte Neira. De hecho, el consumo televisivo de los menores de dieciocho años ha aumentado un 5 % en el último año, lo que demuestra, por un lado que el escenario de la pandemia ha aumentado los hábitos audiovisuales y también que las plataformas digitales han dirigido contenidos hacia los niños, con más series de animación que nunca.

El problema, tal y como explica Diego Redolar, neurocientífico de la UOC y profesor de los Estudios de Psicología y Ciencias de la Educación, es que “los menores tienen menos capacidad de control, dado que en estas etapas iniciales del desarrollo hay diferentes ámbitos de control cognitivo que no funcionan completamente”.

Por eso, cuando no hay un control parental detrás de las horas de exposición a las pantallas, los niños y niñas  viven del binge-watching, que además “crea una relación más fuerte y empática entre el espectador y los personajes, explica Redolar.

Las series de animación apelan directamente a los sentimientos y esa emotividad, según los expertos, aumenta el vínculo entre personaje y espectador: “empatizan más con los personajes” señala Neira y, consecuentemente, se enganchan más a la historia.

El bajón después del atracón

Una vez que experimentan los efectos del primer atracón, las niñas y niños ansiarán más y más. Y es que, afirma Redolar, que “ante una maratón de series, el sistema nervioso puede generar dopamina, una señal química relacionada con el placer”. Esto se vive como una recompensa natural e interna de placer que refuerza la relación con esa actividad, así que el cerebro envía sensaciones agradables al cuerpo para que repita esa tarea.

Sin embargo, ¿qué es lo que pasa una vez que saciamos el atracón y la serie termina? Ocurre otro fenómeno que los expertos conocen como pos-binge-watching ('posatracón'), una especie de depresión por inmersión.

Y aquí, los efectos podrían ser más dañinos en el caso de los niños que en el de los adultos, porque como reconoce Redolar, los peques no disponen de tantos mecanismos cognitivos para hacer frente a esta situación.

La ludificación de los contenidos

Netflix se planteó hace unos meses usar los patches, que son insignias que los niños podían conseguir después de cada episodio para coleccionarlos hasta completar todo el conjunto. Esto forma parte de las estrategias de ludificación y se descartó tras una controvertida prueba piloto que provocó las críticas de muchos padres: esta nueva herramienta enganchaba aún más a sus hijos a las series.

Aunque los patches fueron descartados, estas plataformas bajo demanda trabajan en un componente interactivo y lúdico para generar más engagement en perfiles jóvenes e infantiles. Lo vemos por ejemplo en el capítulo «Bandersnatch» de la serie Black Mirror, donde el espectador escoge las acciones de los personajes.

¿Dónde está el peligro?

Los maratones de las series no tienen por qué sembrar la alerta siempre y cuando se vigilen y supongan nueva dosis de entretenimiento y socialización, por ejemplo, cuando después del visionado comentan los capítulos con los amigos o familiares.

La preocupación de los padres aparece cuando los niños y niñas pierden la noción del tiempo frente a la televisión: “El peligro acecha cuando esto supone que la persona deje de hacer actividades importantes, como practicar ejercicio físico, salir con sus amigos o socializar, o pierda horas de sueño, para dedicar más tiempo a ver series” alerta Redolar.

En el caso de que esto ocurra, sí que podrían aparecer consecuencias negativas sobre el desarrollo cerebral de los niños. Además, también podría incidir y perjudicar el horario de sueño, el estado de ánimo y en definitiva, la calidad de vida del pequeño.

Foto Carla

Carla SMG

Soy periodista y algún día también seré escritora. Me gusta jugar con las palabras para crear mundos y derribar muros, para contar historias, informar, concienciar, emocionar e inspirar. Vivo de atardeceres líquidos, escapadas al monte y recuerdos en hojas de papel.

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